Capítulo 54
Consulta de David
Lucía espera a que me acabe de vestir. Está allí por si necesito ayuda, ya que me he mareado un poco en cuanto me he levantado.
David nos mira desde la distancia, todavía absorto en sus pensamientos.
Por su cabeza pasan todas las preguntas sin respuesta que tenía hasta hace unos minutos.
Estoy seguro de que ahora todo le cuadra.
—Necesito medicinas para un par de meses —le digo mientras me ato las bambas—. Donde vamos a ir no las podré conseguir.
David me mira. Sigue flipando.
—¿Dónde vas a ir? —se atreve a preguntar.
—Estaremos aquí mismo, en la ciudad, en un tiempo cercano donde no corramos ningún peligro.
El doctor no dice nada.
—Aquí, en Barcelona —repito—. La época todavía no la tengo del todo decidida, además, es mejor que no lo sepas. Por tu seguridad.
Los ojos de David se abren más de lo normal.
—Entiendo… Enseguida te traigo todo lo que vas a necesitar para ti y para tu amigo Juan —me dice antes de salir.
Diez minutos después, Víctor conduce por las calles de Barcelona en silencio. Está más relajado ahora que sabe que estoy recuperado. En el asiento de detrás va Lucía con el chaval al que todos llaman Juan sin que él sepa por qué.
Tampoco ha dicho su verdadero nombre.
Lucía lleva en su regazo una mochila de deporte con todos los medicamentos que David le ha dado.
En una hoja tiene escrita la pauta a seguir.
También debe de llevar ropa para ella y para el chaval.
Cuando le dije que pillara varias prendas que no cantaran demasiado para pasear por la Barcelona de principios del siglo X X , se puso como loca de contenta.
—Dos minutos y llegamos —avisa Víctor en cuanto gira a la izquierda y enfila por Vía Laietana. Sabe dónde va porque ya me ha dejado en ese lugar alguna que otra vez.
El coche se desvía por una calle más estrecha y se detiene al llegar a la esquina de la calle d’en Copons.
Lucía y el chaval se bajan al instante.
Yo tardo un poco más.
Estoy irreconocible.
Llevo una barba y un bigote poblados, además de unos pelos alborotados dignos de un jipi de los sesenta. Lucía me mira y sonríe. El chaval sigue teniendo cara de no entender nada. Mira a Lucía casi asustado. Ella lleva una peluca rubia y ondulada y unas gafas de sol grandes.
Y todo para no ser reconocidos, para que nadie nos pueda señalar, porque después de lo que ha dicho mi padre, intuyo que los esbirros que trabajan para los ladrones de mentes podrían estar en cualquier lado.
Miro de nuevo a Lucía.
Sonrío al ver su pelo.
—Mi último tren llegaba con retraso, así que decidí aceptar el caso de la rubia platino —le canto sin dejar de sonreír.
—A ver si te crees que tú estás guapísimo. Podrías pasar por tu querido Sabina de los ochenta, cuando tenía tanto pelo que no se le veían ni los ojos —protesta un tanto sería.
El chaval nos observa como un pez a su dueño.
—¿Te acompaño? —me pregunta Víctor.
—No, tranquilo, vamos a pocos metros de aquí. No te vayas muy lejos, volveremos en un par de horas como mucho.
Un par de horas para él claro está.
Para nosotros pueden ser semanas. Ya veremos.
Caminamos por la estrecha calle hasta llegar al final.
Giramos a la derecha y seguimos por la de les Magdalenes.
Unos pasos después tomamos la primera calle a la izquierda.
Son pasajes angostos por donde la gente pasea sin prisa.
Nosotros avanzamos despacio. Todavía estoy débil y casi no puedo mantenerme en pie.
Lucía me sujeta bien, pero sin llamar demasiado la atención.
El chaval no entiende del todo lo que ocurre, pero me ayuda a caminar sin que nadie se lo pida.
—La empatía no entiende de lenguas ni de culturas. Se tiene o no se tiene. Punto —le susurro al chaval, que no comprende lo que digo.
Al llegar al Passatge del Patriarca, me detengo.
—Esa es la cafetería de Els Quatre Gats —dice Lucía señalando hacia el local que hay en la esquina.
—Y ese piso de ahí arriba es al que vamos —revelo por fin. Mi mano señala hacia el segundo piso que hay justo frente a la entrada de la cafetería.
Abro el portal y entramos.
La temperatura dentro es más fresca. Es una portería estrecha, pero bastante bien cuidada para los años que tiene.
—No hay ascensor, pero solo es un segundo.
—¿Y este piso? —quiere saber Lucía.
—Es un piso franco —le explico. Me paro a tomar aire, apoyándome en un pasamanos de madera que lleva allí desde que construyeron la finca—. Es como un lugar de retiro. Desde aquí puedo viajar por Barcelona hasta el año 1896, que es cuando se construyó el edificio.
—También podías hacerlo desde la tienda sin tanta parafernalia —me suelta Lucía con desdén.
La miro.
—¿Acaso te molesta que tenga mi pisito secreto?
Ella tuerce el gesto y sigue subiendo sin esperarme.
—No te lo puedo contar todo de golpe, que son muchas cosas. Debo hacerlo a medida que van saliendo.
Sin darme cuenta, me he quedado solo en el descansillo del primer piso. Lucía y el chaval ya están en el segundo.
El joven la mira, nota que algo no va bien, pero no sabe qué puede ser.
En cuanto llego arriba estoy sudando, cansado.
—Necesitas descansar —me dice Lucía.
Abre la puerta y entra en el apartamento.
Se lo queda mirando sin saber muy bien qué decir.
—Esto no es un piso de soltero que digamos. Parece más el piso de tu abuela. Esos muebles tienen más años que el propio barrio, hijo mío.
—Lo sé. Esa es la idea, que aquí haya lo mismo que en toda la historia de este piso, así no hay problemas a la hora de saltar. Nada ha cambiado en este último siglo y pico.
El chaval se sienta en uno de los sillones de piel.
Yo hago lo mismo.
Lucía se acerca y me da una de las medicinas.
—Ahora duerme un rato —me dice—, en cuanto estés mejor nos vamos.
En cuanto me tumbo en el sofá y cierro los ojos, mi cabeza desconecta al instante, sumiéndome en un mundo oscuro y silencioso, ajeno a todo lo que me rodea.