Capítulo 53
Bar de Rosa
Cuando la puerta del bar se abre, Rosa se gira para ver quién entra.
Sus hermanos entran en primer lugar. Ve sus caras amoratadas, los ojos hinchados, rastros de sangre reseca, la ropa arrugada y sudada, incluso rota.
Se queda en silencio durante unos segundos, algo inaudito en ella.
Acto seguido, entra don Emilio y la saluda.
Un poco después, don Alfonso, resoplando como si hubiera corrido una maratón.
También la saludan como si allí no hubiera pasado nada.
Rosa se acerca a Félix y Mario, que se acaban de sentar en la mesa que siempre está reservada para ellos, los agarra del brazo y se los lleva a la cocina casi en volandas, sin que ninguno de ellos pueda hacer nada por impedirlo.
Los sienta a cada uno en una silla, bajo la luz del techo, y los mira con atención.
Sin decir nada, abre un cajón y saca un botiquín.
Primero limpia y desinfecta las heridas de Mario hasta que lo considera suficiente.
Ellos no hablan. Rosa tampoco. Sobran las palabras y no hacen falta explicaciones.
Cuando ha acabado con uno empieza con el otro.
Félix no se resiste. Pobre de él. Su hermana es más peligrosa que todos los gorilas de aquella maldita oficina.
Cuando está convencida, les hace una señal con la cabeza para que se larguen de su cocina.
Una vez que salen, ella se sienta en la misma silla en la que estaba Félix.
Rosa no comparte lo que hacen, pero son sus hermanos y siempre estará ahí para ayudarlos.
Respira varias veces. Su pierna tiembla nerviosamente y apoya la mano sobre su muslo para detenerla.
Intenta inhalar hondo. Cierra los ojos y, cuando cree que está recompuesta, sale de la cocina con un trapo en la mano.
—A ver, pandilla de energúmenos… ¿qué os pongo?
—¿Qué tienes para ofrecernos, querida Rosa?
—Hoy solo tengo dos platos a elegir porque el mercado está cerrado por una huelga de no sé qué. Así que, de primero, sopa de pollo y, de segundo, bistec a la plancha con patatas a lo pobre o huevo frito.
—Para mí solo sopa —dice Mario.
—Lo mismo para mí —susurra Félix sin mirarla.
—Yo solo el bistec, por favor —pide don Emilio.
—Para mí, querida mía, un bistec con un huevo frito de esos que te salen tan buenos —le pide don Alfonso—. Y un poco de pan para mojar, que eso siempre le levanta a uno el ánimo.
Rosa se marcha a la cocina tras tomar notas.
—Cuando la Rosa no suelta una de sus ironías es que se avecinan tormentas más fuertes —susurra don Alfonso.
Félix y Mario se miran y asienten.
Ya saben que la bronca llegará más pronto que tarde.
—Bueno, ¿qué vais a contarnos? —pregunta don Emilio.
Su amigo lo mira y niega con la cabeza.
—Emilio, ya contarán lo que quieran cuando quieran. Eres más maruja que la Dolores, sí, la que te ríe las gracias más de lo debido. Esa se baja a la calle con libreta y todo, para no olvidarse de ningún cotilleo.
Los hermanos comienzan a explicar por encima lo que ha sucedido, quién los raptó de la tienda, dónde los llevaron.
—Ya sabía yo que esa morena tenía pinta de víbora venenosa —opina don Alfonso al escucharlo.
También le cuentan el encierro. De las palizas no hablan porque son obvias solo con mirarles la cara. También les explican que esos tipos persiguen una antigüedad. No hablan de Quim ni de que puede viajar de nuevo, no de momento.
Cuando van a contarle lo que es capaz de hacer el colgante, Rosa aparece y todos guardan silencio.
Para los hermanos la sopa resulta reconfortante, así como los antiinflamatorios que Rosa les ha dejado junto a la sal y a la pimienta.
—Dame una de esas, que mis rodillas están más muertas que mi abuelo el marinero —dice don Alfonso, metiéndose una pastilla en la boca sin mirar para qué sirve.
A unos metros de allí, sentada en la terraza de un restaurante que está en la zona más alejada de la calle, una mujer observa la puerta del bar sin perder detalle.
Saborea su café, seria, pensativa, enfadada.
Tiene que hacer de tripas corazón para no entrar en el bar y liarse a tiros con todos, pero sabe que eso no arreglaría su problema.
Nadia perdió la daga y ahora ha perdido el colgante.
Todavía huele a humo, como si hubiera estado haciendo una barbacoa en el campo. Por suerte para ella, los bomberos pudieron abrir la celda en la que estaba encerrada y, antes de que pudieran reaccionar, se perdió entre el denso humo que poblaba la oficina.
Nadia espera paciente a que llegue su momento.
Tiene muy claro que todos pagarán por lo que han hecho, empezando por el tipo que la pilló desprevenida y le partió el cuello. Ese será el primero en morir. Después irá su hermano.