El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 52
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Capítulo 52

Consulta de David

Voy a hacer caso a Lucía y voy a saltar al pasado para curarme del todo.

Iré a un lugar en el que sé que estoy seguro.

Un lugar tranquilo, fácil de llegar donde ya he estado otras veces, algunas de ellas para lamerme las heridas con calma, como sucederá esta vez.

Lucía se ha puesto muy contenta en cuanto se lo he dicho.

Le da igual a la época que vayamos, siempre y cuando ella venga.

Miro mi teléfono porque alguien me llama.

Es el librero. Qué raro.

—¿Don Alfonso? —pregunto asustado.

No se oye bien. Activo el altavoz y le doy volumen.

—Quim, hijo, escucha con atención —oigo decir a mi padre alto y claro.

Está nervioso, alterado—. Lárgate de aquí cuanto antes.

Vete a otro tiempo, pero ve con mucho cuidado.

Hay gente al servicio de los ladrones de mentes que, por cierto, ya saben que puedes volver a viajar.

No confíes en nadie y vigila tu espalda.

—¿Estáis bien? —atino a preguntar. Si saben ese dato es porque algo grave ha pasado.

—Sí, nos han encerrado en su oficina, pero tu tío y yo nos acabamos de escapar. Al bajar nos hemos encontrado a don Alfonso y don Emilio. Ellos también están bien.

—¿Qué vas a hacer ahora? —quiero saber—. ¿Corréis peligro? —Esa pregunta sobra, pero la hago igualmente. Nunca hay que perder la esperanza.

—Todos corremos peligro, hijo. La loca de la rubia que trabaja para los ladrones de mentes, ¿la recuerdas? —pregunta con la voz entrecortada.

—Claro que sí… Como para olvidarla —le confirmo.

—Esa tía tiene el medallón de Toni Arango.

Escucha, ese medallón es real. Lo llevaba encima la asesina de Toni.

Tu tío Mario se la ha cargado. Le ha partido el cuello y hemos visto con nuestros propios ojos como el colgante ha brillado, como dijo el chaval la otra noche, y la ha devuelto a la vida sin un solo rasguño.

—No me lo puedo creer —susurro—. ¿Entonces está viva?

—No sabemos qué ha hecho con ella la rubia —le cuenta su padre—. Si está encerrada igual no se salva del incendio.

—¿Incendio? —pegunto atónito.

Mis pulsaciones se elevan un poco más.

El monitor pita de nuevo.

—Digamos que ha habido un pequeño fuego en las oficinas de esta gente —me suelta mi padre como si nada—. Lo que importa es que todos corremos peligro, Quim. Toda la familia. Escucha con atención —me ordena.

Su voz es autoritaria, más que nunca.

Yo estoy temblando y el monitor vuelve a pitar de nuevo como un condenado.

—Vete al pasado. Recupera tus fuerzas. Después, vuelve y soluciona esta situación. Si tienes que acabar con todos ellos, no lo dudes, hijo.

—Si tiene el colgante poco podré hacer —le digo.

—Puedes encontrar la daga perdida. Estoy seguro de que ese puñal es lo único que puede acabar con el inmortal que posea el colgante.

—Eso es lo que le pasó a Toni —susurro.

—Eso mismo. Pero escúchame bien, te repito que ellos saben que puedes volver a viajar al pasado. Los que te hirieron en el último viaje estaban al servicio de los ladrones de mentes. No sé cómo ni cuándo, pero se comunican entre ellos.

—Nunca se van a cansar de jodernos.

—Ahora que la rubia tiene el medallón y se cree inmortal, irá tras la daga que es lo único que la puede matar. Y ella sabe que tú, hijo, eres el único que puede cambiar lo sucedido. Así que huye y vuelve solo cuando estés en condiciones de enfrentarte a ellos.

Un par de segundos de silencio en los que solo escucho a mi padre respirar. De fondo, se oye al relojero protestar que van demasiado rápido para sus castigadas rodillas.

—Escucha, Quim, he oído hablar de la piedra azul y del cuchillo antes, hace mucho tiempo.

—¿Dónde? ¿Cuándo? —quiero saber.

—En América, en Oriente Medio… En muchos lugares diferentes tienen una fábula de un inmortal que llega del mar para ayudar a la gente.

—Eso me suena familiar —le digo sin darme cuenta.

—Busca información al respecto. Yo de ti volvería al pasado y buscaría al rey Argantonio. Ese tipo forma parte de este asunto, sin duda. Es el cabo más a mano del que empezar a tirar.

—Sigues pensando que ese tipo es Toni Arango.

—Ahora más que nunca —me dice al instante.

Una idea acaba de llegar a mi mente de repente.

Debo de estar un poco lerdo por los medicamentos, sino no entiendo cómo no me he acordado antes.

—Creo que sé dónde está la daga —le digo, al recordar la llamada de mi amigo sevillano.

La tiene él, estoy seguro.

No puede ser casualidad.

—No me lo digas, solo haz lo que debas, hijo. Tengo que dejarte. No vuelvas a casa ni al barrio o te matarán. Te quiero, Quim. Confío en ti.

La llamada acaba de repente.

No he podido despedirme.

Me quedo mirando al móvil sin reaccionar.

—Ahora me queda todo mucho más claro —dice David desde la puerta, con la cara más blanca que su bata. Se acerca hasta la silla que tengo junto a la cama y se deja caer.

El monitor vuelve a pitar de nuevo.

Mireia entra acompañada de Lucía.

Mira a David y entiende que algo pasa, pero no pregunta. Se acerca al monitor, apaga la alarma y se va sin decir nada.

Lucía me pregunta con los ojos.

David está mirando a una pared.

Sigue blanco.

—Todo cuadra… El veneno, las flechas centenarias, tus análisis extraños, la sangre del chaval sin anticuerpos para virus modernos… Incluso las primeras ediciones que me has conseguido como por arte de magia… Todas las piezas del puzle acaban de encajar a la perfección.

Habla para él, pero en voz alta.

Lucía se lleva la mano a la boca al comprender que David se ha enterado de mi secreto. Yo no sé qué hacer ni qué decir. Quizá pueda volver y eliminar este momento. Avisarme de alguna manera para saber que él estará escuchando la conversación.

No tengo ni idea.

Por otra parte, debo decir que me alivia un poco que lo sepa. Estaba harto de mentirle. Y ha habido situaciones en que mentir me ha podido costar la vida. Además, está el juramento hipogástrico ese, o como se llame.

—Qué pedazo de cabrón estás hecho —susurra de nuevo.

Su mirada está perdida. Respira varias veces, como si eso le devolviera a la realidad. Se incorpora en la silla, cruza las piernas y me clava sus ojos sin parpadear.

—Ya puedes empezar a contármelo todo.

Está claro que no bromea.

—Nada de lo que digas saldrá de esta habitación, ya lo sabes. Y no porque no pueda, sino porque no quiero. Soy tu médico, pero también tu amigo y te ayudaré siempre que pueda, pero déjame formar parte de esto… sea lo que sea.

Tengo muy claro que David nunca me delataría.

Asiento y él sonríe.

Lucía nos mira sin abrir la boca.

—Está bien, David, te lo contaré todo. Pero debes entender que nada de lo que te diga puede salir de aquí. Y debes creerme, por muy increíble que parezca.

Me mira serio.

Confirma con la cabeza que lo ha comprendido.

—Y tú debes entender que me muero por tener una primera edición de la Divina Comedia. Pero no una cualquiera, quiero la que escribió Dante… Eso sí sería algo increíble.