Capítulo 51
Edificio Vimley
El equipo de seguridad de Ruth forma un círculo alrededor de Nadia.
Ella los mira desafiante. No es que la quieran rodear, es que no hay más espacio para retroceder en la sala.
Acaban de presenciar cómo resucitaba de entre los muertos y, para alguno de ellos, ese hecho es más de lo que pueden aceptar.
Ruth no piensa lo mismo.
Ha visto el brillo azul en el pecho de Nadia y sabe que eso no es magia. Lleva algo colgado al cuello que se ha iluminado en el mismo instante en que ella volvía a la vida.
No puede ser casualidad.
Ruth mira al jefe del equipo y hace una señal.
Dos segundos de duda, luego acción.
El guardia saca la pistola táser y dispara antes de que Nadia pueda reaccionar. La mujer morena sabe luchar; es una profesional, pero hoy no es su día. Cae al suelo por segunda vez, aunque en esta ocasión inconsciente, no muerta.
Los hermanos Mora observan en silencio, inmóviles en su banco de piedra. Mario no podría moverse aunque quisiera porque está sujeto por dos tipos. Y el dolor que sufre Félix es demasiado intenso, pero también sabe cuándo uno debe detenerse y estar calladito para pasar desapercibido.
Ruth se acerca a Nadia. Mete la mano bajo su camisa. Siente la piel caliente. Un escalofrío le recorre la espalda. Sabe la razón. En el fondo esa mujer la atrae. Peligro y belleza juntos siempre han sido su perdición.
Saca el colgante. Abre el broche y lo examina con cuidado, a poca distancia de su cara.
Mario observa de reojo.
Lo desconoce, pero su experiencia le dice que es antiguo y, sobre todo, valioso. Félix, en cambio, sabe lo que es. Y a quién pertenecía.
—Llevadla a la sala de al lado —ordena Ruth.
Los guardias arrastran a Nadia y la sacan de allí.
Ruth se marcha sin decir nada más.
En la celda vuelven a quedarse los hermanos Mora.
—¿Has visto ese collar? —pregunta Mario.
Félix asiente. Tiene un ojo cerrado y el otro apenas abierto.
—Jamás había visto nada igual.
—Creo que eso es lo que la ha resucitado —dice Félix.
Mario lo mira, confundido.
—Ese collar tiene una piedra azulada que puede dar la inmortalidad a quien la posea —le explica Félix, convencido tras saber lo que le pasó a su amigo el anticuario y lo que ha visto en primera persona, a solo un metro de distancia.
—Cuentos para vender joyas a mejor precio —responde Mario—. Te lo digo yo, que los he usado más de una vez.
—Ya lo había oído en distintas épocas, en distintos lugares, en muchas culturas —le explica Félix—. Te puedo asegurar que muchas veces el mito es lo único que perdura de una verdad no escrita contada a través del tiempo.
Los guardias dejan a Nadia sobre el banco de piedra de la celda número 2 . Ruth espera junto a la puerta, paciente. Observa cómo uno de ellos le inyecta algo en el brazo a petición suya. Es suero de la verdad.
Ruth sabe que es la única manera de sacarle algo a esa mujer. Por las buenas no lo logrará, por las malas, menos todavía.
Nadia despierta poco a poco.
Siente la boca seca, pastosa. Hasta su garganta llega un sabor familiar y lejano. Lo ha saboreado varias veces, primero en las clases de entrenamiento, después, en varias misiones. Pero este es distinto, sabe a cereza y a miedo.
Abre los ojos e intenta incorporarse.
Tiene esposas en las manos y en los pies.
Está demasiado cansada para pelear.
Mira a Ruth, desafiante.
—¿Cómo has podido volver de la muerte? —pregunta.
La mujer morena lucha por no mostrar nada.
—Ese medallón te ha devuelto la vida, ¿verdad?
Su voluntad es firme, pero la droga lo es todavía más.
Había probado ese suero otras veces e incluso había podido superarlo, pero este es distinto, muchísimo más potente, tanto que no puede mantener la boca cerrada sin que le estalle la cabeza de dolor.
—Ese colgante es mío, maldita zorra —murmura Nadia, apenas audible.
—Quiero saber la verdad —responde Ruth, acercándose.
La voz de Nadia se vuelve más clara y valiosa, como si cada palabra valiera su peso en oro.
—El medallón… lo que llevas colgado… —dice mientras su mano tiembla ligeramente y señala al cuello de Ruth—. Mi cliente creía que esa piedra te hace inmortal.
—Tu cliente tenía razón, ya lo hemos visto. ¿Qué más estás buscando?
Ruth sabe que si solo fuera por el colgante no estaría detrás de los Mora, porque ya lo tenía en su poder. Falta algo.
—Algo que puede matar al inmortal… —Su mirada se vuelve intensa. Cierra la boca, se muerde la lengua hasta sangrar, pero no puede evitarlo, el dolor la hace hablar—… Una daga.
Ruth siente un escalofrío recorrerle la espalda.
Este es diferente, no proviene de sus lascivos deseos, es de emoción. Sabe que Nadia dice la verdad.
—¿Dónde está esa daga? —pregunta ansiosa.
Esta vez no lucha contra la respuesta.
—No lo sé.
La pieza del rompecabezas que Ruth buscaba para ser la persona más importante de su familia acaba de ser revelada como por arte de magia.
—Esto no puede ser casualidad —susurra, convencida que estaba predestinada a este momento.
—¿Quién es tu cliente? —le pregunta.
—No lo sé —contesta sin pensarlo.
Ruth la cree. Este tipo de contratos no se hacen en persona.
Acaricia la joya que lleva colgada al cuello.
Después de todo lo que ha sufrido, de todo lo que ha peleado por ser la mejor, el destino la ha premiado con el don de la inmortalidad. Será joven y bella siempre.
Y poderosa. Muy poderosa.
Más que el propio Sumo Sacerdote de Roma.
Nadia cae sobre el banco de golpe, desmayada. Su respiración se calma, se hace mucho más lenta. La batalla que se libraba en su mente ha terminado.
En ese instante, en la celda contigua, Mario actúa al ver que los guardias no van a volver. Saca la llave de la puerta que le quitó al guardia la primera vez que huyeron de esa misma sala. Es listo y se la escondió en el calzado por si acaso los volvían a encerrar.
Introduce la llave y la gira. La puerta cede.
Mario hace una señal a Félix.
Su hermano lo entiende de inmediato. Se pone de pie y, a pesar del dolor que sufre, se mueve silencioso como una sombra. En cuanto salen cierran la puerta con llave de nuevo. Cada paso está calculado. Los guardias tardarán tiempo en averiguar que la celda está vacía. Cada segundo cuenta.
De repente, suena la alarma de incendios.
Un grito agudo, cortante, que recorre todo el edificio. Luces rojas parpadean, reflejándose en el metal y los cristales de las ventanas.
Mario y Félix se escabullen por un pasillo y se pierden en otro. Se cruzan con empleados que entran y salen apresurados, pero nadie se fija en ellos. Nadie mira sus rostros amoratados ni sus ropas sucias. La alarma confunde a todos.
Al final del pasillo ven aparecer a un grupo de guardias.
Esos sí que los van a ver. Sin duda.
Los hermanos reaccionan al instante.
Entran por la primera puerta que tienen a mano. Un letrero indica que es la zona de archivos.
Al entrar ven decenas de hileras metálicas, archivadores de cartón gris, olor a polvo y a papel viejo. Observan cada rincón. Por suerte, no hay cámaras. Cierran la puerta y se quedan esperando. Pueden escuchar el zumbido lejano de la alarma.
—No hay salida —murmura Mario.
—Alguna tiene que haber —responde Félix, respirando con dificultad.
Buscan entre las sombras, desesperados.
—Hay una ventana —indica Félix.
Se acercan y miran hacia abajo.
—Estamos en el sexto o séptimo piso.
—Va a ser que no.
—Además, es de las que no se abren —añade Mario.
Están atrapados.
No muy lejos de allí, Ruth respira hondo.
Tiene la vista fija en el medallón. En el brillo azul que late bajo la luz de emergencia. Sabe que acaba de encontrar algo de suma importancia y poder.
Esa piedra parece viva. Respira con ella.
El sonido de pasos en el pasillo, el eco metálico de las puertas, las luces rojas que parpadean. Todo se funde en una sinfonía de peligro que no la afecta. Ruth no pestañea. Solo siente el calor de la piedra en el interior de su mente.
Nadia sigue inconsciente.
—Dejadla encerrada. A los hermanos también —ordena.
Los guardias la dejan tirada y cierran la puerta sin mirar atrás. A Ruth no le importa que se quemen todos. Ahora mismo solo le importa el medallón que le otorgará la inmortalidad.
Y la daga perdida. Debe encontrarla.
Ese es un cabo suelto importante. Lo único que en este instante puede arrebatarle la gloria eterna. La quiere en su poder, cueste lo que cueste.
Mientras las luces del techo no dejan de parpadear, la gente camina en orden por los pasillos hacia a la salida, con el rugido de sirenas acercándose de fondo. Los bomberos ya están de camino.
En el vestíbulo de la planta baja un hombre sonríe con picardía.
Hay un brillo travieso en los ojos del anciano que ha accionado la palanca roja de la alarma de incendios.
Disimula apoyado en su inseparable bastón.
A su lado hay otro hombre de su misma edad.
Don Emilio y don Alfonso han decidido que la mejor manera de sacar a las ratas es simulando un fuego. Y no lo han dudado ni un instante.
Cuatro pisos por encima de la pareja de amigos, Mario y Félix llevan varios minutos ocultos entre archivadores, sabiendo que, tarde o temprano, tendrán a los de seguridad en la puerta.
Mario le hace una señal a su hermano. Quiere que le preste atención.
Mete la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y saca un objeto plano y cuadrado.
Son unas cerillas que le regaló hace un par de días una amiga que trabaja en un local del barrio. Tienen el nombre de su negocio impreso, una tienda de velas que de vez en cuando obsequia con artículos como ese.
Félix mira las cerillas y comprende.
Mario sonríe.
—De perdidos al río —le dice—. ¡Que los jodan!
Enciende una y la acerca a uno de los archivadores.
El cartón tarda en prender, pero cuando lo hace quema con fuerza. Al cabo de un minuto y tras quemar cuatro archivadores más repartidos por un par de estanterías, el fuego arde sin remedio.
Ambos hermanos salen de la sala y se mezclan entre los trabajadores.
La estridente alarma sigue sonando y salen a paso rápido hacia las escaleras.
El humo empieza a olerse desde donde están.
En ese instante, la gente comienza a correr despavorida, a pesar de que en todos los simulacros se avisa de que eso mismo lleva al descontrol, al pánico y a la muerte.
Algunos valientes aprovechan para pasar por sus mesas a recoger bolsos, portátiles y otras cosas personales antes de incorporarse de nuevo al río de gente que fluye hacia la salida.
Los hermanos Mora, camuflados entre el personal de oficina, bajan por la escalera hasta salir a la calle, burlando al personal de seguridad que no puede detener la avalancha descontrolada que escapa de un humo cada vez más denso y sofocante.