El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 50
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Capítulo 50

Consulta de David

Antes de abrir los ojos siento que algo no va bien.

Tengo calor. También frío. Me duele la cabeza.

Sé que estoy en la consulta de David porque el olor es inconfundible.

Intento mover los pies y me duele todo el cuerpo.

Yo diría que estoy para el arrastre. Oigo voces.

Lucía está aquí y Víctor también. David es el que habla ahora.

Por lo visto hay una reunión alrededor de mi cama.

—Quim —susurra una voz dulce—, ¿estás bien?

Es Lucía. No suena enfadada. Aunque no me puedo fiar. No soy demasiado bueno leyendo emociones. Mejor me quedo quieto y no digo nada.

—Quim, soy David. ¿Puedes oírme?

Abro los ojos poco a poco. Me duelen de la luz que hay.

—Tranquilo, amigo, ya estás de vuelta otra vez.

¿Es que acaso me he ido a algún lado?

Veo por el rabillo del ojo a Lucía.

Sonríe. Buena señal.

Aunque si algo he aprendido de ella desde que salimos juntos es la certeza de que la bronca llegará tarde o temprano. Pero llegará seguro.

—Hola, cariño —me dice mientras me acaricia el pelo.

¿Cariño? Creo que es la primera vez que me llama así.

Igual no hay bronca después de todo.

Yo sonrío, pero no mucho, no vaya a pensar que ya estoy curado. Vamos a echarle un poco de drama al asunto para asegurarme de que no se va a volver a enfadar de nuevo.

Mireia entra en la habitación y empieza con sus mediciones. Primero temperatura, luego tensión, después no sé qué más. Anota todo en una especie de tablet y se la pasa a David.

—La fiebre te está bajando. Es una buena señal.

Mireia pincha algo en la bolsa que cuelga de una percha y cuyo tubo transparente acaba en mi brazo. Siento el calor del líquido entrando en mi cuerpo.

En ese instante el chaval del poblado aparece junto a Víctor y todo vuelve a mi memoria de golpe. El chaval, el ataque, la huida, la llamada de teléfono del relojero diciendo que mi padre y mi tío han sido secuestrados…

Comienzo a hiperventilar, pero en menos de dos segundos me encuentro mucho mejor. Creo que lo que me ha inyectado Mireia llevaba sustancia de la buena.

Me fijo en que Lucía está preocupada

—¿Mi padre? —susurro casi sin fuerzas.

—Tranquilo —contesta.

No me suena convincente.

El chaval se acerca a mi cama. Viste una bata blanca. Tiene buena cara, mucho mejor que la mía, sin duda. Sonríe al verme, aunque no demasiado. Hay miedo en sus ojos. Se acerca a mi lado. Tiene ojos tristes.

— Ah-lah sheh-mah?

El resto lo mira, curioso.

David el que más. Seguro que le debe haber hecho cien pruebas distintas al pobrecillo. Tarde o temprano se enterará de todo, no creo que pueda guardarle mi secreto mucho más tiempo.

—Wa ah-bat ee-mee?

Quiere saber dónde estamos y dónde está su madre.

Lo entiendo bastante bien a pesar de no hablar su lengua.

— Ah-na ah-bet ee-mee —le digo que son mis amigos, para que esté tranquilo. También que aquí estamos a salvo—. Ah-lah sheh-mah ee-kah.

Veo por el rabillo del ojo que David me observa sorprendido.

El chaval asiente.

Está serio, pero al menos sabe que aquí lo están cuidando, aunque todo lo que le rodea le parezca alienígena, lo está llevando con bastante calma. Debe de ser por su juventud. Esto le pasa a un cuarentón como yo y se caga de miedo.

Víctor le hace señales para que vuelva a su habitación.

—Ah-lah nahn ee-mee —le hago saber que después nos veremos. Espero que eso lo tranquilice un poco.

Mireia se va con ellos.

Lucía me agarra de la mano.

—¿Qué tal te encuentras? —pregunta David.

—Muy cansado, la verdad.

—Es normal —me dice sonriendo—. Has tenido mucha fiebre durante muchas horas. Estarás mejor en unos días. Bueno, luego me paso a verte. Voy a seguir trabajando que tus facturas solas no pagan todo esto.

Me guiña un ojo y se marcha.

—¿De verdad estás bien? —quiere saber Lucía.

—No del todo, pero sí, mejor que cuando…

—Que cuando volviste del pasado.

Mierda, ha vuelto ese tonito acusador.

Esto no lo he visto venir.

Cierro los ojos.

—¿Vas a hacerte el muerto como los suricatos?

Qué cabrona es. Y qué lista.

La miro. Valor y al toro.

Que ser valiente no salga tan caro. Que ser cobarde no valga la pena.

—Ya te dije que lo sentía. Solo quería mantenerte a salvo de peligros.

—Pues no ha funcionado —me dice.

Su cara ha cambiado. Está mucho más seria.

—Mi padre y mi tío no están bien, ¿verdad?

—Siguen secuestrados —me suelta sin rodeos.

Se queda pensativa unos segundos.

—¿Y el dúo Sacapuntas?

—Están vigilando, pero todavía no saben nada.

—Debo ir a buscarlos —le digo. Me incorporo de la cama y el mundo se derrumba a mi alrededor.

—Que te lo crees tú —me suelta—. Estás hecho un cuadro. ¿Es que no lo ves?

Está siendo más dura de lo normal.

Sigue enfadada.

—David dice que hasta dentro de varias semanas no estarás con fuerzas para hacer vida normal. Mucho menos para pelear con nadie.

—No puedo esperar tanto tiempo. Esos cabrones van a venir a por nosotros. A por mi tía. A por toda mi familia.

Ella asiente. También lo sabe.

—Tal y como estás no puedes hacer nada.

—Voy a acabar con esto de una vez por todas.

—Primero tienes que recuperar tus fuerzas, después haz lo que quieras, pero ni hoy ni mañana. Si te presentas así lo único que vas a conseguir es que te maten a ti y después a todos nosotros.

Tiene más razón que un santo.

—No puedo esperar un mes para ir a por mi padre y mi tío, eso lo entiendes, ¿verdad?

—Por supuesto que lo entiendo. Pero si algo tienes es tiempo, Quim, ya lo sabes.

Repaso sus últimas palabras durante unos segundos. Ya entiendo lo que quiere decir.

—Salta al pasado —me susurra—. A algún lugar en el que estés seguro y a salvo. Recupérate. Ponte fuerte y después vuelve para acabar con esos malnacidos.

Cuando dice tacos es que está cabreada de verdad. ¿Es normal que eso me guste y me asuste a partes iguales?

—No sé dónde ir de esta guisa —le digo—. Estoy demasiado débil. Cualquier lugar del pasado será más jodido. Necesito las medicinas. No sé…

—Yo iré contigo —me suelta.

Ah, bueno. Ya veo dónde acabará todo esto.

Menuda vuelta está dando para decirme que quiere viajar al pasado de nuevo. Claro, mosqueada y con exigencias solo puede terminar de una forma: con un cabreo del carajo o contenta, dependiendo de la decisión que tome.

Elige, Quim: muerte rápida o lenta.

—¿Y qué pasa con el chaval? No se puede quedar solo.

—Nos lo llevamos.

—¿Un salto de tres? ¿Tal y como estoy?

Ella asiente como si fuera lo más normal del mundo.

—Él y yo pesamos como tu padre.

—A ver, Lucía, que no soy un ascensor.

—Piénsalo —acaba por decir—. Por cierto, tienes un mensaje de un tal Alfredo García.

¿De qué me suena ese nombre?

—Creo que es profesor universitario o algo así. Ha dicho que tiene en el museo algo que te interesará. Un objeto que es azul y antiguo.

Mi pulso se acelera por unos segundos, demasiados según el monitor, porque ha comenzado a pitar como un loco. Mi respiración se agita al mismo ritmo que mi corazón.

El monitor pita más rápido.

—No puede ser casualidad —susurro sin darme cuenta, en el mismo instante en que Mireia entra acelerada en la habitación para comprobar el porqué de ese cambio brusco en mi estado.