El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 49
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Capítulo 49

Despacho de Ruth

Ruth entra en su amplio y luminoso despacho y cierra la puerta tras de sí.

El suave siseo del aire acondicionado envuelve la estancia.

Se sirve un vaso de agua, bebe un sorbo y toma asiento frente al ordenador.

Un par de clics bastan para acceder al sistema de cámaras de seguridad.

Las pantallas cobran vida. Imágenes en blanco y negro aparecen, desvelando los ángulos de cada pasillo, de cada sala, incluso del subsuelo.

El sistema lo diseñaron ellos mismos. Lo venden a grandes compañías, pero ninguno tiene el nivel que ellos usan.

En una de las pantallas aparece la mujer morena.

Sale de la sala de juntas acompañada por un guardia.

Camina con paso firme hacia la zona de retención.

Ruth la sigue con la mirada. No confía en ella.

En ningún momento lo ha hecho. Hay algo en esa mujer que le despierta un instinto contradictorio: fascinación y miedo a partes iguales. Esa mezcla le eriza la piel.

El guardia abre la puerta de la sala número 1 .

Ruth introduce su código personal y entra al sistema restringido.

Solo ella puede acceder a esas cámaras. Dos lentes a color de alta calidad graban cada detalle.

Una sobre la puerta, otra al fondo, sobre el banco de piedra en el que están sentados.

Ambas registran también el sonido, que se almacena en servidores externos durante sesenta días.

Nadia entra detrás de un guardia. Otro cierra la puerta y se queda junto a ella. Los hermanos Mora están sentados, levantan la vista, pero no se mueven.

Ruth amplía la imagen.

Los dos están magullados. Tienen hematomas en la cara y sangre seca en los labios. La paliza ha sido efectiva.

Sonríe satisfecha.

—¿Dónde está lo que te entregó el pupilo del anticuario?

La voz de la mujer es firme, cargada de autoridad.

Félix la mira con desprecio.

No contesta.

Mario, a su lado, mantiene el mentón alto.

Ninguno muestra miedo.

Nadia se agacha y le susurra algo al oído. Ruth no alcanza a oírlo, pero ve el cambio inmediato en los ojos de Félix. Se abren de golpe. Sorprendidos.

—No sé de qué me estás hablando —responde él.

Ruth sube el volumen al máximo.

Nada. Silencio.

La mujer lo ha hecho adrede. Sabe que hay cámaras.

—Esa zorra está jugando a dos bandos —murmura Ruth sin darse cuenta.

Nadia hace una señal apenas visible. El guardia que está a su lado reacciona. Saca la porra y golpea a Félix en el costado.

El impacto es seco. Félix se encoge en el asiento. Parece malherido, pero de repente, suelta un puñetazo que impacta en la nariz del guardia, provocando que dé unos pasos hacia atrás y se una a su colega.

Mario no espera ni un segundo y se lanza contra la mujer sin dudarlo.

La atrapa por el cuello antes de que ella se pueda apartar.

Forcejean. Nadia le suelta varios codazos en las costillas.

Uno de los guardias intenta intervenir, pero Félix le propina un cabezazo brutal.

El sonido del golpe resuena incluso a través del micrófono.

El guardia se tambalea casi sin sentido.

Ruth no lo puede creer.

El segundo vigilante corre hacia ellos y ataca a Mario. Le golpea en la espalda varias veces, pero él no suelta a Nadia. La tiene pillada por detrás, con sus brazos rodeando su cuello como un cepo. Ella patalea, araña, intenta gritar, pero el brazo del hombre es firme como una trampa de hierro.

Félix se lanza contra el guardia que queda, lo empuja y lo hace chocar con la puerta.

Antes de que se recupere, le propina una patada directa al pecho.

El golpe no lo derriba. Félix recoge la porra del suelo y descarga sobre él una lluvia de golpes incontrolados, una y otra vez, soltando toda la rabia contenida hasta dejarlo inconsciente.

En ese instante, el cuello de Nadia se parte. El sonido es tan claro que incluso Ruth lo percibe a través de los altavoces.

Mario deja caer a la mujer y su cabeza golpea el cemento. Se queda inmóvil, con el cuello torcido y los ojos abiertos.

Félix respira con dificultad.

Sus manos tiemblan. Se inclina, toma el manojo de llaves que lleva el guardia y se gira hacia su hermano.

Ambos asienten.

Ruth se queda paralizada.

Observa la pantalla sin parpadear. Luego se cubre la boca con una mano y busca el botón de alarma con la otra. Tarda diez segundos en encontrarlo. Lo pulsa.

El despacho de Ruth se sella al instante y unas luces rojas comienzan a parpadear por toda la oficina. El protocolo de emergencia se activa. Los empleados dejan lo que están haciendo y corren hacia las habitaciones seguras.

Ruth observa cómo un grupo de hombres armados sale de la sala de vigilancia y avanza hacia la zona de administración. Al mismo tiempo, los hermanos Mora abren la puerta de la celda. Apenas dan tres pasos cuando varios guardias los acorralan. Llevan armas de fuego que no dudarán en usar.

Los reducen sin esfuerzo.

El guardia de la nariz rota descarga su furia en forma de golpes. Ruth no aparta la mirada.

Cuando vuelven a meterlos en la celda Ruth desconecta la alarma de seguridad. Un minuto después, sale de su despacho y va hasta la sala.

Al entrar nota que el aire huele a rancio, a sudor y sangre.

Los hermanos están en el banco de piedra, exhaustos.

En el suelo yace el cuerpo inmóvil de Nadia.

Ruth se acerca despacio, bordeando el cadáver. El cuello está amoratado. Los ojos siguen abiertos.

—¿Qué te ha dicho al oído? —pregunta.

Félix levanta la cabeza. Tiene la cara hinchada, los labios partidos. La mira sin verla. Escupe. Pequeñas gotas de sangre le salpican la mejilla.

Ruth no reacciona. Ordena con un leve gesto que continúen los golpes. Mario intenta moverse, pero dos guardias lo sujetan con fuerza. Le obligan a mirar. Esta vez no va a sorprenderlos.

Entonces ocurre algo imposible.

Todos se percatan que, bajo la ropa de Nadia, el medallón que pertenecía al anticuario sevillano comienza a emitir un brillo intenso y azulado que solo desaparece cuando el cuello de la mujer se recompone y queda completamente sanado.

Nadia parpadea.

Sus dedos y sus manos se mueven.

Empieza a toser. Una tos seca y convulsiva.

Ruth la observa en silencio.

Los guardias retroceden asustados.

Nadia levanta la cabeza y los mira.

No hay chasquido que hiele la sangre de los presentes, la resurrección ya lo hace de sobras.

Félix apenas está consciente, pero lo ve todo con claridad.

El silencio se adueña de la sala.

Los guardias se apartan unos pasos hasta apoyarse en la pared. Habrían salido corriendo de allí si su vida no dependiera de ello. La situación es terrorífica, tanto como su jefa.

La mujer se sacude el polvo del cuerpo con gesto sereno. Como si nada hubiera pasado. Como si volver de entre los muertos fuera lo más normal del mundo.