Capítulo 47
Edificio Vimley
Félix y Mario llevan más de una hora encerrados en la misma celda. Tras la última visita del equipo de seguridad que se ensañó sin piedad con ambos hermanos, el silencio se ha convertido en su única compañía.
Félix se palpa el rostro y lo siente hinchado. Al mirar a Mario, ve su labio superior deformado y un ojo amoratado. Sabe que todo esto es culpa suya, pero, en el fondo, se alegra de tenerlo allí. Su hermano siempre ha sido su apoyo.
Desde el día en que descubrió su don, Mario se convirtió en su compañero de aventuras, fiel y constante, alguien en quien siempre podía confiar.
Estuvo a su lado en todo momento, cubriendo sus viajes, sus largas ausencias, sus desapariciones inexplicables…
y curando sus heridas cuando regresaba maltrecho, como aquella noche en que lo encontró medio muerto en la plaza del Rey.
—Han pasado tres décadas y todavía sigues recibiendo hostias por mi culpa —susurra Félix. En su voz hay cariño; amor de hermano, de amigo y de cómplice.
—Y aquí estaré tres más para salvarte el culo como lo he hecho mil veces, si me dejas —responde Mario, guiñándole el ojo que no tiene hinchado.
A unos metros de allí, en una habitación cuya temperatura y vistas son mucho más agradables, Ruth espera sentada a que su invitada y nueva colaboradora haga acto de presencia.
Tiene la vista perdida en las cimas montañosas que observa desde una cómoda silla, presidiendo la enorme mesa de la sala de juntas principal.
Nadia entra y se sienta frente a ella.
Ambas se miran.
—El dinero ya está en tu cuenta. Ahora es tu turno.
Nadia se recuesta en la silla y cruza las piernas.
—No sé quiénes son esos dos tipos de la tienda. No los conozco de nada. Solo estaba ahí porque tienen algo que yo quiero.
Ruth la observa sin perder detalle.
—¿Qué es?
—El jueves pasado hice un trabajo en Sevilla, pero solo a medias. Tenía que acabar con un objetivo y llevarme algo que él tenía. Pero no pude finalizar el encargo.
—¿Quién era tu objetivo?
—El dueño de una tienda de antigüedades de Triana.
Ruth aguanta la respiración una milésima de segundo más de lo normal. Sus pupilas se han dilatado al escuchar esa noticia. Sabe de quién está hablando.
—Veo que sabes de quién estoy hablando —apunta Nadia, a la que tampoco se le escapa ni una.
—¿Qué era eso que debías llevarte?
—No lo sé —miente lo mejor que puede.
Lo sabe de sobra, porque lo lleva colgado en su cuello en ese preciso instante. Un medallón que no se ha quitado desde que lo encontró tirado en el suelo de la sala secreta del anticuario sevillano.
Ruth la mira y tuerce un poco la cabeza, como una felina que observa a su presa antes de saltar a su yugular.
—Ese hombre tenía una daga muy antigua oculta en la parte de atrás de su local —miente Nadia de nuevo, pero ofrece una información veraz, al menos en parte, para que Ruth no sospeche y la vuelva a encerrar. Necesita tiempo—. Su ayudante, un tal Pablo, se la llevó antes de que yo entrara.
Nadia sabe que debe entregarle la daga a su cliente. Una daga que no tuvo tiempo de buscar entre los escombros. El que la contrató se la prestó para conseguir el colgante y debe devolvérsela si no quiere que su nombre figure en el contrato de otro asesino. Pero no sabe dónde está.
—¿Qué la hace tan especial? —quiere saber.
—Lo desconozco. Solo sé que es importante para la persona que me ha contratado y quiero acabar el trabajo. Rastreamos el teléfono del ayudante hasta la tienda de esos dos tipos. Les pregunté por él y por la daga, pero mintieron diciendo que no sabían nada. Después de eso, entrasteis vosotros.
—¿Estás segura de que ellos tienen lo que buscas?
—El ayudante salió de Triana y fue directo hasta Barcelona. Hizo dos llamadas a esa tienda, una por la mañana y otra por la noche. Poco después, le perdimos el rastro.
—Entonces lo conocen.
—Sin duda. Estoy segura de que antes de morir, su jefe le dio instrucciones precisas sobre lo que debía hacer.
—¿Quieres interrogarlos? —pregunta Ruth.
Nadia sonríe sin darse cuenta.
—Lo estoy deseando —susurra con la piel erizada.