Capítulo 46
Bar de Rosa
Rosa está detrás de la barra, de pie y con las manos apoyadas en el fregadero.
Su mirada va de uno a otro, recorriendo todo el bar y vuelve a empezar por el principio.
Algo le huele mal. Hay un tufillo flotando en el ambiente, una sensación de esas que no se pueden explicar, pero que Rosa detecta, sintiéndola en su piel.
Sabe que algo pasa y que ella es la única que no está al tanto.
Su sobrino Quim está de viaje. Lucía, trabajando. Félix y Mario todavía deben de estar en la tienda. Y don Alfonso y don Emilio están allí, sentados, hablando tan bajito que Rosa no puede pillar nada.
Se acerca sigilosa hasta la mesa de al lado. Pasa el trapo por ella, aunque ya está limpia. Los dos hombres dejan de hablar y se miran sin decir nada.
—Solo os falta silbar para disimular —les dice.
Don Alfonso da un respingo del susto.
El bastón, que descansaba apoyado en el respaldo de su silla, cae al suelo haciendo un ruido seco.
Rosa se agacha y se lo entrega, pero sin soltarlo.
Don Alfonso la mira.
Ambos tienen el bastón agarrado.
Él estira, pero ella no suelta.
Lo traspasa con la mirada. Él aguanta porque ha vivido mucho y es valiente, pero, sobre todo, porque sabe que Rosa detecta el miedo como un tiburón huele la sangre en el agua.
—Os traéis algo entre manos. Lo sé.
Tarda dos segundos más de lo que ellos quieren en apartar la vista y marcharse a la cocina sin despedirse.
—No se le escapa ni una —susurra don Emilio sin dejar de mirar atrás por si se acerca de nuevo sin avisar.
—Más nos vale que no se entere de nada, viejo amigo, porque nos pueden llover alpargatazos hasta el día del juicio final.
Recuperados del susto y viendo que Rosa tiene faena de sobras en la cocina, vuelven a la conversación previa.
—Estoy de acuerdo en vigilar su guarida.
—Solo vigilar, tal y como ha dicho Quim.
—Me parece correcto —indica don Alfonso—.
No deseo volver a ser atrapado, ni encerrado, ni humillado como entonces.
No tengo el menor ánimo de repetir aquel calvario.
No soy ningún santo, ni hijo de Dios, para padecer de esa manera.
Aquella vez dejé pasar las tomas de mis pastillas y acabé hecho un despojo durante una semana entera.
—Eres un exagerado, Alfonso. En peores plazas hemos toreado —le susurra su compinche.
—Pues será que ya no tengo el mismo capote, amigo mío. Ni las mismas ganas de hacer el paseíllo. Hemos cortado tantas orejas y tantos rabos que no necesito más.
—Algo hemos de hacer.
—Vigilar, leñe. No le des más vueltas.
—A vigilar se ha dicho —indica don Emilio.
—Pues andando, que es gerundio —contesta don Alfonso. Se levanta con algo de esfuerzo, se coloca la chaqueta, la plancha con las manos, agarra su bastón y se van hacia la puerta.
Desde la cocina, Rosa los mira de reojo.
Ellos sienten el peso de esa mirada, taladrando sus nucas hasta hacerse molesta.
—Adiós, Rosa de mi alma —le dice don Alfonso—. Volveremos más tarde.
—Como el reflujo de una fritanga de feria —resuena desde la cocina, justo cuando ya han cruzado la puerta.
Al cabo de unos minutos, los dos amigos se han perdido entre el trasiego de personas que van y vienen por la parte antigua de la ciudad, camuflados entre el gentío, como solo ellos saben hacer.