El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

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Consulta de David

Lucía llega a la consulta de David. Ha intentado hablar con Quim para avisarle de que iba de camino, pero no ha obtenido respuesta.

Al entrar ve a Víctor sentado en la sala de espera.

Está serio. Más de lo habitual. Nunca ha sido un hombre especialmente hablador, pero siempre ha tenido una sonrisa para ella.

Esta vez no. Hoy no hay saludos ni gestos amables, solo rostros tensos y una mirada perdida.

—Buenos días, Lucía —le dice, a la vez que se levanta para acercarle una silla.

—Hola, Víctor, buenos días.

Lucía se sienta y observa hacia el pasillo. No ve ni a David ni a Mireia. No quiere pasar a la habitación sin que ellos lo sepan.

—Quim está dormido —susurra Víctor.

Lucía lo mira extrañada.

—Debe de estar cansado. He hablado con él hace un rato.

Víctor traga saliva. Se da cuenta de que David ya le ha contado cosas que ella todavía no conoce. Ahora ya no hay vuelta atrás. Conoce poco a Lucía, pero tiene claro que no va a parar hasta que suelte todo lo que sabe.

—Ha tenido una recaída. Creen que es una reacción a algo, pero no saben todavía qué es —le informa con la voz pausada, casi en un susurro—. Lleva dormido desde hace un rato.

Lucía nota en los ojos de ese hombre algo que no vio ni siquiera en los momentos de mayor estrés tras la vuelta de Quim con el niño, cuando los dos estaban medio muertos y tuvo que coordinar toda la operación de traslado.

—¿Qué le pasa? —pregunta con los ojos vidriosos.

—La última vez que hablé con David y con los especialistas a los que han llamado no lo sabían. —Mira su reloj y hace una cuenta mental—. De eso hace ya una hora.

Lucía se pone de pie sin pensarlo.

—Tranquila, Lucía, está en las mejores manos.

No lo escucha. Camina hacia el interior de la clínica. No sabe en qué habitación está Quim, pero seguro que en las del fondo, que son las más completas y donde se quedan los pacientes que permanecen en observación durante más de un día.

Al llegar a una de las puertas, la abre y entra.

Está vacía.

Camina hasta la de enfrente y la abre.

Nada más entrar ve a David junto a la cama. Está serio, cabizbajo. Tiene unas hojas en las manos. A su lado hay dos hombres más, ambos con batas blancas y cara de pocos amigos. Mireia y otra enfermera están a los pies de la cama.

Quim está dormido.

Blanco como el mármol.

Parece un cadáver.

Apenas respira, pero Lucía intuye a través de las sábanas un leve, casi imperceptible, movimiento que le arranca un suspiro de alivio temporal.

Mireia se la lleva de allí en volandas.

—Ahora no puedes estar aquí, Lucía. Lo siento. Debes esperar fuera, los doctores están analizando todas las pruebas que le han hecho para saber por qué Quim no se despierta.

Sin saber cómo, Lucía acaba sentada junto a Víctor de nuevo. Sus ojos no parpadean. Mireia le ha dicho muchas cosas mientras la arrastraba por el pasillo, pero solo recuerda una: Quim no se despierta.

Esa frase rebota en su cabeza como un eco molesto que no encuentra un hueco por el que perderse. La oye una y otra vez.

Se recuesta en la silla y suspira.

Le cuesta respirar.

El pecho le pesa demasiado.

Tiene un nudo en la garganta, como una piedra que le rasca hasta el fondo del alma. Sin darse cuenta, se gira, se apoya en el hombro de Víctor y comienza a llorar a lágrima viva.