El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 44
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Capítulo 44

Pasado

Plaza del Rey

Barcelona

La noche es fría y los alrededores del barrio Gótico están desiertos.

Las paredes de piedra rezuman una humedad que se desliza hasta los adoquines.

Las calles permanecen en penumbra, iluminadas apenas por algunas bombillas anaranjadas que, mezcladas con la neblina de la madrugada, envuelven el entorno en un aire tétrico digno de una película de suspense.

Una figura vestida de negro cruza la plaza Sant Jaume.

Sus pasos resuenan solitarios, y el eco se pierde entre las callejuelas.

A pesar del frío, el joven, que no supera los veinte años, solo lleva una fina chaqueta de corte militar.

Conoce las calles a la perfección, ya que ha vivido aquí al lado desde que nació.

Se llama Mario Mora, hijo de Jordi y Pilar, los dueños del bar que está junto a la plaza del Rey.

Mario siempre regresa a casa de madrugada.

Da igual que sea verano o invierno, los fines de semana vuelve a su casa cuando ya no queda ningún bar abierto.

Suele ir a antros de toda la vida, algunos regentados por vecinos de la zona.

Hoy ha hecho la misma ronda con sus amigos, pasando por el Musiqueta, l’Ovella y otros locales, hasta que el último los ha echado a la calle y ha cerrado sus puertas.

Antes de llegar a su portal, Mario nota un movimiento extraño al fondo, en la plaza. A veces se encuentra con parejas que buscan la oscuridad; otras, con gente que solo quiere ocultarse en las sombras para nada bueno. Esta vez es distinto. Parece que hay un hombre tirado en el suelo.

Se fija mejor y ve que tiene el brazo levantado.

Mario deja atrás la entrada de su casa y se acerca para averiguar qué ha pasado. Su estado tras las noches de fiesta no es que sea el idóneo para adivinarlo desde tan lejos. A decir verdad, la poca luz ambiente tampoco ayuda demasiado.

Cuando está a pocos metros de distancia escucha que el hombre tendido en el suelo lo llama.

—Mario… Ayúdame.

Es su hermano Félix.

Se acerca a él y se da cuenta de que está sangrando. Tiene la cara manchada y la ropa mojada de sangre.

—¡Félix! Joder, tío, ¿qué te ha pasado?

—Llévame a la tienda —susurra.

Apenas puede hablar.

—Te voy a llevar al médico, estás sangrando.

—¡Nanai de la China! A la tienda. Desde allí lo llamamos.

Mario no está como para discutir. Apenas puede arrastrar a su hermano hasta su negocio, una tienda que abrió el mismo año de las Olimpiadas, al poco de que lo dejara su mujer.

Una vez dentro, Félix hace un último esfuerzo para llamar por teléfono al médico.

—Llegará en diez minutos —balbucea al colgar.

Se sienta en una de las sillas que tiene en un rincón de la tienda. Jadeante. Su herida sigue sangrando, pero todavía se mantiene despierto, casi más que su hermano, que se ha ido directo a la máquina de café que tiene junto a la caja registradora.

Al cabo de un par de minutos, Mario se acerca y se sienta a su lado. Entre ellos hay una pequeña mesa redonda sobre la que Mario deja una botella de agua para Félix.

—¿Qué te ha pasado? —le pregunta—. Y, por cierto, ¿de qué coño vas vestido? —añade ahora que se da cuenta de la ropa extraña que lleva—. ¿Has ido a una fiesta de disfraces y no me has dicho nada?

—Me han atacado.

—Hombre, con esa pinta no me extraña. Yo no me pondría un disfraz de nazi ni aunque estuviera de oferta.

—Me han atacado para recuperar una cosa que yo les he robado primero.

Mario se lo queda mirando y niega con la cabeza. Ese gen pícaro y truhan que todos los Mora llevan de fábrica, juega con el destino un día sí y otro también. Su hermana Rosa es la única que se salva, al menos de momento.

—No entiendo por qué te vistes así para robar.

—Necesitaba entrar en un lugar lleno de nazis de verdad para llevarme algo que no les pertenece. Que no pueden tener.

Mario sigue sin entender nada.

Guarda silencio unos segundos eternos.

Su cabeza todavía está algo embotada y está viviendo ese instante entre una densa neblina de la que va saliendo, muy lentamente, gracias a la cafeína.

Félix se quita un viejo bolso de piel que lleva colgado a modo de bandolera y lo deja sobre su regazo. Lo abre y saca un objeto de su interior que deposita sobre la mesa.

Es un trapo viejo y sucio. Parece manchado de sangre.

Se acerca y lo desenvuelve.

Los colores rojo, blanco y negro del trapo van tomando forma a medida que queda estirado. Mario ve con claridad que se trata de una bandera nazi. En el centro de un círculo blanco destaca una esvástica negra. En el punto donde se cruzan sus aspas, un objeto lo observa impasible.

Mario no es un experto en Historia del Arte como su hermano, pero sabe lo que es porque él mismo le ha hablado sobre esa copa una y mil veces hasta el punto de aburrir. Ha visto numerosas fotos de esa reliquia en las decenas de libros que Félix le ha mostrado en más ocasiones de las que ha querido.

Ahora está ahí, a un metro, sobre la mesa.

Una antigüedad que pertenece más al mundo de las fábulas que al de la realidad. Una pieza sobre la que su hermano se hizo un experto hasta el punto de absorberlo por completo.

—Esto es…

La voz apenas sale de su boca.

—No sé si es la real, pero se la he quitado igualmente...

Félix sonríe con esfuerzo.

—Por si acaso… —añade. Después tose sin control.

Con una mano aprieta su costado derecho, por el que ha dejado de salir sangre, mientras con la otra envuelve la reliquia que tanto tiempo llevaba persiguiendo.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Dónde? —murmura Mario sin saber muy bien lo que quiere preguntar en realidad—. ¿Qué está pasando aquí, hermano? —quiere saber Mario, que intuye que hay mucho más de lo que le cuenta.

Félix tiene cara de cansado.

La verdad es que está derrotado, no solo por la pérdida de sangre y la aventura que acaba de vivir, cuyo agotamiento, estrés, dolor y ansiedad le llegan de golpe, como una ola gigante, en el momento que vuelve a su presente.

Hay más. Algo más profundo que lo va carcomiendo por dentro sin apenas darse cuenta. Una pena que no ha podido superar desde que su mujer lo abandonara de la noche a la mañana, sin dejar ni siquiera una nota.

De aquello hace ya tres años y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Por suerte, sus dos hijos le dan el empujón que necesita cada día para seguir adelante.

En ese instante Félix tiene ganas de contarle todo a su hermano. Necesita un hombro en el que apoyarse, alguien de confianza absoluta que le ayude a sobrellevar su agitada y extraña vida.

Sin apenas darse cuenta, Félix comienza a hablar.

Se abre de tal manera que le cuenta absolutamente todo sobre el don que le permite visitar lugares lejanos, desde el principio, no se deja nada y le explica todo lo que sabe sobre su especial y ancestral familia.