El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 43
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Capítulo 43

Edificio Vimley

La puerta se abre y una corriente de aire fresco entra en la habitación, donde el calor es cada vez más agobiante. Félix sabe que es de primero de interrogatorios subir la temperatura para angustiar al futuro interrogado.

Un hombre grande y corpulento entra en la sala.

Es uno de los que iban disfrazados de policía.

Tras él entra una mujer.

Félix la reconoce al instante. Es Ruth Leviym.

Ella también sabe quién es, por supuesto.

Mario no sabe de qué va el tema, pero calla.

—¿Qué quieres de nosotros? —pregunta Félix.

Ruth se acerca un poco más. No le tiene miedo a pesar de que no están esposados. Otro hombre, todavía más corpulento que el primero, entra en la sala.

Mario lo mira y se queda impresionado. Debe de medir casi dos metros y no pesará menos de ciento veinte kilos de puro músculo. Una bestia con cara de pocos amigos.

Félix intuye que esta vez no van a ser tan cordiales como la última, pero todavía no entiende por qué.

Todo aquello quedó zanjado. No tiene ninguna duda de que el rencor que siente esta gente hacia su familia será de por vida, pero deben aprender a vivir con ello porque ya no hay solución posible a lo que sucedió.

—Tu hijo vuelve a viajar en el tiempo —suelta Ruth de repente, sin preámbulos.

Mario abre mucho los ojos sin querer, pero sigue sin decir nada. Félix no reacciona. Lo acaba de pillar en fuera de juego. Prefiere quedarse callado unos segundos hasta que encuentra la respuesta más correcta.

—Todos perdimos nuestro poder. Ya lo sabes. Debemos vivir con ello.

—Tu hijo viajó al pasado ayer mismo —contesta ella.

Se aleja un par de pasos, mira al tipo enorme y asiente.

Este se acerca a Félix y sin mediar palabra le asesta un bofetón con la mano abierta que lo tira al suelo.

Como un resorte, Mario se levanta de su silla, salta en el aire y cae con los dos pies sobre la rodilla izquierda del tipo que acaba de pegar a su hermano.

Mario tiene la mecha muy corta, un pronto que jamás ha sabido controlar. Ni ha querido. Ese pico de adrenalina siempre le deja buen sabor de boca.

El crujido del hueso resuena por la sala, seguido de un alarido de dolor. La pierna del fortachón está doblada por el sitio incorrecto al que dicta la naturaleza humana, doloroso solo con verlo. Mario lo mira con una sonrisa.

Ruth retrocede asustada unos pasos hasta la puerta.

El otro gorila se lanza de cabeza contra Mario, como un toro a punto de embestir.

Félix lo ve desde el suelo. Tiene la cara roja, dolorida y algo abultada.

Todavía no está bien para levantarse, pero sí lo suficiente como para extender la pierna y ponerle la zancadilla al miura, haciendo que se tropiece y pierda el equilibrio.

Mario se aparta de su camino a tiempo para que el hombre embista con su cabeza la pared de la celda.

El golpe suena seco y deja una mancha de sangre en el muro de cemento.

El segundo guardia cae al suelo sin sentido, mientras los gritos de dolor del otro todavía se oyen en la sala.

Antes de que los dos hermanos puedan levantarse y salir, ya han entrado cuatro guardias más que se lían a dar golpes con sus porras extensibles.

Mario sabe pelear, aunque mucho menos que Félix que domina varias técnicas aprendidas durante sus viajes, pero los golpes que reciben son demasiado contundentes.

Entre las porras, también hay descargas eléctricas y alguna que otra patada.

Al cabo de un minuto ambos caen al suelo sin sentido.

Ruth deja la sala y camina unos pasos a la de al lado.

Espera delante de una puerta cerrada que tiene un letrero con el número 2 , paciente, hasta que sus hombres acaban de golpear a los hermanos Mora. Cuando lo creen conveniente, salen y los dejan encerrados de nuevo.

Tres de los guardias se llevan al gorila más grande a la enfermería. Todavía grita y solloza. Ruth sabe que no contará con él nunca más. Se ha dejado vencer más rápido que ningún otro, a pesar de lo enorme que es.

Uno de sus guardias abre la puerta de la sala 2 .

Al fondo, una mujer espera sentada.

Ruth entra. Hace mucho calor, pero le gusta.

Nadia Volkov está sudando y los mechones de su pelo negro se le pegan a la cara. No se mueve, pero estudia a la rubia que acaba de entrar de arriba abajo.

Ambas lo hacen.

Las dos saben que la otra es peligrosa.

Lo sienten.

—¿Qué hacías en la tienda de los Mora?

Nadia la mira unos segundos.

—Tengo un encargo que cumplir —susurra.

Ruth reconoce el acento, o lo intuye.

—¿De qué encargo se trata?

—Me pagan por conseguir cosas.

—¿Para qué te han pagado?

—Debo encontrar una caja.

—¿Qué contiene esa caja?

—Me pagan por encontrarla y llevarla hasta el punto acordado. No necesito saber qué contiene.

—¿Quién te ha contratado?

—Haces demasiadas preguntas.

—Te pagaré el doble si trabajas para mí.

Nadia la mira y en seguida huele el negocio. En su mundo todo se reduce al dinero, y da igual de qué mano venga.

—Págame el triple y me tendrás a tu servicio hasta que cerremos este tema —propone Nadia.

Ella tiene sus propios intereses en esta partida, unos que no va a dejar de lado porque es una profesional, pero, si puede añadir algo más a su cuenta bancaria, bienvenido sea.

Ruth la observa por unos segundos.

Ve en sus ojos el brillo frío de una serpiente venenosa, de esas que no avisan antes de morder. Pero a Ruth le fascina el peligro, disfruta jugando con fuego al filo de la navaja. Se mueve entre víboras con la elegancia de quien lleva toda la vida danzando entre colmillos afilados y venenosos.

—Está bien —contesta Ruth—. El triple. Ahora, cuéntame todo lo que quiero saber.

Nadia se pone en pie y recita una serie de números de memoria. Ruth escucha. Acto seguido, se gira para mirar a uno de sus hombres, que comienza a tomar nota.

—En cuanto vea un ingreso de trescientos mil euros en esa cuenta, empezaré a hablar.

Ruth se acerca a Nadia y se detiene a un metro.

Ambas son conscientes de que una de ellas es una asesina y que puede matar a la otra en menos de cinco segundos.

Y de que otra tiene tanto poder que no necesita saber pelear porque tiene a diez a su lado que lo harán por ella.

Ninguna tendría remordimientos por matar a la otra.

En el fondo las dos saben que una alianza temporal puede ser beneficiosa.

—Te espero en la sala de juntas.

No hay amenazas ni palabras vacías. Conocen el juego, las reglas y están dispuestas a jugar.

En la sala de al lado, los hermanos Mora comienzan a despertar. Las descargas los han dejado varios minutos sin sentido y el dolor que sufren en todo su cuerpo es a causa de los golpes propinados por los guardias de seguridad.

Félix se toca la cabeza y nota la sangre en su mano.

Busca a su hermano y lo ve recostado en el suelo.

Se incorpora. Lo mira. Hay sangre en su frente.

Algo le dice que esta vez no van a poder salir de allí con tanta facilidad.

No tiene ni idea de cómo ni por qué, pero esa loca rubia sabe que Quim vuelve a tener sus poderes.

Debe avisarle como sea porque si dan con él lo van a matar sin dudarlo ni un segundo.

Esta vez no van a dejar ningún cabo suelto.

—Pensaba que el tema de los viajes en el tiempo ya era cosa del pasado, hermanito —susurra Mario escupiendo sangre sin querer.