Capítulo 42
Consulta de David
Mientras espero a que el relojero se decida a descolgar su arcaico teléfono, no me puedo quitar de la mente al pobre chaval que me he traído del pasado.
Y en su desdichada madre. No me puedo ni imaginar lo que sufrió el día que su hijo desapareció ni los días, semanas, meses y años que pasó sin saber nada de él.
Eso ya ha sucedido, de eso no hay duda, pero si vuelvo al instante en el que saltamos y lo dejo de vuelta como si nada, esa tragedia nunca sucedería y esa mujer jamás sufriría semejante daño.
—¿Dígame? —contesta el relojero por fin.
—Don Alfonso, soy Quim. ¿Me ha llamado?
—Así es. Ha pasado algo —me dice.
Justo en ese instante escucho a través del teléfono la campana de la puerta de su relojería y una voz que reconozco al instante. Es Lucía. Ella no suele entrar en la relojería ni en la librería, sabe que sus sótanos son como calderos infernales en los que se cuecen turbios negocios a fuego lento.
—¡Ya estamos todos! —exclama el relojero.
Algo no me huele bien.
—Octavi, ¿este artilugio tiene megáfono para que todos podamos conferenciar a la vez? —pregunta el relojero. Espero que no se refiera a su teléfono, porque esa reliquia debe de tener los mismos años que su dueño.
—Eso no tiene ni teclas —se oye decir al librero de fondo.
—Quim, cuelga que te llamo desde mi móvil —indica Octavi antes de colgar el descolorido teléfono de la relojería. Diez segundos después, veo la llamada entrante.
—Dime.
—Estás en altavoz —avisa Octavi—. Ahora podéis hablar y escucharos todos.
Espero a que el relojero empiece a hablar, por algo él ha pedido esta extraña conferencia.
—Don Alfonso, diga algo, por favor —dice Lucía. Tiene menos paciencia que ninguno de nosotros, eso está claro.
—Quim, hijo, debo decirte que he presenciado una contienda un tanto extraña. Se ha producido en tu tienda, mientras tu padre y el bueno de tu tío Mario estaban dentro.
Hay un par de segundos de silencio.
—Puedes seguir hablando, Alfonso, que las palabras le llegan al instante —dice el librero. Me lo imagino negando con la cabeza.
—¿Te acuerdas de la mujer que entró la otra noche en tu negocio? La que venía buscando un no sé qué de un amigo y que a todos nos resultó la mar de sospechosa —expone el relojero, midiendo sus palabras para que calen hondo.
—Sí, claro que me acuerdo —oigo decir a Lucía.
—Sí, sí —contesto yo—. ¿Qué ha pasado?
—Algo muy insólito. Os explico...
Otro par de segundos más.
Estoy empezando a ponerme nervioso.
—Don Alfonso, por favor, vaya al grano que me va a dar algo con tanta pausa.
Lucía está bastante nerviosa y no es para menos. Sin darme cuenta yo estoy sentado en la cama, tenso.
—Estaba mirando a la calle, desde dentro de mi local, no en plan como las viejas de Radio Patio que se bajan hasta la silla de su casa, solo estaba pensando en mis asuntos y he visto una furgoneta de los Mossos d’Esquadra detenida frente a tu tienda.
—¿Cómo? —pregunto sin darme cuenta.
—Como lo oyes, Quimet —hace una pausa para que entienda la situación o para aclararse antes de hablar—. He esperado un tiempo prudente antes de salir, ya sabes que el trato con las autoridades me da reflujo y urticaria. Y menos mal, zagal, menos mal.
—¿Por qué? —quiere saber Lucía.
—Cuatro supuestos policías de los de asalto, de esos que van de negro de arriba abajo y no pierden el tiempo en charlas insustanciales, han sacado en volandas a tu padre, a Mario, a la tipeja sospechosa y a otro que no he logrado reconocer.
—¿Qué quiere decir «supuestos»? —mis ojos se abren a más no poder. Noto como un calor inusual me sube por la espalda.
—¿Qué quiere decir «en volandas»? —pregunta Lucía.
—Pues eso, supuestos, aparentes, pretendidos, posibles, pero sin duda alguna, falsos.
—Hace una pausa, me lo imagino acariciándose la perilla—.
Y con volandas me refiero a que dos de ellos sacaban a uno de los otros como si estuvieran jugando al sillón de la reina, porque iban dormidos.
Los han ido metiendo en la lechera uno a uno.
—¿Qué habla del sillón de la reina? —pregunta Lucía.
—Mientras uno te agarra de los brazos el otro de las piernas, hija mía, más claro el agua —protesta el relojero.
—Dice Alfonso que le pareció ver a dos de los policías con heridas y debe de ser verdad, porque en la tienda hemos podido ver un reguero de sangre —añade el librero.
—¿Sangre en mi tienda? —pregunto alarmado.
—Así es —responde el librero.
—Entonces, a ver, que yo me aclare —intento poner en orden lo que me ha contado—. Mi padre y Mario estaban dentro de la tienda con esa mujer y otro hombre.
—Eso mismo he narrado —contesta el relojero.
—Y han llegado cuatro tipos más y se los han llevado.
—Me he explicado fantásticamente bien —vuelve a decir Alfonso.
—Voy a llamar a Laura ahora mismo —escucho que dice Lucía. Es una muy buena idea.
Laura es amiga nuestra y es policía. Además de medio novia, rollo o como quieras llamarlo de mi tío Mario. Seguro que ella nos puede decir si ha habido alguna operación.
—Quim —oigo decir al relojero—, eso no es todo.
Uno de los falsos agentes de la autoridad era el tipo que estaba en la guarida de la Diagonal, estoy hablando de la oficina de la empresa que regenta tu némesis —hace una pausa larga para que digiera sus palabras, porque sabe que esto no me lo esperaba en absoluto—.
El mismo tipejo que nos encerró a tu padre, a Emilio y a mí para usarnos como moneda de cambio para obtener aquel artefacto que tanto ansiaban.
Te puedo jurar que era él. Por esta circunstancia estoy tan seguro de que no eran policías.
Una bofetada de calor me invade de repente.
—Octavi —digo con la voz cortada.
—Dime.
—Busca el móvil de mi padre y el de mi tío, por favor. A ver si podemos saber dónde los han llevado.
—Estoy en ello mientras habláis —contesta como si nada. Este chaval vale su peso en oro. Estoy seguro de que no tardará ni un minuto en saber dónde están.
Durante un instante todos se quedan callados.
—No entiendo por qué los han raptado —les digo.
—Nosotros tampoco —contesta el librero—. Lo hemos hablado antes. Pensábamos que con esa mala gente ya estaba el tema cerrado y bien atado.
—Eso mismo pensaba yo. Pero es que aquí se han juntado dos temas —les cuento, para ponerlos al día—. La tipa esa de la otra noche que anda buscando una cosa y los ladrones de mentes que deben de ir tras otra muy distinta.
—Quizá solo ha sido un cruce de caminos accidental.
La opinión del relojero no es mala del todo. A veces el destino mueve su varita mágica y te sorprende como menos te lo esperas. Pocas veces para bien, he de decir.
—Están en el edificio de la empresa Vimley —anuncia Octavi, que ya sabe de qué va el tema. Más o menos. No conoce toda mi verdad, pero tampoco pregunta. Si se enterara tampoco pasaría nada, es como de la familia.
—¡Lo sabía! —exclama el relojero—. Esas ratas malditas no mueren ni con el mejor de los venenos. Hay que prenderles fuego y vigilar que no salten de las llamas, porque seguro que sobreviven.
—No sé qué decirte, Quimet —oigo decir al librero.
La campanilla de la puerta suena de nuevo.
—Laura me ha confirmado que no ha habido ninguna operación de la policía —informa Lucía—, pero sí que han robado una de sus furgonetas del depósito esta misma mañana.
—Pues vamos bien, ya ni la policía se libra —murmura el relojero. Como si él nunca hubiera jugado con ellos al gato y el ratón. Aun así, se le nota más preocupado de lo normal y no es para menos.
—Quédate tranquilo, Quim. Nosotros nos ocuparemos de esto —me dice el librero.
No lo dudo, pero no quiero que corran peligro.
—Volveré lo antes posible, hasta entonces no os metáis en líos, solo vigilad desde fuera, con eso será suficiente. No me gustaría que os volvieran a encerrar —les digo a la vez que otra ola de calor me invade desde los pies hasta la cabeza.
Algo va mal. Lo noto.
Cuelgo la llamada sin despedirme porque una extraña sensación me revuelve el estómago. Me agacho a tiempo de coger una bolsa que hay sobre la mesa y vomitar dentro como si no hubiera un mañana. Es solo líquido.
Qué ascazo, por favor.
Otro vómito más.
El calor me envuelve hasta hacerse muy molesto.
Me destapo. Busco el aparato ese del botón rojo.
Nunca le he hecho mucho caso a Mireia cuando me dice que lo pulse si necesito algo. Ahora quiero apretarlo hasta que se desgaste, pero no lo encuentro.
Meto la mano bajo la manta y lo noto.
Cuando lo saco de debajo de las sábanas, mi vista está completamente nublada. No veo nada, todo se ha vuelto negro, pero siento como mi dedo pulsa el botón un segundo antes de perder el conocimiento.