El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 41
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Capítulo 41

Relojería de don Alfonso

Don Alfonso y su amigo de mil batallas, don Emilio, salen de la librería mirando hacia todos los rincones posibles de la calle.

Por suerte está vacía y no hay nadie que los vea caminando como si fueran dos ladrones que huyen sin querer ser vistos.

Don Alfonso camina apoyado en su bastón, mirando a izquierda y derecha.

Don Emilio va pegado a la pared, como si temiera que un tiesto fuera a caer de un balcón de un momento a otro.

Ambos controlan cada paso como si los adoquines de la calle escondieran minas antipersonas.

Pasan por delante de la tienda de Mario y del bar de Rosa sin mirar adentro. Están demasiado concentrados en llegar a la tienda de Quim y Félix.

—Alfonso, ¿estás seguro de lo que has visto? —le pregunta su amigo, que no se ha convencido demasiado de la escena que le ha contado—. Tu vista ya no es lo que era.

—No me toques lo que no suena, Emilio, que ya tengo bastante con las sandeces del médico de cabecera.

—Se detiene, se gira y lo mira muy serio—.

Si te digo que he presenciado un secuestro, es que lo he visto, palabra de caballero.

Así que deja de tratarme como a un viejo chocho, que uno será mayor, pero no memo.

—No digo que estés mayor, solo un poco cegatón.

—¡Vete a freír espárragos! —exclama apoyándose en el bastón con una ceja alzada—. Que veo mejor que un gato de noche, así que deja de decir mamarrachadas y camina como Dios manda, no como si temieras que el mismísimo san Pedro te fuera a lanzar un rayo en cualquier momento.

A los pocos segundos llegan a la puerta de la tienda de sus vecinos y buenos amigos. La persiana de la calle está levantada, pero la puerta de la tienda está cerrada a cal y canto.

Don Alfonso se asoma al cristal.

—¡Mira! ¿Ves cómo tenía razón? —protesta muy serio.

Don Emilio también lo ve.

En el suelo hay un rastro de sangre que va hacia la calle.

—Era ese tipo, Emilio, hazme caso.

—¿Estás seguro? No quiero empezar una guerra con esa gente a no ser que estés cien por cien convencido.

—Lo estoy mil por mil. Esos facinerosos han vuelto a las andadas, y ya os lo dije —protesta con tono grave—. No es de mi agrado repetirme como los ajos, pero la verdad no se debe callar. Hay que acabar con las ratas, porque si las dejas medio vivas, se revuelven y al final te atacan sin avisar.

Don Alfonso intenta abrir una y otra vez la puerta de la tienda, pero no lo consigue.

—Vamos a hablar con Octavi, seguro que puede ver dónde están Félix y Mario a través de sus móviles —apunta don Emilio.

Don Alfonso asiente, serio.

—Si han vuelto para fastidiarnos, no les voy a dar tregua, Emilio. Y no me toques la flauta con los derechos humanos ni hostias que, en este caso concreto, me los paso por el arco del triunfo —le suelta a su amigo. Camina con paso decidido y algo más rápido de lo normal—. Avisado quedas.

En cuanto Octavi entra en la relojería sabe que algo no anda bien. Su jefe y su amigo tienen ese gesto mustio de cuando la situación les preocupa de verdad.

—Voy a llamar a Quim. Debe saber lo que ha pasado.

Don Alfonso abre un cajón, saca una libreta, busca por la letra correspondiente y marca el número apuntado. Espera varios tonos y cuelga.

—No contesta.

—Déjale un mensaje —opina Emilio.

—Los mensajes los carga el diablo. Si no que se lo pregunten al pobre Román, que llamó a su mujer porque llegaba tarde del trabajo y con eso la científica lo situó, como quien no quiere la cosa, en la joyería donde estaba operando.

Don Emilio asiente al recordar a su amigo del barrio.

—¿Qué será de él? Le cayeron ocho años, creo recordar.

—Ni idea, pero nos enseñó una gran lección.

—Los mensajes los carga el diablo —repite don Emilio.

Don Alfonso marca de nuevo.

Todavía tiene un teléfono de rueda y el hecho de llamar toma un tiempo extra.

—Nada. Debe de estar en conferencia amorosa con Lucía.

—Lucía estaba en el bar —dice Octavi, que la acaba de ver hace un minuto, mientras tomaba un café.

Don Alfonso asiente. Lo sabe. También la ha visto antes.

—Ve a buscarla y dile que venga un momento, pero no le adviertas de que es urgente. No quiero asustarla más de lo que se va a asustar en cuanto se entere de lo sucedido.

En ese instante suena el teléfono, tan alto que a don Emilio casi le da un tabardillo.