El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

Consulta de David

Cuando Lucía se queda callada al teléfono es que algo pasa. Normalmente no tengo ni idea de por dónde van los tiros, pero hoy soy consciente del problema. Problema no, problemón. Hay un elefante rosa en la habitación y alguien tiene que señalarlo y decir que está ahí.

—¿Cómo estás? —me pregunta.

Bueno, veo que prefiere empezar bien.

—Mejor, gracias. Sigo algo magullado y cansado, pero al menos estoy consciente.

No quiero dar pena, pero es cierto. Quizá si me ve enfermo e indefenso no me cae la bronca del siglo.

—Normal, tienes un brazo y dos costillas rotas. Vas a tener que estar en reposo un tiempo. Supongo que nada de viajes hasta nuevo aviso.

Esas palabras me duelen más que las costillas al toser.

—¿Por qué no me dijiste nada? —pregunta.

—No quería ponerte en peligro —le digo. Es cierto como la vida misma.

—Me lo podías haber dicho y hubiera quedado entre tú y yo. Nadie más lo hubiera sabido.

También tiene razón.

Pero sé cómo hubiera acabado, con ella de paquete en cada viaje. Y no sé cómo decirle que llevármela al pasado conmigo no es como ir de vacaciones. Que lo paso mal. Porque no es que yo la lleve donde quiera, un lugar seguro y sin peligros, es que la tía se querría venir conmigo a todos los viajes.

—Lo siento —acabo por decirle.

No le voy a contar lo que pienso porque algo me dice que la voy a cagar todavía más. Ya tocaremos ese tema en otro momento.

—¿Qué puedo hacer para compensarte?

No sé si eso servirá de algo.

—Vas a tener que currártelo mucho, chaval.

Bueno, algo es algo.

—Ya puedes ir pensando en una muy buena disculpa. Algo que me sorprenda de tal manera que haga que se me olvide el dolor que siento por esa falta de confianza.

—Me podrías dar una pista —le digo sin pensar.

—De eso nada. ¿Cómo está el niño que te trajiste como recuerdo de tu viaje? —pregunta con ironía.

—Mal. Tiene fiebre y no le baja.

—Ay, pobre…

Lucía se preocupa por todo el mundo, aunque esté enfadada. Tiene un corazón de enorme.

—Está con antibióticos y le han puesto oxígeno. Espero no haberle pegado nada.

—¿De qué época es? Tu padre no supo decírmelo con claridad.

—No lo sé seguro, pero creo que del año 600 antes de Cristo. De la zona de Cabezo de San Pedro.

—¿Es de Tartessos? ¡Madre del amor hermoso!

Ya se le ha pasado el enfado, lo sabré yo.

—Ahora mismo tengo una visita guiada, pero en cuanto acabe voy para allá y me cuentas todo lo que viste.

—Me parece bien. De verdad que lo siento, Lucía. No sabía cómo decírtelo ni si era bueno que lo supieras.

Ha sonado sincero porque así es.

—Luego hablamos —dice antes colgar.

Creo que tampoco ha ido tan mal, pero como tengo menos tacto que el doctor House, no sé muy bien qué pensar.

Miro mi móvil y veo una llamada perdida del relojero.

La ha hecho desde su tienda, porque él no tiene móvil. Ni viejo ni nuevo, no quiere esas moderneces, como dice él.

Voy a llamarle porque este hombre solo marca el teléfono cuando tiene entre manos algo importante de verdad.