Capítulo 39
Bar de Rosa
Lucía disfruta de un momento de paz antes de empezar a trabajar. Está sola en el bar, ordenando su mente. Félix y Mario están en la tienda de Quim y don Alfonso y don Emilio estarán en sus cosas. No quiere ni imaginar en qué chanchullos andarán metidos estos dos. Prefiere no pensarlo.
—¡Niña! ¿Qué te come por dentro? —pregunta Rosa, sacándola de sus pensamientos.
Lucía la mira, pensativa.
—Nada, Rosa, nada en especial. Solo estoy un poco cansada. Eso es todo.
—Yo sé cuándo estás cansada, te conozco como si te hubiera parido —le contesta—. Es por Quim, ¿no? Debes tener paciencia con mi sobrino. Es un trozo de pan, pero de pan duro, como su cabezota.
Lucía sonríe.
—Estoy segura de que nunca te fallará, al menos a propósito; otra cosa es que, como es tan lerdo, lo haga sin darse cuenta. Pero tú tienes que ponerlo en su sitio.
Lucía la escucha con atención. Ve que su amiga se está envalentonando. El trapo que limpia la barra empieza a girar a más revoluciones con cada frase.
—Él nunca ha estado con nadie de verdad, con ninguna novia seria, quiero decir, tú ya me entiendes —aclara Rosa mientras recoge unos vasos y los deja en la pica—.
Siempre has sido su amor platónico. Ya te lo decía yo.
¿Te acuerdas? Estaba claro como el agua que este mendrugo perdía la cabeza cada vez que estabas cerca, pero está más verde que un pepino.
Por eso debes manejarlo como a un cachorrillo asustado, poco a poco, y enseñarle cuatro cosas para que pase de ser un atontao descerebrao a un hombre hecho y derecho.
—Ya lo sé, Rosa.
—Pero te digo yo que en el fondo tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Que vale la pena. Si no fuera así —la mira muy seria—, sería la primera que lo correría a porrazos con el rodillo.
Lucía sonríe.
Esta mujer saca lo mejor de ella cada día.
—Te dejo que el cocido no se va a hacer solo.
Dicho esto, se pierde en la cocina.
Lucía mira el reloj de su móvil. Tiene una visita guiada para un grupo de estudiantes de Historia en quince minutos. Hoy no le apetece en absoluto, pero debe cumplir con su obligación.
Decide aprovechar ese momento para llamar a Quim.
—¿Diga? —contesta Quim.