Capítulo 38
Consulta David
Mireia acaba de entrar para comprobar de nuevo mi temperatura y alguna cosa más. Una vez que se cerciora de que todo está como debe estar, me guiña un ojo y se marcha. Lucía vuelve a mi cabeza y con ella unos ojos acusadores que me miran esperando una explicación.
David entra por la puerta.
—¿Qué tal esas costillas? —me pregunta.
—Mientras no respire, bien.
—Has de tener paciencia. No queda otra.
—¿Y el chaval? ¿Cómo va? —quiero saber.
—La fiebre sigue subiendo y cada vez tiene más tos y dificultad para respirar. ¿De dónde es? —pregunta.
—Del norte de África. De un poblado perdido en el desierto —miento vilmente—. ¿Está muy grave?
—No está bien —responde serio—. Le hemos puesto antibióticos y está oxigenado. Ahora depende de su cuerpo. Es algo vírico, quizá nuevo para él. Extraño pero probable, si ha vivido desconectado del mundo moderno —añade, más para sí mismo que para mí.
No digo nada, pero me cuadra.
Aprovechando que está aquí, me voy a quitar una duda de encima. No sea que lo que hoy ha sido un aviso se convierta en una cagada en el próximo salto que haga.
—El otro día discutía con un amigo escritor sobre un tema del que quizá tú tengas la respuesta —le digo como quien no quiere la cosa.
Se me queda mirando, curioso.
—Tú dirás...
—Estábamos hablando del efecto que podría tener si su protagonista, un tipo que viaja en el tiempo, visitara el pasado y llevara hasta allí un virus moderno.
—¿Un viajero del tiempo? Eso está muy trillado ya.
—Sí, pero a la gente le gusta.
Se encoge de hombros.
—¿De qué virus hablamos?
—No sé… La gripe común. ¿Qué pasaría si alguien con gripe viajara a una época pasada en la que la enfermedad aún no existía?
Me mira curioso. Noto que sabe que mi pregunta tiene más miga de lo que parece.
—No es sencillo de predecir —dice al fin—. Dependería de muchos factores. ¿Dónde viven? ¿Grupos grandes? ¿Poblados aislados?
—Barcelona, seis siglos antes de Cristo —le digo, para que tenga un ejemplo parecido. No le digo Huelva no sea que mañana se despierte el chaval y le diga que es de allí y la caguemos. No creo que suceda, pero no me arriesgaré.
Se sienta en la silla junto a la cama, pensativo.
—Veamos… para empezar, te diría que el virus se propagaría con enorme rapidez porque esa población nunca ha estado expuesta a la gripe moderna.
La tasa de contagio sería altísima. La letalidad también, porque sus sistemas inmunes no tendrían memoria ni vacunas.
Eso sin contar que la atención médica del momento no era la mejor.
Un escalofrío me recorre la espalda y me hace sudar al darme cuenta de que he estado jugando con la vida de mucha gente sin ser consciente.
—Los síntomas serían devastadores —continúa—. Fiebre, tos, neumonías… y sin antibióticos ni oxígeno, muchos morirían sin remedio.
Me mira de nuevo. Creo que está atando cabos entre lo que le pasa al chaval y lo que le estoy preguntando. O quizá solo es mi mente jugándome una mala pasada.
—Por otro lado —añade—, si hay algo bueno, es que lo más probable sería que el virus se extinguiera localmente.
Sin transporte moderno ni grandes movimientos de población, el contagio no llegaría muy lejos.
En semanas o meses, el brote mataría o inmunizaría a casi toda la comunidad.
Sin nuevos huéspedes, digamos que se apagaría solo.
Vamos, que, si alguna vez he viajado con gripe o algo peor, he podido dejar un rastro de muerte como el que afectó a los indígenas del Nuevo Mundo. Quizá, cuando vuelva a dejar al chaval puedo llevarme unas vacunas, por si acaso.
—¿Y si ese viajero del tiempo llevara vacunas y se las pusiera a los infectados? —le suelto sin pensar.
David me lanza esa mirada suya.
Piensa durante unos segundos.
En el fondo le divierte el juego; le estoy poniendo a prueba.
—Partiendo de la base de que tendría que viajar con una nevera para conservarlas —empieza a decir con ironía—, no tengo nada claro si funcionaría. Todo depende de si el sistema inmune de la gente del pasado difiere mucho del nuestro.
—Vamos, que no lo sabes con seguridad.
David me mira.
—No sin una muestra que estudiar. Lo que está claro es que si ese viajero se dedica a poner vacunas que curan enfermedades sería recordado casi como un dios —remata, mientras revisa el suero que me alimenta desde ayer—.
No olvides decirle a tu colega que me ponga en los agradecimientos y me regale un ejemplar para mi extensa colección de libros, ya sabes que soy un lector compulsivo.
Asiento y sonrío como si no estuviera preocupado.
Camina hacia la puerta.
—Te mantendré informado sobre la evolución de Juan. Está en buenas manos, no te preocupes.
Cuando me quedo solo, la culpa me cae encima como una losa pesada.
Debería haberlo pensado antes. Ha pasado muchas veces en la historia, pero yo nunca caí en la cuenta.
Sin duda, tomo nota. Esto no volverá a suceder.
Antes de cada salto, me haré una prueba de esas que te dice hasta si tienes un resfriado común.
Mi teléfono vibra.
Lucía me está llamando.
Miro la pantalla unos segundos.
—¿Diga? —respondo.
Al instante siento un sudor frío que me recorre la espalda, preludio de una tormenta que tendré que capear tarde o temprano.