El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

Tienda de Quim

Pasa un minuto de la hora establecida para abrir la tienda, según el cartel colgado en la puerta, aunque todos los clientes saben que esa hora es orientativa porque la mitad de las veces que se pasan por allí, la tienda está cerrada.

En ese caso, van al bar de Rosa, donde siempre encuentran al dependiente; ahora Félix, antes Quim. Esa costumbre no ha cambiado.

Félix entra en la tienda acompañado de su hermano Mario.

—Hacía mucho que no te veía fuera de tu antro. Ya era hora de que te diera un poco el sol, tronco —dice Félix sin bromear, al ver lo pálido que está.

—Ya lo sé. Cuando me obsesiono con algo, ya sabes cómo soy. Estoy un poco saturado. Cuanto menos trabajo tiene la gente, más tengo yo. Es una putada, pero así es la realidad.

Mario es abierto, simpático y casi siempre de buen humor.

Excepto cuando algún cliente le toca las narices, ahí aparece un lado oscuro, muy oscuro.

Es diez años más joven que Félix y dos menos que Rosa.

Un tipo corriente de ojos claros, moreno, pelo corto y barba de unos días.

Suele pasarse el día entero dentro de su tienda, que está junto al bar de su hermana Rosa.

De hecho, Félix sospecha que a veces duerme dentro en lugar de subir a su apartamento, que está justo encima del local.

Mario tiene una tienda de empeños donde vende y compra absolutamente de todo.

En sus estanterías puedes encontrar lo más insólito que te puedas imaginar.

Aunque lo que de verdad le apasiona es estar en su sótano, trapichear con objetos importantes, no con las baratijas que expone en los escaparates.

De vez en cuando colabora con Félix y con Quim para verificar piezas antes de comprarlas, y con don Emilio cuando se trata de libros antiguos.

—Voy a cerrar la parte de empeños —le dice a su hermano.

Félix lo mira mientras enciende las luces.

—Pero si es la parte más rentable.

Mario asiente y se deja caer en una silla.

—Lo sé, pero ya no tengo espacio. Acabo de contratar a un ayudante más porque tengo el almacén a punto de reventar. Estos meses no he parado de prestar dinero por cosas que no sé si podré vender algún día. Y no quiero tirar nada. Ya sabes cómo soy.

—Un poco Diógenes, eso es lo que eres —responde Félix mientras limpia el mostrador con limpiacristales—. Llévalas al puesto de Glòries.

Mario tiene una parada en Els Encants de Glòries, un lugar donde se puede encontrar cualquier cosa nueva, de segunda mano y de quinta.

—Allí ya no cabe ni un alfiler. Además, no es solo por el espacio, es que ya estoy harto de ver gente suplicando por unos míseros euros más por sus cacharros. Me dan mucha pena, y no quiero seguir con eso.

Mario se sienta en una de las sillas y recorre con la mirada la tienda ordenada de Félix. Siente una punzada de envidia por la calma que allí se respira.

—Quiero algo así, un sitio donde se pueda caminar y mirar con tranquilidad, sin tropezar con los cacharros.

—A ver, Mario, que siempre has sido un poco desastre para eso —le reprocha Félix, sonriendo—. Tu cuarto ya era un full de Estambul cuando éramos niños.

Mario asiente. Sonríe. Sabe que tiene razón.

—Contrata a alguien que te haga inventario y limpieza. Lo que no sirva, a la basura o lo vendes casi regalado.

—Ya lo he hecho. Octavi me trajo a su novio y ya lo puse a currar. Le dije que no tenga piedad y lo que no sirva, fuera.

—Por eso has salido de la tienda —ríe Félix.

—Ojos que no ven, corazón que no siente.

La puerta del local se abre.

Entran dos personas. Un hombre y una mujer.

La cara de Félix cambia de inmediato.

Mario se da cuenta enseguida. Se conocen demasiado bien.

La mujer avanza unos pasos hasta el mostrador y se detiene ante Félix. Su acompañante se queda atrás, observando al otro hermano, que desde su asiento le sostiene la mirada, intensa, firme.

—¿Te acuerdas de mí? —pregunta Nadia, con voz seria.

—Por supuesto —responde Félix.

Mario siente un mal presentimiento. Lo sabe en su interior, como algo instintivo, una alarma que todos los Mora llevan dentro desde siempre.

—El viernes me dijiste que nadie te había entregado nada y ambos sabemos que es mentira —susurra con los dientes apretados—. No tengo tiempo para juegos.

Está mosqueada porque le acaban de confirmar que en el laboratorio no había ninguna daga como la que buscaba. Le ha perdido la pista y eso la irrita muchísimo. No está dispuesta a más tonterías ni engaños.

Mario se pone en pie y el acompañante de Nadia se tensa.

Hace ademán de acercarse, pero no es necesario, Mario se acerca a él con calma, hasta quedar a dos metros de distancia. Uno frente a otro. Con la mirada fija, dándole la espalda a su hermano y a la mujer.

—Quiero lo que te dejó ese tipo —ordena Nadia.

Saca un arma de la chaqueta y la deja sobre el mostrador, sin soltarla. Su dedo está en el gatillo. El cañón apunta a Félix.

Silencio.

El aire se vuelve pesado, espeso.

Antes de que Félix pueda responder, Mario se lanza y le asesta una patada en el pecho al hombre que tiene delante, que ni lo ve venir ni se lo esperaba. Su cuerpo sale disparado contra la pared, su cabeza golpea contra ella y cae de bruces.

Nadia gira la cabeza al oír el golpe, instante en el que Félix se aparta de la línea del cañón y agarra la pistola con ambas manos. Forcejean. El arma resbala sobre el mostrador y cae al suelo, del lado de Félix.

Antes de que pueda agacharse a recogerla, Nadia salta sobre el mostrador y le lanza una patada al costado. Félix cae de lado, jadeando.

Mario no deja que el otro se levante. Le golpea una y otra vez, hasta asegurarse de que queda inconsciente. Luego corre hacia su hermano. Ve a Nadia de pie con el arma en la mano, apuntando. Félix está frente a ella. Mario se detiene. Sabe que no puede hacer nada antes de que apriete el gatillo.

El timbre de la puerta suena.

Cuatro hombres irrumpen corriendo.

Visten de negro, con capuchas y chalecos antibalas.

Nadia les dispara sin pensarlo. Uno de ellos cae.

Dispara otra vez. Y otra, hasta vaciar el cargador.

Mario se lanza al suelo sin entender qué está pasando.

Félix tampoco comprende la situación, pero no tarda en salir gateando hasta esconderse tras el mostrador.

Uno de los hombres dispara a Nadia con una pistola eléctrica. La mujer cae casi sin sentido entre espasmos.

Félix apenas tiene tiempo de levantar la cabeza antes de sentir el mismo impacto. Mario acaba de incorporarse cuando nota cómo su cuerpo se paraliza y todo se oscurece.

Fuera, una furgoneta con el logotipo de los Mossos d’Esquadra se detiene frente a la tienda. Se abre una puerta lateral. Con la precisión de una orquesta bien sincronizada, los hombres cargan los cuerpos, cuatro en total. Están inconscientes, no muertos.

Los dos heridos por Nadia salen tambaleándose, dejando un rastro de sangre en la tienda a pesar de llevar chaleco. Segundos después, la furgoneta desaparece del barrio y se pierde entre el tráfico de la ciudad.

Desde la relojería, don Alfonso observa por el escaparate como los policías se llevan a cuatro individuos. Es perro viejo. Sabe que debe quedarse a cubierto hasta que pase la tormenta; poco puede hacer contra la fuerza bruta. Es consciente de sus límites, y eso demuestra cuán inteligente es.

No duda de que Félix es uno de los secuestrados. Mario, otro. Cree distinguir a la mujer que vio en la tienda la otra noche, pero no está seguro del todo.

Al que sí ha reconocido es al sabueso que lo retuvo durante horas en una sala cerrada. De eso hace ya algunos meses, pero la cara del que fue su carcelero no la olvidará jamás.

Cuando la calle queda desierta, sale de su tienda y entra en la de al lado. El olor a papel viejo y tinta seca le da la bienvenida. Le pica la nariz y la garganta, como siempre que entra a la librería de su amigo. Al fondo del local, entre montañas de libros polvorientos, don Emilio lo observa.

—Desde que te has jubilado no sabes qué hacer —bromea.

Su amigo se le acerca, serio, con el ceño fruncido.

—Emilio —dice en voz baja—, tenemos un problema. Y de los grandes.