El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

Consulta de David

En cuanto abro los ojos me doy cuenta de dónde estoy. No tengo ni pajolera idea de cómo he llegado hasta aquí, pero reconozco el lugar a la perfección. Lo último que recuerdo es llamar a Víctor. Estoy seguro de que me ha vuelto a salvar la vida otra vez.

Un escalofrío recorre mi cuerpo y me estremece. No tiene nada que ver con mi sexto sentido ni con la temperatura ambiente, ha sido un espasmo al recordar que mi padre y Lucía también estaban allí. Lo que significa que ella sabe que puedo viajar de nuevo.

Me quedo un rato mirando al techo.

He de confesar que estoy un poco acojonado.

No por lo que me haya pasado ni lo que pueda tener roto, no, tengo miedo solo de pensar en qué decir cuando vea a Lucía.

Me va a caer la del pulpo, no me cabe la menor duda.

Creo que voy a decirle a David que me duerma y que no me despierte hasta que se le haya pasado el cabreo.

La puerta de la habitación se abre.

David entra, sonriente. Hoy lleva puesta la bata blanca, eso quiere decir que ha estado pasando consulta; de lo contrario no la llevaría.

—¡Buenos días! Cuando era joven leí un libro llamado El Señor de las Moscas . ¿Lo conoces?

Niego con la cabeza.

—Muy bueno. Si quieres luego te lo bajo; lo tengo en mi librería, en una vieja edición de El Círculo de Lectores, si no recuerdo mal.

David tiene una biblioteca privada en el piso de arriba de la consulta. Ya la querría cualquier museo. Es un adicto a la lectura y a coleccionar ejemplares únicos y muy viejos. Yo le he conseguido más de uno; me ha costado sudor y lágrimas traer algunos de una pieza.

Sonríe mientras habla, pero sus ojos dicen otra cosa: quiere saber más. Como siempre.

—¿Es un libro entretenido? —le pregunto.

—Mucho. Pero no tanto como ser tu médico. Tú sí que eres una caja de sorpresas. —Hace una pausa, divertido—. Te voy a llamar El Señor de los Venenos . ¿Qué te parece?

Yo asiento sin decir nada.

—Otra vez llegas hecho un cromo y, de nuevo, la causa principal es un veneno. Aunque esta vez no ha sido acónito, menos mal, ha sido más fácil de combatir que en ocasiones anteriores. Este solo era de serpiente.

Hace unas comillas con los dedos al decir «solo».

—No recuerdo nada —le digo con la voz pastosa. Me incorporo y bebo de una botella de agua que alguien ha dejado sobre la mesa que tengo al lado—. ¿Estaba Lucía?

David sonríe de nuevo.

—Ya lo creo, amigo mío —contesta mientras comprueba mi tensión—. Lucía, tu padre, Víctor y el chaval ese del que todavía no hemos logrado saber qué idioma habla.

Yo lo miro sin comprender.

De repente, los últimos segundos de mi paseo por el pasado llegan a mi memoria. El chaval al que hirieron, el que me salvó de un espadazo. Creo que me lo lleve de allí.

—¿Cómo está? —quiero saber, aunque no tengo la certeza de que sea el mismo niño. Pero si no, ¿quién puede ser?

—¿Juan? Estaba bien hasta hace una hora. Ha tenido un poco de fiebre. Lo estamos cuidando, no te preocupes.

No creo ni por un segundo que se llame Juan ni que él lo haya dicho. Esto es cosa de Víctor, sin duda.

—¿Tiene fiebre?

—Sí, pero poca. La herida que presentaba en el hombro está curando muy bien —me informa David—. Por cierto, tus constantes son buenas. En cuanto estés un poco más fuerte ya puedes irte. Aunque yo esperaría al menos hasta la noche, por si acaso.

Pienso durante unos segundos.

Si el chaval tiene fiebre igual es que ha pillado un virus que en aquella época no existía.

—¿Podrías hacerle una prueba más completa para ver si se ha podido contagiar de algún virus o bacteria, por favor?

Sus ojos siguen clavados en los míos.

—Si habéis estado en contacto con algo peligroso para la salud pública debería saberlo ya —me advierte.

—No, no es eso, es que el pobre viene de un lugar donde digamos que las condiciones higiénicas no han sido las mejores y no me extrañaría que la fiebre fuera a causa de una infección —le miento a medias.

Sigue mudo, quieto a los pies de mi cama.

Espera que le diga algo más, pero no voy a hacerlo. Ya he dicho demasiado y no quiero poner más cartas sobre la mesa.

—Le haré las pruebas cuanto antes. ¿Necesitas alguna cosa más? —pregunta. Yo niego con la cabeza—. Perfecto, pues después me paso y te cuento —me dice antes de salir de la habitación y cerrar la puerta.

Cojo mi móvil que está sobre la mesita y miro mis mensajes con bastante miedo.

Tengo un par de Lucía.

Me pregunta cómo estoy.

De momento el tono es normal, algo más seco que de costumbre pero aceptable. Antes de contestarle prefiero hablar con mi padre y que me ponga al día para saber a lo que debo atenerme.