Capítulo 35
Bar de Rosa
Lucía es la primera en bajar a desayunar.
El día anterior había sido largo y repleto de emociones y a pesar de todo lo que rondaba por su mente, se quedó dormida en cuanto su cabeza tocó la almohada.
Ha dormido de un tirón. Al abrir los ojos, la preocupación y los dilemas que rondan por su cabeza han vuelto de nuevo.
Por un lado, está preocupada por la salud de Quim, como es normal; y por otro, enfadada con él porque la ha engañado.
Y también feliz de que haya vuelto vivo.
Vamos, que tiene un lío monumental en su cabeza.
En cuanto entra al bar, Rosa, que iba hacia la cocina, se detiene en seco al verla.
Sus ojos penetran en los de su amiga, a la que quiere como si fuera su propia hija.
Cambia de rumbo y se va hacia la cafetera, donde le prepara uno de esos cortados que tanto le gustan. Se lo deja en la barra, donde siempre.
—Mi niña, te avisé. No dejes que estos te arrastren a ese terreno fangoso que tanto les gusta pisar —le susurra.
Lucía niega con la cabeza sin decir nada.
Bebe de su cortado, ante la atenta mirada de Rosa.
—Lucía, aquí estoy para lo que necesites.
Ella asiente y sonríe.
No es una sonrisa de alegría, sino más bien forzada por la situación.
Rosa se da cuenta de todo porque no tiene un pelo de tonta.
—¿Dónde está el cabezón de mi sobrino?
—Se ha quedado un par de días más en Huelva —responde Lucía entre sorbo y sorbo con la voz apagada—. Vendrá en cuanto acabe de cerrar unos temas.
—Ya, bueno. Cuando vuelva hablaré con él y le diré cuatro cosicas bien dichas —amenaza antes de irse hacia la cocina.
Al segundo, la puerta del bar se abre y entra Félix.
Se acerca a Lucía y se sienta a su lado.
—Buenos días. ¿Hay alguna noticia nueva?
—Tengo un mensaje de Mireia, la enfermera —susurra para que Rosa no escuche nada—. A las siete todo seguía igual. Ambos están bien.
—Eso es bueno —murmura Félix.
—No hay nada bueno en este tema —contesta Lucía con algo de rabia.
—Lucía, no me eches a mí la culpa. Él fue el que quiso mantener el regreso de su don en secreto y yo no soy nadie para llevarle la contraria.
Lucía se calla durante unos segundos.
Sabe que en el fondo tiene razón.
Félix no dice nada más porque no tiene ganas de discutir con ella. Esa ardua labor es de su hijo, que por algo la ha metido en todo esto. La única ventaja que él vio con la huida de su mujer es no tener que darle explicaciones a nadie.
La entrada de don Alfonso y don Emilio suena como la campana salvadora de un primer asalto muy duro. Ambos le hacen señales a Félix para que se siente en su mesa.
—¿Cómo han resultado vuestras andanzas por las tierras del sur? —pregunta don Alfonso, mientras se quita la chaqueta y la cuelga en el respaldo de la silla.
—Bien, bien… Quim se ha quedado allí un par de días más. Quiere estudiar bien los objetos antes de comprarlos.
—Lucía no tiene muy buena cara hoy —apunta don Emilio, que siempre está atento a todo lo que sucede en el barrio.
Los tres la miran.
Ella está en la barra con la cabeza gacha y la mirada fija en su taza.
—Supongo que estará cansada.
—Esta juventud de hoy no sabe lo que es estar agotado de verdad —opina don Alfonso.
Mira a Rosa y le hace señales hasta que lo ve.
Es la señal internacional para que le sirva lo de cada día.
—Tranquilo, alma de cántaro que ya voy. Ni que llegaras tarde al trabajo —se oye decir a Rosa.
Félix y don Emilio sonríen.
—Tiene todo el carácter de vuestro padre… ese mismo que tantas veces nos sacó de apuros y que tan buenos momentos nos regaló —contesta el relojero.
—Lo echo mucho de menos —susurra Félix.
—Todos lo echamos de menos, mi querido Félix. Todos. Fue un hombre que dejó una huella profunda en más gente de la que te puedas imaginar —le dice don Emilio.
Félix asiente, mientras recuerda las veces que ha saltado al pasado para estar junto a su padre una vez fallecido.
Nunca lo llegó a echar de menos del todo, porque cuando aparecía esa sensación saltaba a épocas pasadas, en las que sabía que él no estaba por el barrio, para hablar con su padre y compartir un tiempo regalado.
Pero ya hace muchos años que no lo hace. Desde que perdió su don.
Ahora que su hijo lo ha recuperado, le pedirá que lo lleve a verlo otra vez más, necesita despedirse de él y decirle todo lo que no le dijo mientras vivía.
La puerta del bar se abre y entra otro nuevo cliente.
Esta vez es Mario, hermano de Félix y Rosa.
—¡Hombre! ¡Pensaba que te habías mudado de ciudad sin decirnos nada! —se oye decir a Rosa desde la cocina, atenta a todo lo que sucede en sus dominios.
Mario sonríe y le lanza un beso a su hermana.
Se acerca a la barra y saluda a Lucía.
—Lucía, te veo cansada hoy.
Ella asiente.
—No he dormido muy bien.
—¿Y mi sobrino? —le pregunta.
—De viaje. Volverá en un par de días.
—Ese sí que vive bien —opina Mario—. Y más desde que Félix volvió de entre los muertos. Ya ni pisa la tienda el cabroncete.
Lucía fuerza una media sonrisa.
Mario entiende que hoy no tiene el día tan comunicativo como lo suele tener normalmente.
—Voy a sentarme con esos piltrafillas de ahí. Parece que están tramando algo y no me lo quiero perder —bromea.
Un segundo después se sienta en la mesa junto a su hermano Félix.
—¿Qué pasa, tron ? —le dice éste.
Mario sonríe. Odiaba esos comentarios anticuados de su hermano, pero los echó tanto de menos cuando desapareció que ahora le encantan. Es más, de vez en cuando a él también se le escapa alguno.
—¡Mario… dichosos los ojos que te ven por estos lares!
Ya pensaba yo que te habías pasado al bando de los modernos, de esos que toman café en garitos con nombre en inglés, donde te sirven el cortado con un vasito de agua al lado y los camareros llevan bigotes de forzudo de circo de los años treinta.
—No, don Alfonso, no hay garito mejor que el de mi Rosa del alma, es solo que tengo demasiado trabajo.
—La última vez que asomaste por aquí fue en el guateque de bienvenida de Félix —recuerda el relojero, poniendo la mano en el hombro del susodicho— ¡Menudo jolgorio, madre mía! Acabé en mi casa sin saber ni cómo había llegado. Me dijeron al día siguiente que canté hasta los himnos de misa.
—Doy fe de todo ello —indica don Emilio.
Rosa aparece con una bandeja de bebidas.
A pocos metros de allí, en el interior del Museo de Historia, hay un par de personas sentadas en una de las mesas que el museo tiene en su entrada.
Desde el patio interior se puede ver quién entra y sale del bar.
Una de las personas que observa es Nadia, que espera paciente a que la tienda de antigüedades abra sus puertas.