El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

Edificio Vimley

La primera en llegar a la oficina es Ruth.

No suele hacerlo tan temprano, pero hoy tiene una reunión distinta, especial.

Ella prefiere empezar unas horas más tarde, después de sus clases de defensa personal, unos largos en la piscina o yoga, según el día.

Le gusta comenzar la jornada bien despierta.

También es cierto que siempre es la última en marcharse, a pesar de ser la CEO de la empresa.

Hasta hace pocos meses compartía ese cargo con su prima Shira.

Ambas forman parte de la familia Leviym .

Una mañana, Ruth encontró su carta de renuncia, una despedida escueta en la que pedía que no la buscaran.

Abandonó su puesto en la empresa y, con él, una costumbre ancestral que llevaba siglos en marcha.

Desapareció de la noche a la mañana. Nadie ha vuelto a saber de ella. Eso ocurrió poco después de la muerte del último enviado del Sumo Sacerdote de Roma .

Antes de entrar en su despacho, Ruth pasa por la sala común para prepararse un expreso. Solo lo hace cuando no hay nadie más en la oficina porque no le gusta entablar conversaciones vacías con el resto de los trabajadores.

Se acerca a la barra y deja el café encima para que se enfríe.

No se sienta; está de pie, con los codos apoyados en la encimera.

Frente a ella hay un espejo que cubre toda la pared.

Se contempla en él. Ayer fue a la peluquería.

Le gusta su pelo corto y rubio, contrasta con su piel morena y sus ojos grandes y pardos, cuya mirada asusta a más de uno.

Hoy lleva una falda negra por encima de las rodillas, combinada con una blusa blanca que a su prima siempre le pareció demasiado transparente.

La puerta de la sala común se abre.

Ruth acaba su café de un sorbo y se marcha a su despacho. No pasa mucho tiempo hasta que un hombre se asoma a la puerta.

—Buenos días, Ruth.

Es Daniel, su asistente, además de su primo hermano. Como manda la tradición, en esta ancestral empresa todas las personas que trabajan en el piso siete son de la familia. Es la planta en la que se toman las decisiones importantes.

Ella saluda con la cabeza, pero no contesta. Espera.

—Empezaremos en dos minutos —le comunica—. Me acaba de escribir y ya está en el edificio.

Dicho esto, se marcha hacia la sala de juntas.

Ella lo sigue.

La sala de reuniones es como una pecera enorme. A través de la ventana oeste, que ocupa casi toda la pared, se puede apreciar la avenida Diagonal y, al fondo, parte de la sierra de Collserola.

Ruth espera de pie. Observa el paisaje, al igual que Daniel.

A través de la cristalera de la oficina ven llegar a un hombre que lleva un maletín en la mano.

Entra a la sala.

Los dos tipos que le siguen se quedan fuera.

— Buongiorno. Sono Massimo —se presenta.

A Ruth le resulta familiar la manera en que la erre vibra, típica de un romano. Lo observa mientras le tiende la mano a su asistente. Después la saluda a ella con la mano firme.

Los tres se sientan.

Ruth sabe que no debe juzgar por las apariencias, no es bueno para los negocios, pero ese hombre no le da buena espina.

—El Sumo Sacerdote os envía sus más sinceros saludos.

Su español es correcto y neutro.

Quim Mora acabó con Samuel, el anterior representante del Sumo Sacerdote de Roma.

Massimo Colonna acaba de asumir el rol de representar al más alto cargo de la familia.

Ruth sabe que ese hombre tiene más poder que ella y que la puede destruir en un abrir y cerrar de ojos.

Aun con su autoridad, riquezas y contactos, ningún miembro de la ancestral familia está por encima del Sommo, al igual que ningún cura ni obispo está por encima del Santo Padre del Vaticano.

Massimo saca de su maletín dos copias de una fotografía y le pasa una a cada uno. Deja que la miren antes de hablar.

Ruth la observa, esperando una explicación; no entiende nada de lo que ve. Deja la hoja encima de la mesa.

—¿Qué es esto? —pregunta el asistente de Ruth. Tampoco ha entendido nada, pero debe de ser importante para que haya volado desde Roma solo para esta reunión.

—Es uno de los muchos objetos almacenados en el Santuario de las Voces —contesta Massimo.

Guarda silencio unos segundos, esperando que la frase cale hondo.

Ruth ha oído hablar miles de veces de ese santuario, pero nunca lo ha visitado.

En realidad, nadie puede hacerlo, salvo un grupo de fieles entrenados desde la adolescencia para saber leer todo lo que allí se almacena.

Daniel, aunque es miembro de la familia, no tiene tanto poder y, por tanto, solo ha escuchado fábulas sobre ese lugar.

—¿Qué es el Santuario de las Voces? —se atreve a preguntar, al ver que nadie va a explicarlo.

—Es un lugar donde los mensajes del pasado esperan su momento exacto para revelarse —contesta Massimo.

Él lo mira sin comprender del todo la explicación.

—Cuando un Señor del Tiempo era descubierto, fuera cual fuera la época o el lugar, se hacían retratos robot a mano para conocer sus identidades —le aclara Massimo.

Ruth ya sabía este dato, por supuesto—. Si alguien de la familia o mercenarios a sueldo se topaban con alguien fichado, debían intentar matarlo por todos los medios.

Daniel asiente comprendiendo el funcionamiento básico pero práctico que le están contando.

—Tanto si lo lograban como si no, debían dar parte a través de un documento escrito en una clave que solo los hermanos del ancestral Santuario de las Voces pudieran leer.

—Algo así como un buzón temporal donde dejar pistas.

Massimo asiente ante la analogía de Daniel.

—Un buzón tan antiguo que sus inicios se pierden en la noche de los tiempos —añade Ruth.

—A partir de la era moderna comenzamos a digitalizar todos los mensajes almacenados, además de los que iban apareciendo en excavaciones alrededor del mundo —explica Massimo con voz pausada, para que entienda la situación—.

Contamos con una gran base de datos conectada a un sistema automático de vigilancia que ya no necesita ser supervisado; solo prestamos atención cuando una alarma suena ante una posible coincidencia.

El ayudante de Ruth asiente.

—Nunca ha sido un lugar de importancia —opina Ruth.

—Cierto. Salvo por la riqueza histórica de sus documentos, nunca le hemos prestado demasiada atención —manifiesta Massimo con seriedad—, pero desde que nuestra familia perdió el don se ha convertido en la única vía que tenemos para que el pasado se comunique con nosotros.

La mirada de Massimo se clava en Ruth.

Sin duda alguna, desde Roma la señalan como culpable de la desgraciada pérdida del don familiar. Por eso Shira prefirió desaparecer y empezar una nueva vida lejos de esta familia.

Ruth se remueve incómoda en su silla.

—Esto es un mensaje latente. Así llamamos a cualquier escrito del pasado que nos avisa sobre un hecho inusual que debemos comprobar —explica Massimo.

Ruth ojea de nuevo la fotografía y comprende que esa tablilla de cobre, sin duda antigua, es el mensaje.

—¿Qué dice? —quiere saber ella.

—Nos marca la visita de un Señor del Tiempo en un lugar y una fecha concretos —informa Massimo, señalando unas líneas que, al parecer, él entiende.

Ruth mira la foto sin entender la algarabía de signos.

—Traducido a nuestro idioma y a un contexto actual comprensible, dice: «Herido y envenenado en Huelva».

Ruth lo mira sin entender la importancia de esos datos.

—Esta nota se escribió en el siglo VI I o V I antes de Cristo.

—Cualquiera de esos malnacidos pudo visitar ese lugar en los últimos veintisiete siglos —contesta ella—. No entiendo la importancia de este mensaje.

Ruth lo mira desafiante, esperando más información.

—La alarma saltó ayer por la tarde —informa Massimo.

—¿Ayer? —repite Ruth, su respiración se dispara—. No puede ser. Ya no hay Señores del Tiempo. El último perdió su poder delante de mis narices. Lo vi con mis propios ojos.

Massimo hace caso omiso de su comentario.

—Ayer hubo una coincidencia. En un hospital privado de Huelva se atendió a un hombre. Presentaba síntomas de haber sido atacado y envenenado.

Ruth se levanta como un resorte y se coloca detrás del respaldo de la silla en la que estaba sentada. Lo agarra con todas sus fuerzas sin darse cuenta.

—El nombre del paciente ingresado es Quim Mora.

El corazón de Ruth se detiene por unos segundos.

Sus pupilas se dilatan y sus manos aprietan todavía más la silla, hasta levantarla en el aire y estamparla contra la cristalera que tiene detrás.

Su ayudante suelta un pequeño grito y se aleja de la mesa.

Si el cristal no fuera blindado, la silla habría acabado en la avenida Diagonal, seguramente sobre alguna cabeza rota.

Jamás había visto perder los papeles a su jefa. Los dos hombres que estaban en la puerta hacen el amago de entrar, pero se contienen al ver el gesto de Massimo.

—La primera alarma saltó con la coincidencia de un hombre herido y envenenado en esa ciudad.

La segunda, cuando el nombre de Quim Mora, el último Señor del Tiempo conocido, apareció en escena —indica Massimo con voz medida, sin apartar los ojos de Ruth—.

Todo indicaba que había perdido su poder en el mismo instante en que nosotros perdimos el nuestro.

Pero no fue así. Al parecer te ha vuelto a engañar.

Ruth se acerca a la mesa y le clava sus ojos enrojecidos.

—Voy a matarlo. A él, a toda su familia y a todos sus amigos —escupe Ruth. Cada palabra lleva una carga triple de veneno y de rabia—. Voy a prender fuego al edificio donde viven y luego lo derrumbaré para que no quede ni rastro de ellos.

Massimo sabe que dice la verdad; aun así, tiene órdenes claras que comunicar.

—El Sommo te otorga veinticuatro horas para cumplir lo que dices. Ni una más.

Se pone en pie sin recoger las fotos que ha sacado.

Ruth lo mira con una rabia contenida que está a punto de salir de su cuerpo, destrozar la sala, traspasar la ventana e incendiar parte de la montaña que se ve desde allí.

Daniel es incapaz de articular palabra.

Ni lo desea. En este instante es mejor quedarse callado.

Massimo se aleja hasta la puerta.

Uno de los hombres que esperan fuera se la abre.

El enviado del Sommo se gira antes de salir.

Mira a Ruth con desprecio nada disimulado.

—Si en veinticuatro horas no has acabado tu trabajo, más vale que desaparezcas del mapa, como la rata traidora de tu prima.