Capítulo 33
Museo de Huelva
Félix accede al museo por la puerta de la Alameda Sundheim.
Empuja el cristal y entra a un vestíbulo amplio, bañado por una luz suave que entra por las altas ventanas.
A cada paso, el suelo de piedra transmite un ligero eco.
Le gusta esa sensación de paz, mezclada con un ligero olor a madera barnizada y a libros antiguos, ese aroma familiar donde conviven lo moderno, lo antiguo y lo histórico.
Han pasado dos días desde que Quim saltó al pasado.
No está nervioso por su hijo, pero esa espera se le hace más tediosa de lo que en un principio supuso. Hubiera preferido estar con él, vivir las aventuras en primera persona, pero entiende que no es lo más seguro para ellos. Su hijo está mejor solo.
Al cruzar el umbral, Félix se dirige al mostrador de recepción.
Saluda al personal. Es su tercera visita en dos días.
Camina hacia una escalera que sube a los pisos superiores donde se encuentran las salas de exposición.
Ya no le presta atención a los paneles informativos que indican el camino hacia las diferentes salas. Él se dirige hacia la de arqueología.
Al entrar en ella, la luz cambia. Los focos cálidos resaltan las vitrinas con objetos que datan del Neolítico y de la Edad del Bronce.
A unos metros ve a Lucía, está observando una vitrina.
Al final decidió quedarse y no volver a Barcelona.
Félix ya sabía que no se iba a largar y a dejar a Quim aquí, en el pasado.
Ella es una mujer cabal y sensata y en el fondo, muy en el fondo, entiende que Quim tan solo quiere protegerla de toda esta locura, al menos hasta estar seguros de que los ladrones de mentes no volverán a intentar matarlos a todos.
Félix le habló de la época a la que su hijo saltó.
Lucía decidió usar sus dotes de historiadora para saber más de ese momento de la historia.
Gracias a su jefe del Museo de Historia de Barcelona, que conoce a uno de los responsables del Museo de Huelva, le han permitido estudiar y manipular algunos restos tartésicos que se supone que son de la época en la que Quim debe de estar en este mismo instante.
Una vitrina contiene un tesoro tartésico compuesto de piezas de plata, broches de bronce y joyas pequeñas.
Lucía se acerca y percibe el brillo frío de la plata bajo la luz.
Al lado hay varios fragmentos de cerámica pintada y herramientas de metal antiguo de la misma época.
Le encantaría poder observar al maestro que talló esas joyas con tanto esmero.
Un escalofrío recorre su espalda al recordar que Quim está en el lugar donde ella desearía estar.
La culpa ha dejado paso a la esperanza de volver a verlo, pero no ha desaparecido del todo.
Por mucho que lo eche de menos, espera que vuelva más tarde de lo que saltó, lo suficiente para que ella recuerde este momento, así le podrá echar una buena bronca antes de abrazarlo. Una bronca de las de verdad.
Una mano se posa en su hombro.
Se gira.
Es Víctor.
Su cara no trae buenas noticias.
—Debemos irnos ya. Quim acaba de llamar.
Once minutos después llegan al castillo.
Quim está tirado en el suelo, cubierto de cables.
A su lado, un niño, inconsciente.
Los dos están siendo atendidos por sanitarios.
Una ambulancia espera a pocos metros.
Víctor habla con los paramédicos y les indica a dónde llevarlo. Uno de ellos niega con la cabeza, pero el sobre que Víctor le entrega cambia su decisión.
Félix observa a su hijo. Acaba de volver del pasado, pero no al momento que se fue, sino al presente. Y sabe que eso solo sucede cuando estás tan mal que ni siquiera puedes controlar al tiempo al que quieres viajar.
Veintidós minutos después llegan al hospital.
En el trayecto, mientras sigue a la ambulancia, Víctor habla con Peter y con el doctor David Valcárcel, el médico de confianza de Quim.
Le cuenta lo ocurrido, escucha con atención, sigue las instrucciones.
No se altera. Al llegar, muestra documentos, firma y habla con seguridad. Coordina todo con precisión quirúrgica.
A la hora y veinticinco minutos los médicos informan de que ambos están estables pero muy débiles.
Quim tiene fracturas en el brazo y en dos costillas.
También una posible conmoción y un profundo corte en la espalda.
El joven solo presenta una herida en el hombro derecho.
Ambos muestran signos de envenenamiento.
En un breve momento de lucidez, Quim alcanza a decir que estaban grabando un vídeo para el instituto, que los atacaron unos ladrones, que una serpiente los mordió.
Nadie lo cree, pero no hay otra explicación posible.
Félix se ha encargado de guardar la ropa, la espada y demás cosas que llevaban encima al entrar al hospital.
Doce minutos después del parte médico, Peter aterriza un helicóptero alquilado en la azotea.
Los pacientes firman el alta voluntaria.
Nadie puede detenerlos. Un enfermero, con demasiadas deudas pendientes, firma el alta del joven como Juan García.
Así decide llamarlo después de recibir uno de los sobres abultados y mágicos de Víctor.
Treinta y cuatro minutos más tarde, el helicóptero aterriza en un hangar del aeropuerto de Sevilla. El avión privado de Quim los espera. Zoe ya lo tiene todo preparado.
Tras dos horas y doce minutos de vuelo, el avión toca tierra en el aeródromo de Sabadell.
Veinte minutos más tarde el helicóptero de Quim llega a la torre Mapfre, justo cuando el sol se esconde tras la montaña de Collserola.
El coche de Víctor tarda dieciocho minutos en llegar a la consulta del doctor Valcárcel.
Él los espera en la puerta.
Lucía se sienta junto a Félix en la sala de espera.
Ambos están exhaustos, aunque no hayan hecho nada.
Lucía no entiende muy bien cómo ha llegado hasta allí.
Desde que Víctor la sacó en volandas del museo hasta que se sienta en esa silla han pasado cinco horas y treinta y cinco minutos, durante las cuales su mente ha estado envuelta en una neblina densa, sofocante.
Ha vivido todo como dentro de una película, observando sin poder actuar, esperando que el guion no se volviera más oscuro. Mientras tanto, Víctor ha dirigido cada escena con frialdad como si fuera el mejor director de cine del mundo.
Lucía lo observa.
Está hablando con Mireia, la enfermera de la clínica.
Ultiman detalles.
Se le nota cansado, pero sigue alerta.
Está en todo, con todos.
Y ella se alegra de tenerlo cerca.
No sabe cuánto cobra ese hombre, pero cada euro está bien ganado. Él y todo el equipo de Quim.
—Por esto no podían irse de Huelva sin Quim —susurra Félix, al ver cómo Lucía mira al ayudante de su hijo.
Imagina lo que pasa por su cabeza. Él también ha vivido situaciones así más veces de las que recuerda.
Lucía asiente en silencio.
El doctor Valcárcel sale a hablar con ellos.
—Ambos están estables. El informe que le realizaron en el hospital de Huelva es correcto —dice en voz baja.
Hace una pausa—. Lo del veneno de serpiente es extraño…
—«pero no es la primera vez, ya estoy acostumbrado», piensa para él—.
Al haberlo tratado con suero antiofídico durante el vuelo no parece haber riesgo.
Les hemos administrado otra dosis de un antídoto.
Aun así, les hemos hecho análisis completos y vigilaremos su coagulación.
—¿Cuánto tiempo deben quedarse? —pregunta Félix.
—Juan, el joven, podrá irse mañana si no hay complicaciones. Pero Quim debe quedarse hasta que confirmemos que el golpe en la cabeza no representa peligro.
Lucía asiente.
—Gracias, doctor —responde Félix.
—No os preocupéis, cuidaré de Quim y de su amigo.
Víctor acompaña a Lucía y a Félix a su casa.
Aunque no es muy tarde, la noche ya se ha cerrado sobre la Ciudad Condal y las sombras pueblan las estrechas calles del barrio Gótico, ahora casi desiertas de gente.
Se despiden al entrar al portal.
Lucía se queda en casa de Quim, en el primer piso.
Félix sube al segundo.
A unos metros, en la oscuridad de la plaza del Rey, dos hombres observan en silencio.
Uno saca su móvil y envía un mensaje de voz:
—Acaban de llegar el padre y la novia.
—No los perdáis de vista —responde una mujer al otro lado—. Mañana, en cuanto abran la tienda, iré a hacerles otra visita.