Capítulo 31
Un hombre vestido con ropa sucia y que apesta a pescado seco asoma la cabeza desde la sala de los cristales coloridos y observa a Quim y a su joven amigo caer al suelo, desfallecidos.
En cuanto desaparecen del patio como por arte de magia, comienza a correr y sale de la fortaleza.
Después, baja la ladera dando grandes zancadas.
Se cae, rueda y se clava las piedras, pero no protesta. Sigue corriendo casi descalzo.
Pasa junto a las casas de la ladera sin mirar a nadie.
Sigue colina abajo hasta llegar al puerto y no deja de correr hasta que entra en una de las muchas casetas de madera desvencijada y casi podrida por el salitre.
El hombre entra.
Unos pescadores reparan las redes.
Mira a los presentes y no habla con nadie.
Cruza la sala hasta llegar a la parte trasera y toca en la puerta. Espera, paciente, mientras recupera la respiración, hasta que desde dentro alguien le da permiso para pasar.