El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 30
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Capítulo 30

Cruzo el umbral y piso la arena del interior del recinto.

La puerta es de madera gruesa, reforzada con barras de hierro, tal y como yo imaginaba.

El aire huele a humo de hoguera. Cuando el viento cambia, huele a playa y a sal.

Camino siguiendo a la mujer que, por cierto, no tengo ni idea de cómo se llama.

El chaval tampoco. Me muestran el lugar.

Está muy bien cuidado, pero lo que veo no es suficiente para responder a todas las dudas que tengo.

La mujer se acerca y me dice algo que al principio no entiendo.

Me iría bien tener a mi padre conmigo para que me haga de traductor.

Al final él tenía razón, pero el peligro de que pueda pasarle algo malo no compensa.

Si el abuelete, porque ya está mayor, aunque él diga que no, hubiera caído por el tejado conmigo, se hubiera roto la crisma y ahora estaría llorando su muerte.

Antes de que pueda preguntarle vuelve a hablar.

— Bni yanhighu —me dice. Ahora si lo he pillado. Suena distinto, pero bastante parecido al hebreo bíblico: beni, mi hijo, yan higue hu , él lo guiará. O algo así he entendido.

La mujer da media vuelta y se larga por donde ha venido. Su hijo se queda a mi lado, sonriente y me hace señales para que lo siga.

Los gestos son claros y a mi mente llega una voz que dice: «Mi madre tiene otras cosas que hacer. ¿No quería ver el castillo del rey? Pues venga, que yo se lo enseño».

Sonrío. Él también.

Empieza a caminar dando pequeños saltos.

El sendero nos lleva hacia la derecha. A partir de cierto punto, aparecen algunas paradas con frutas, carnes y otros objetos decorativos que se reparten a los lados.

Son vendedores que trabajan en el interior de las murallas.

En este lugar el suelo no es de tierra, sino de una especie de losas planas, desgastadas por el paso de los años.

En las paredes, tras los vendedores, hay relieves simples, casi borrados.

Parecen figuras humanas, animales y otros símbolos que no entiendo.

El niño me observa. Su cara tiene un gesto distinto, más sombrío.

Veo como su mano se mueve de forma extraña.

Su dedo índice señala hacia un punto concreto, a mi espalda, con movimientos nerviosos, pero a la vez contenidos para no llamar la atención.

Me giro al instante.

Observo a mi alrededor. Con calma.

Si el chaval ha visto algo insólito debo saber qué es.

Solo tengo que encontrarlo. Me fijo en los puestos de comida, de fruta y de vinos.

La gente camina a su rollo. Todo parece normal hasta que me detengo en una pareja de hombres que me miran en la distancia.

Están de pie ante un tenderete. Van armados con espadas.

Siento un escalofrío en la nuca. Mierda, algo me dice que esto no va a acabar bien.

Miro al chaval y asiente con la cabeza.

Qué lástima que no podamos hablar.

Él me agarra de la manga y me arrastra para seguir caminando por la calle. Está nervioso, lo noto. Deben de ser ladrones o los chicos malos del pueblo que van a por el nuevo, que además está medio tullido. Espero que no me toquen mucho los pies porque no estoy para demasiados trotes.

Llegamos a una puerta que da acceso al interior de una sala. El chaval entra sin esperarme. Yo lo sigo. Antes de entrar me giro, pero no veo a los tipos.

Al fondo de la estancia está esperándome el chaval. El sol se filtra por las ventanas de cristales coloreados creando un ambiente mágico. El polvo flota en el aire, lento, espeso y con decenas de tonos distintos.

El jovenzuelo me vuelve a agarrar y tira de mí. Debe de pensar que soy un poco lerdo, porque me quedo embobado con cada rincón de este lugar. Sale de la sala y camina hacia el fondo de un patio. En el centro hay una estatua que apenas da sombra porque el sol cae casi perpendicular a ella.

Me acerco y la observo.

Es una estatua hecha de piedra caliza. Es un hombre.

Debe de medir unos dos metros, más lo que sume el pedestal que la sostiene.

No parece un dios, sino más bien un hombre normal pero muy grande.

Lo que me ha dejado flipado de verdad es que podría pasar perfectamente por una talla sumeria. Como muchas otras que he visto.

Me acerco todavía más.

La figura está de pie, erguida, con las manos juntas sobre el pecho.

Sus hombros son anchos. Lleva una túnica que cae lisa hasta los tobillos.

El rostro tiene unas facciones duras, rectas, con una nariz perfecta.

El pelo parece caer en tirabuzones hasta sus hombros.

La barba también es larga y espesa. La observo más de cerca y me quedo helado.

Un escalofrío recorre mi cuerpo, como si un rayo hubiera caído en medio del patio y me hubiera atravesado en dos.

Camino alrededor de la figura hasta quedarme cara a cara con ella. No puede ser. Yo he visto a este hombre. Hace mucho tiempo, muchos siglos, incluso milenios. Muy lejos de aquí en el tiempo y en la distancia.

No puede ser, me repito una y otra vez.

En ese instante, el chaval grita con todas sus fuerzas.

El sonido llega amortiguado hasta mis oídos.

Estoy demasiado concentrado en la estatua como para preocuparme de otros temas, hasta que siento un golpe en la espalda, acompañado de un dolor intenso que me llega hasta el alma. Caigo de rodillas al instante.

Antes de que pueda preguntarme nada, el chaval salta hacia mí y me aparta de un empujón. Veo el filo de una espada que pasa a un palmo de mi cabeza. Me ha salvado, pero el hierro le ha rajado el hombro y le ha hecho una herida muy fea.

Sangra mucho. Demasiado.

Me giro lo justo para entender lo que pasa.

Los dos tipos de antes me atacan a la vez. Me aparto como puedo. Estoy desarmado, herido de un brazo y me duelen hasta las pestañas, pero mi adrenalina se dispara y me hace reaccionar.

En un giro rápido le quito la espada a uno, giro de nuevo, estiro el brazo bueno y la inercia me ayuda a cortarle la cabeza.

El hierro está tan afilado que apenas he notado el contacto con su cuello.

Su sucia cabeza sale volando por los aires y cae a los pies del chaval, que la chuta sin pensárselo dos veces.

El otro tipo me mira. Noto su miedo.

Seguramente pensaba que iba a ser una presa fácil.

Está a dos metros de distancia.

Hay duda en sus ojos, lo intuyo.

Está decidiendo si salir corriendo o atacar.

Pues mira, chaval, te lo voy a poner fácil.

Doy un paso adelante y otro y le ataco. Se defiende.

Es bueno luchando. Le ataco otra vez y, en cuanto su brazo se abre, le meto una patada en el pecho que sale despedido contra la pared.

Un dolor agudo me rebota hasta las entrañas.

Algo tengo jodido en mi interior, porque al dar esa patada me ha dolido todo.

Antes de que pueda recomponerse, la espada que era de su amigo se clava en su pecho.

Cae de rodillas con los ojos abiertos.

Sus ojos moribundos están fijos en los míos.

Intenta decir algo, pero la sangre ocupa el lugar de sus palabras y resbala a borbotones por su pechera. Me aparto de él y cae hacia adelante, clavándose aún más la espada, cuya punta sobresale por detrás. Me fijo en el tenue brillo de la hoja que reluce bajo el sol.

Una gota roja resbala por ella.

Lo empujo de una patada para darle la vuelta.

Noto un punzante dolor en el corte que me ha hecho en la espalda, zona que cada vez siento más empapada. Menos mal que tengo el efecto Pausa, sino estoy casi seguro de que ya estaría más tieso que la mojama que venden en el puerto.

Le desclavo el hierro y lo limpio en su camisa sucia y vieja, pero se pega a ella. Observo la hoja. Tiene una especie de grasa asquerosa. Acabo de quitar su sangre y me quedo con la espada, porque me ha salvado la vida y porque me ha encantado manejarla. Es preciosa.

Nadie la va a reclamar.

El chaval, que ha intuido mis intenciones, me acerca la funda que llevaba atada a la cintura el cuerpo sin cabeza. Me ayuda y me la coloco. Él la ata para que no se caiga.

Guardo la espada en su lugar.

El chaval se agarra a mi mano.

Dice algo que no entiendo.

Sus ojos se ponen en blanco. Lo sujeto para que no caiga de golpe al suelo.

Se me escapa de la mano y cae de rodillas.

Sus ojos se cierran. La herida de su hombro es grave, pero no tanto.

La observo con más detenimiento. Hay un olor agrio en ella, un aroma especial que me lleva a un lugar lejos de allí, hasta Egipto, donde los sacerdotes me enseñaron a untar las armas con veneno de serpiente extraído de víboras o áspides, que después se mezclaba con grasa animal o resina, para que se adhiriera al metal. Nunca olvidaré ese olor.

Toco al chaval y lo noto ardiendo.

Su cuerpo empieza a convulsionar, menos media parte que queda paralizada. ¡Mierda, mierda y más mierda!

No me lo puedo creer.

Otra vez no, por favor.

Siento como la fiebre me invade a mí también y se va apoderando de mi mente, de mi cabeza. Ahora mismo solo deseo dormir. Si estuviera solo cerraría los ojos. Pero debo salvarlo.

Miro a un lado y al otro. No hay nadie.

Estamos solos en ese pequeño patio interior.

Solo hay una opción si no queremos morir aquí.

Me siento junto al chaval y le agarro las manos.

Espero que lo que voy a hacer le ayude.

Me concentro.

Respiro con calma, con toda la que puedo.

Noto el calor que me aborda por momentos.

Estoy a punto de desmayarme. Aguanta, Quim.

Pienso en mi presente.

Quiero saltar al final del pozo.

No puedo concentrarme con más detalle.

El calor del veneno me duele demasiado.

Respiro en profundidad, cierro los ojos y me dejo llevar por la luz, sin soltar al chaval con la poca fuerza que me queda.