Capítulo 29
Pasado
Siento la boca seca. Los párpados pesan demasiado.
Debo haber dormido mucho tiempo. No tengo ni idea de si han sido diez horas o dos días, pero mucho, seguro.
Huele a caldo de pescado. Tengo hambre. Salivo al pensar en una buena sopa y noto un dolor intenso en el labio.
Lo tengo hinchado. Quiero tocarme la boca, pero no puedo mover el brazo.
Pesa mucho. El otro también. Intento abrir los ojos.
Me cuesta horrores, prefiero cerrarlos un rato más.
Tras un rato que no sabría decir, consigo abrirlos.
A mi memoria llega el salto, la caída, la rodadura, el vuelo y el fatídico aterrizaje donde me podía haber partido el cuello.
Tampoco ha salido tan mal, visto lo visto.
Me toco en la parte de atrás de la cabeza y noto un chichón del tamaño de una pelota de golf.
No me gustan ni el golf ni los chichones.
Estoy tirado en el suelo sobre una piel suave y mullida, en una casa que no conozco.
Me incorporo con mucho más esfuerzo de lo normal.
Veo que tengo un brazo inmovilizado con unos listones de madera y unos trapos atados que la sujetan.
Mi pecho está enrollado en una tela que me aprieta demasiado.
Es posible que tenga alguna costilla rota y por eso me han vendado.
Muevo mis piernas y veo que son funcionales, eso siempre es bueno.
Parece que estoy solo en donde sea que esté.
No veo a nadie. Estoy en un rincón de una estancia que parece un salón, porque escucho el crepitar del fuego.
Hay una olla sobre él, de la que sale un rico olor a guiso marino.
Sin duda estoy en el pasado. Intenté saltar sobre el año 600 antes de Cristo, en plena era del rey Argantonio.
Espera tú a ver dónde he llegado. Miedo me da averiguarlo.
Parte del suelo es de arcilla endurecida.
Hay zonas que tienen lo que parecen restos de grava, en otras hay cerámica triturada que forma un mosaico abstracto.
Alrededor del fuego hay unas cuantas ánforas y algunas vasijas de cerámica pintada.
Parecen fenicias, de estilo oriental. También puedo distinguir un par de jarras de barro y una figurilla que parece egipcia sobre unas estanterías de madera.
Me pongo en pie e intento caminar.
Me duele todo. Piernas, brazos, espalda, cabeza…
Creo que no hay nada que no me cruja o queme con cada paso. Pero debo ser fuerte y salir de aquí. Si tengo lesiones internas podría morir, así que prefiero largarme cuanto antes y volar hasta la consulta de mi amigo David, el médico. Él sabrá cómo curarme después de evaluarme como es debido.
Hay una segunda estancia más pequeña con dos camas bajas. Camino hacia la salida. A medio camino me apoyo en una mesa de madera muy bonita. Está muy bien hecha, la verdad. Al lado de la puerta veo varios cestos de esparto repletos de verduras. Llego hasta ella y la abro.
La luz del sol acaricia mi rostro. Qué bien sienta.
Huele a campo, a animales de granja y a pura vida.
Me asomo al exterior con algo de miedo.
No veo a nadie. Camino unos pasos.
Las casas son de adobe y las paredes están encaladas, supongo que para reflejar la luz del sol.
Desde aquí veo cinco casas, dos son rectangulares y el resto redondas.
Algunas tienen los muros gruesos y pocas aberturas.
Los techos están hechos con ramas y barro endurecido, sostenido por vigas de madera muy bien colocadas.
Sobre la que caí yo tenía tejas de arcilla.
Me debí de cargar la mitad, pobre gente.
Una vez leí que este tipo de tejas era una innovación traída por los fenicios.
Ese dato me indica que quizá pueda estar en la época correcta. O muy cerca.
Me alejo un poco y distingo, tras las casas, un pequeño promontorio que se eleva suavemente.
Allí arriba es donde estará el castillo que vi en mi presente.
Hoy es una ladera más empinada y cubierta de árboles, bastantes metros más alta que donde me encuentro ahora.
Desde allí debe de haber una excelente vista de toda la zona.
Necesito descansar un poco, creo que estoy mareado.
Me duele la cabeza, sobre todo, en la parte de atrás donde tengo el chichón. Seguro que tuve una conmoción o algo así.
Me siento en unas piedras mientras miro hacia el mar. Eso siempre me reconforta. Para mi sorpresa, compruebo que el agua se adentra mucho más de lo que recordaba. El estuario forma una gran bahía repleta de barcas, donde los ríos Tinto y Odiel se unen antes de abrirse al Atlántico.
Tanto este cerro, como otros cercanos que puedo ver desde aquí, hoy son islas o pequeñas penínsulas elevadas desde las que se domina el puerto natural.
Intuyo que las aguas son tranquilas y poco profundas, perfectas para embarcaciones de fondo plano como algunas naves fenicias de cabotaje que logro distinguir.
No es que sea un experto, pero siempre me preparo un poco antes de un salto.
Entre lo que leí y lo que me contó Lucía, me pude hacer una ligera idea de cómo se vivía en esta época.
Me dijo que hasta aquí llegaban naves fenicias cargadas con ánforas, tejidos, vino, aceite, cerámica decorada, marfiles, joyas y objetos de vidrio fabricados en el extremo más alejado del Mediterráneo.
De estas tierras se llevaban plomo, cobre, plata, además de sal y productos pesqueros.
Este era un lugar muy rico gracias a sus metales.
Veo por el rabillo del ojo que algo se mueve a mi lado.
Es un chaval joven. No debe de tener más de trece o catorce años. La verdad es que no tengo ni idea, pero por ahí estará más o menos. Me mira oculto tras una pared. Solo saca la cabeza. Sus ojos me estudian con curiosidad.
Levanto mi mano y saludo.
Me ha dolido hasta el pie al hacer ese simple gesto.
Debo volver ya, no me encuentro muy bien.
El chaval se acerca. Es moreno, estirado y delgaducho.
Me dice algo.
No he entendido ni papa.
Vuelve a hablar. Creo que es una pregunta.
Madre del amor hermoso, ¿en qué idioma está hablando el chaval este? Las palabras no tienen ningún significado para mí. Y eso que hablo varias lenguas, algunas muy antiguas, pero lo que ha dicho no me suena en absoluto.
Me señala el brazo herido y se toca la cabeza.
Yo asiento y sonrío. Eso es internacional.
Junto las manos y agacho la cabeza en señal de agradecimiento. No sé por qué, pero ahora que lo veo de cerca, creo que este crío ha estado en la casa donde me han curado. Tengo vagos recuerdos de él.
Si mi padre tiene razón y le hablo en hebreo antiguo o arameo igual nos podemos entender.
— Shalom —le digo.
Sus ojos se abren. Sonríe.
— Shalam —contesta. Me ha entendido.
De repente, se gira, asustado.
Yo también. Me doy la vuelta tan rápido que me mareo y pierdo el equilibrio. Y eso que estaba sentado. Estoy hecho una mierda. Una mujer que se acerca. Esos ojos azules son los que vi al caer del tejado. Son inconfundibles. No tienen miedo. Me mira con curiosidad.
— Haṭṭāb šlmk ? —me dice. Su voz es firme.
Sus palabras llegan en tono de pregunta. Pero no tengo ni idea de lo que dice. Creo que ambos hablan la lengua tartésica, posiblemente la fenicia también, o al menos el chaval parece que me entiende.
— Eifó aní? —le pregunto. Quiero saber dónde estoy.
— Onuba —contesta ella. O algo parecido. Hace un gesto con sus brazos y me muestra la vista de todo el valle y los ríos.
¿Onuba? Así llamaban a Huelva por esta época.
Podría quedarme aquí para aprender tartesio.
Sería la caña si aprendiera el idioma y la escritura tartésica, en mi presente desconocidas todavía, pero no puedo.
Estoy muy jodido como para quedarme en este tiempo.
Tengo la impresión de estar muriendo lentamente, o eso me dice mi cuerpo.
Debo regresar para curarme. Ya volveré aquí en otro momento.
Tengo tiempo de sobras para saber más de esta gente amable que me ha acogido en su casa y me ha curado.
La mujer me acompaña de la mano. Me lleva, más bien.
Quiere que vuelva a la casa, supongo que mi careto no es el mejor para estar paseando por la calle.
Volvemos por otro camino. Miro hacia este y distingo el terreno donde se levantará el monasterio de la Rábida desde el que salté.
Hoy es una zona inundada. El brillo del sol se refleja en el agua y me indica que todo son humedales por los que navegan las barcas pequeñas.
Antes de irme me gustaría saber, al menos, si estoy en la época correcta. Así para la próxima ya sabré algo más. Me detengo un instante. Miro a la mujer.
—¿Argantonio? —le pregunto—. ¿Melek?
Me mira. Levanta las cejas. Creo que ha entendido la palabra rey, el nombre seguro que no.
Ya me dijo mi padre que por ese nombre no lo conocería nadie, ya que así lo llamaron los griegos.
Tenía que probar. Ya lo sé, es una tontería, pero me gusta llevarle la contraria al Feliciano, qué quieres que te diga.
Sus ojos brillan ahora más porque el sol le da en la cara.
Es joven. Muy guapa. Sin duda es la madre del niño.
Tienen los mismos ojos azules y un poco rasgados.
No tanto como los asiáticos, pero sí apostaría que alguno de sus padres o abuelos pudo ser oriental.
No sé si eso será muy normal por aquí. Quizá en algún barco fenicio vino un comerciante de rasgos asiáticos.
— Baʿal-Kaspi? —le digo en tono de pregunta. Según mi padre, esto en fenicio quiere decir literalmente «el señor de la plata». A ver si tiene razón.
La mujer abre los ojos y sonríe.
Pues parece que esta vez sí me ha entendido.
Me lleva de la mano hacia su casa. Vaya, pues no.
Creo que solo quiere llevarme de vuelta al camastro.
Para mi sorpresa, pasamos por delante de su casa y la dejamos atrás.
Enfila el camino que parece llegar a lo alto de la colina.
Hay muchos árboles que parecen olivos, pero no lo son.
También hay algunos almendros. Camina a paso lento junto a su hijo.
Se gira de vez en cuando para asegurarse de que la sigo.
Me cuesta, la verdad. Se nota que están en forma.
Ella viste una túnica marrón de una sola pieza y larga hasta los tobillos. Creo que es de lino. La lleva ceñida al cuerpo y con un cinturón de cuero. No es muy alta, debe de medir metro cincuenta y algo, pero sí que tiene un cuerpo atlético.
Al cabo de unos minutos llegamos a la cima.
Mientras me apoyo en el tronco de un enorme y retorcido olivo, contemplo las vistas.
Desde aquí puedo contemplar la zona del puerto natural.
Hay varios barcos de vela. Se nota bastante movimiento.
El sol está en lo alto, así que debe de ser mediodía.
No hace ni frío ni calor. Se está genial si no fuera por los dolores que me acompañan desde que me he despertado.
Estamos en otoño, sin duda. No porque yo sea adivino, sino porque los almendros con los que me he cruzado tenían el fruto maduro y listo para la cosecha. Las hojas eran amarillentas, algunas incluso ya caídas.
La mujer me agarra de la mano de nuevo.
Me arrastra hasta la cima. Quiere ir al punto más alto.
Al llegar arriba del todo entiendo el porqué.
Su brazo señala hacia una edificación que se extiende hacia el norte en la cima de la colina. La cumbre es mucho más ancha que la que ocupará el castillo de mi presente. El doble, por lo menos. En ella se levanta una muralla. No es muy alta, pero parece suficiente para resistir posibles ataques.
Está muy bien construida. Desde aquí distingo varias edificaciones internas que sobresalen de la muralla.
Todo el castillo debe de estar rodeado del mismo muro.
Es muy grueso, hecho de adobe y piedra. Veo torres en las esquinas que tienen huecos para los arqueros, así como las que flanquean la entrada principal que tenemos justo delante.
Las puertas son de madera maciza y en este instante están abiertas.
La mujer me mira y sonríe.
Yo estoy flipando.
No sé si este es el castillo del rey al que los griegos llamarán Argantonio, pero me temo que sí. Y que sobre sus ruinas se edificará el musulmán y, sobre este, el medieval.
Impone respeto por su posición estratégica, aunque sin llegar a ser intimidante como un castillo medieval europeo. Sin duda alguna, su mayor fuerza es su ubicación. Desde aquí vigilan toda la zona y pueden ver venir a los enemigos con horas de antelación.
— Navo —me dice.
Ha dicho que entremos o vayamos dentro. Esa acción suena igual que el hebreo.
La mujer me tiende su mano y señala al interior del castillo. Creo que quiere entrar. Me duele hasta el meñique, pero no pienso dejar pasar esta oportunidad. Cuando vuelva ya me chutará David uno de sus mejunjes y dormiré cuatro días seguidos hasta que me cure, si es necesario.
Camino siguiendo a la mujer.
Su hijo me mira, curioso.
Va a mi lado, apartando del camino las piedras más gordas para que no me tropiece. Me cae bien. Se le ve despierto y listo. Me recuerda a Bernat cuando lo conocí en la Barcelona medieval, siendo un niño con la cara llena de mocos resecos. Aunque este chaval está mejor alimentado, sin duda.
Me detengo un segundo bajo el umbral de las puertas y observo. Respiro con calma y saboreo el momento antes de dar un paso y entrar.