Capítulo 28
Presente
Monasterio de la Rábida
Lucía está sentada en las escaleras que conducen al monumento dedicado a los descubridores. Es de noche, y apenas hay luz. Tan solo quedan unas pocas bombillas encendidas en el interior del monasterio, de donde hace más de una hora que los monjes la echaron casi a la fuerza.
Tiene los codos apoyados en las rodillas y el rostro hundido entre las manos. Lleva un buen rato sin hablar con nadie; solo permanece ahí, a solas con sus pensamientos, intentando ponerlos en orden.
Félix se acerca despacio, con la cautela de quien teme asustar a un cervatillo. Aunque, en realidad, el que tiene miedo es él. Sabe perfectamente que este momento llegaría. No podía ser de otro modo ya que la misma cantidad de tiempo que Quim viva en el pasado transcurrirá también en el presente.
Así que, si su hijo necesita una semana para averiguar lo que ha ido a buscar, aquí estarán una semana sin él.
Pero si todo sale bien y Quim regresa un par de minutos después de haberse ido, nadie notará nada, y esa semana de incertidumbre desaparecerá de sus memorias como si nunca hubiera existido.
Pero, hasta que vuelva, toca vivir esas horas o días con todo lo que conlleva.
Lucía está dolida.
Por un lado, porque acaba de descubrir que Quim puede volver a viajar al pasado, y que lo ha estado haciendo en secreto durante meses. Por otro, porque sabe que, en cuanto él regrese, todo lo que siente, su enfado y su tristeza se borrarán y seguirá sin saber que puede viajar en el tiempo.
Félix le ha explicado que Quim no le ha dicho nada a ella ni a don Emilio ni a don Alfonso porque no quiere que sus vidas vuelvan a correr peligro, pero eso a ella no le importa.
Es una historiadora nata y viajar al pasado con su novio fue la mejor experiencia de toda su vida.
Que Quim le haya mentido a la cara le ha dolido en lo más profundo.
Y que, tarde o temprano, olvide esa mentira le duele todavía más.
Lucía siente impotencia y rabia a partes iguales.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunta Félix con suma delicadeza—. No podemos quedarnos aquí esperando hasta que vuelva. Puede pasar una semana o un mes.
Lucía se levanta, seria. Se sacude el polvo de los pantalones y empieza a caminar hacia el coche, aparcado a pocos metros. Dentro espera Víctor, paciente.
Tampoco él entiende muy bien lo que está pasando, pero ha vivido tantas situaciones extrañas junto a Quim que ya no pregunta. Nunca ha pasado semanas esperándolo, en realidad sí, pero no lo recuerda. Ni él ni nadie.
—Quiero irme a Barcelona —dice Lucía, con la voz apagada.
Víctor la observa.
Lucía le cae bien, aunque apenas la conoce.
Es la novia de su jefe y suele hacerle caso en lo esencial, como organizar viajes y otras cosas, pero hay decisiones que no puede tomar.
Él tiene unas órdenes muy claras, las de siempre: permanecer cerca todo el tiempo que sea necesario, hasta que su jefe le llame.
Víctor no sabe que Quim viaja al pasado; nunca se lo ha dicho. Pero no es tonto. Ha visto suficiente como para sospechar que algo muy extraño sucede a su alrededor.
Aun así, no hace preguntas. Cobra lo bastante para no necesitarlas. Ni siquiera cuando su jefe aparece de la nada con ropajes extraños, objetos antiguos o heridas imposibles.
—Tenemos un hotel reservado a unos minutos de aquí. Puedo llevarte a tu habitación —dice con calma.
—Prefiero estar en mi casa —responde ella sin mirarlo.
Víctor guarda silencio.
La observa un instante y luego asiente.
A su lado, Félix también calla. Sabe que ese hombre no se moverá de allí. Él hizo lo mismo cuando viajaba en el tiempo, con su propio equipo de confianza. Ese apoyo incondicional les ha salvado la vida más de una vez.
—Te llevaré al aeropuerto —dice por fin Víctor—. Te conseguiré un billete en el primer vuelo a Barcelona.
Lucía lo mira y comprende que, si quiere volver a Barcelona, deberá irse sola. Ellos no se alejarán de Quim. Y aunque sigue enfadada, en el fondo se siente orgullosa de la lealtad que rodea a su pareja incluso en los momentos más difíciles.
—Lo entiendo perfectamente. Gracias.
Víctor asiente y le abre la puerta del coche.
Félix la sigue y sube también. Sabe que, después de dejarla en el aeropuerto, volverán al hotel donde él y Víctor tienen habitaciones reservadas sin fecha de salida. Está a apenas tres minutos en coche del monasterio, lo bastante cerca para acudir en cuanto Quim los llame.
Mientras tanto, Peter, el piloto del avión privado y su mujer, Zoe, esperarán en un hotel junto al aeródromo, con el avión a punto para despegar cuando sea necesario.