El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Mientras dura el salto siempre estoy en una especie de pausa negra absoluta, en medio de un limbo desconocido que dura unos pocos segundos hasta que siento como todo vuelve a ser normal.

Enseguida siento frío en la piel, viento y un vértigo que no entiendo, unido a un exceso de humedad repentina.

Las cosquillas en mi estómago aumentan en cuanto me doy cuenta de que estoy cayendo al vacío.

¡Mierda!

Revoloteo con los brazos y las piernas hasta que choco con algo duro. El golpe me duele. Joder, creo que me he roto el coxis por lo menos. Justo en ese instante, mi espalda no encuentra apoyo y me voy para atrás con tanta fuerza que doy una voltereta inversa y resbalo.

Un par de eternos segundos después acabo estampado contra algo. Me quedo inmóvil y con los ojos cerrados.

Parece que no tengo el día. Me duele todo.

Noto que el agua cae por mi cara y empapa la ropa.

Es agua dulce. Hace frío y me duele hasta el alma.

Abro los ojos, poco a poco, con miedo a lo que me pueda encontrar. Oigo voces cerca. Parecen de una mujer.

En cuanto me acostumbro a la poca luz, intuyo que el sol se acaba de poner y está lloviendo a cántaros. Miro a mi alrededor y veo que estoy sobre una superficie dura e inclinada. Es el techo de una casa. Joder, debo de haber caído desde tres metros de altura o más. Hoy la colina no existe.

Al caer he rodado por el tejado y he acabado dándome un golpe contra lo que parece ser una chimenea. Los dueños de la casa han tenido que escuchar el porrazo en el techo, si no es que están sordos, vamos, porque me han crujido hasta las pestañas.

Escucho las voces de nuevo, esta vez fuera de la casa. No quiero problemas con nadie, así que me iré por el otro lado, amparado en las sombras como un ninja silencioso.

Me pongo de pie y me resbalo de nuevo. Vuelvo a caer de culo, de espaldas y me deslizo en un tobogán de tejas que van cayendo hacia el precipicio. Mierda de ninja que soy.

Las tejas resbalan a mi lado, vencidas por la gravedad. Intento clavar tacones y manos para frenar, pero el techo desaparece y salgo volando en el aire como si fuera el final de un tobogán acuático, pero sin una piscina climatizada en la que aterrizar.

«Qué jodida mala suerte tengo en los saltos», me da tiempo a pensar mientras que estoy en el aire. No consigo colocarme bien para caer porque la inercia me lleva a su merced.

Un segundo después acabo estampado contra el suelo.

Ahora sí que me he roto del todo. Un dolor punzante me envuelve al instante.

Apenas puedo respirar. En cuanto abro los ojos, veo el techo de la casa y unas cuantas tejas que todavía siguen resbalando y cayendo al suelo.

Una luz aparece por el rabillo del ojo y siento el calor de una llama.

Por un segundo hasta me parece agradable.

Dos cabezas entran en mi campo de visión.

Una es de una mujer. Está cabreada y asustada.

La otra es de un joven que me mira incrédulo.

—Perdón —sale de mi boca. Siento el sabor metálico de la sangre entre esas absurdas palabras que nadie va a entender en este tiempo, pero supongo que lo que cuenta es la intención.

La mujer se agacha.

La luz es más potente y el calor también.

Me gusta. Aplaca un poco el dolor que siento.

Creo que unos ojos claros me observan.

Están borrosos. Cada vez más.

Me duele la cabeza.

Me dicen algo que no entiendo. Sus voces llegan apagadas, como desde la otra punta de un extenso túnel en el que la entrada se va alejando.

Intento hablar, pero el dolor en el pecho no me deja.

También me duelen el brazo y la pierna. No creo que me haya dejado un hueso sano. Menuda mierda de salto me ha salido.

Quiero irme a casa con Lucía.

Noto como mi cara se zarandea sola.

Abro los ojos. No recuerdo haberlos cerrado.

La mujer me mira desde muy cerca. Huele bien. Creo que es aceite de mirra, lo recuerdo de otros viajes. Su mirada es azul, intensa, enojada. Habla, pero no comprendo nada.

Quiero hablarle, pero no puedo.

Noto el calor de la antorcha. Me gusta. Es una calidez que me abraza y me lleva lejos, hasta un lugar en el que ya no siento dolor alguno y la oscuridad reina junto al silencio.