El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Villa de Huelva

Mi idea original era saltar desde uno de los campos que hay junto al monasterio, pero al encontrarme con mi hermano los planes se han ido al traste.

No podía decirle «aguántame el cubata que salto al pasado», claro está.

Así que he tenido que optar por lo que propuso mi padre: saltar desde el Cabezo de San Pedro.

A ver si lo encuentro, porque en mi presente es un yacimiento arqueológico, pero aquí y ahora tan solo debe de ser una colina como otra cualquiera.

Por suerte, la buena de Lucía me dio una clase magistral sobre la ciudad.

Me habló de la importancia de ese lugar y de que no quería irse de aquí sin verla.

Dijo que, además de visitar los restos tartésicos, quería ver el castillo de Huelva que había justo al lado.

Creo que habló de que fue una fortaleza de origen islámico y que tras la conquista fue reconstruido y ampliado.

Lo que me quedó claro es que esa sería la mejor zona desde la que saltar.

Tras unos veinte minutos caminando llego a un par de pequeños promontorios.

Comienza a haber más gente. No muy lejos de aquí está el puerto.

No puedo divisarlo todavía, pero sí que alcanzo a ver los mástiles de muchos barcos.

Al fondo, en el horizonte, aparece el castillo.

O eso creo. Está sobre una colina desde la que se debe de divisar toda la ciudad.

El olor salobre del estuario es muy fuerte. El puerto no es grande, pero está lleno de vida. Hay naos, carabelas y barcas de pesca ancladas junto a un muelle de madera, cubierto de sogas, toneles y un montón de redes secándose al sol.

La orilla está llena de pescadores. Sus caras están curtidas por el viento y el sol. Algunas mujeres con pañuelos en la cabeza remiendan las redes. Se fijan un par de segundos cuando paso por su lado, pero no me dan importancia y siguen a lo suyo. Mejor.

El golpeteo de los martillos de los carpinteros resuena cuando paso cerca de los astilleros. Me asomo con disimulo y veo que unos están recubriendo los barcos con brea, mientras otros tensan los mástiles con poleas chirriantes.

Salgo del puerto y camino por una calle más ancha que las otras, por lo que sospecho que podría ser la principal.

A lo lejos, sobre la colina, se alzan los muros del viejo castillo musulmán, ya algo deteriorado, pero aún vigilante sobre la villa.

A sus pies, las casas encaladas de una población pequeña y marinera se apiñan en calles estrechas que suben hacia una iglesia, cuyo campanario domina el horizonte.

Lucía me habló de una iglesia antigua. San Pedro creo que se llamaba.

A un lado de la calle algunos mercaderes regatean para comprar vino, sal o pescado. Yo sigo mi camino sin llamar la atención hasta que la calle se acaba. Después enfilo por otra que parece ascender hacia la colina que me interesa.

Diez minutos más tarde llego hasta los muros del castillo.

No es que esté en su mejor momento, que digamos.

A unos metros de distancia de la pared oeste hay una explanada repleta de olivos.

Bajo sus ramas retorcidas y centenarias descansa el yacimiento arqueológico del Cabezo de San Pedro, que, según me contó Lucía mientras veníamos en el avión, data del siglo I X antes de Cristo.

Dijo que fue un asentamiento tartésico de gran importancia, vinculado al comercio de metales donde se han hallado cerámicas, restos de viviendas y objetos fenicios que llegaron de la parte más lejana del mediterráneo.

Espero que sea, como dice ella, uno de los núcleos más antiguos de ocupación urbana en la Península Ibérica, porque voy a saltar al año 600 antes de Cristo desde aquí mismo y no quiero aterrizar en medio de la nada.

Puedo ir al pasado, pero siempre aterrizo en el mismo lugar del que salto.

En una ocasión, salté en El Cairo unos miles de años atrás y aparecí enterrado varios metros bajo la arena del desierto.

Casi no lo cuento.

Me siento en un murete de piedras mal alineadas y espero.

Observo a derecha e izquierda. Disimulo.

No hay nadie. Solo silencio.

La brisa es fresca y me calma.

Cuando estoy convencido de que estoy solo, camino hasta los olivos y me escondo entre un par de ellos, donde nadie me pueda ver.

Me siento y apoyo mi espalda en el tronco.

Vuelvo a mirar hacia un lado y hacia el otro.

Nada. Solo silencio.

Ha llegado el momento.

Cierro los ojos y respiro con calma, como siempre.

Noto la brisa que me acaricia el rostro.

Me concentro en la fecha.

Ojalá no la cague.

Tras unos segundos, aparece un destello.

La luz me llega aun con los ojos cerrados.

Mi cuerpo deja de pesar.

Ya no noto mi espalda apoyada en el olivo ni las piedras del suelo, tan solo floto en un inmenso océano de oscuridad donde el silencio es el dueño del lugar.