Capítulo 25
Monasterio de la Rábida
Parece que los dos estamos posando para una foto.
Inmóviles. Atontaos , como diría mi tía.
Él sonríe sin dejar de mirarme. Levanta los brazos y vuelve a gritar mi nombre como si hubiera visto a su ídolo de la música, de las letras o lo que sea que se lleve ahora.
Yo no sé muy bien qué decir y también sonrío.
Se abalanza sobre mí y me abraza con ganas.
Es un abrazo cálido, repleto de cariño. Sin pensarlo, yo se lo devuelvo.
No por cortesía, sino porque me sale de dentro.
En este punto, y como buen narrador que soy, debo advertirte, amigo lector, de que, si no has leído las anteriores aventuras de Quim Mora, estás a punto de comerte un spoiler tremendo. Dicho queda. No quiero quejas después.
—¡Quim! —exclama y repite una y otra vez—. No me lo puedo creer. ¡Qué sorpresa más agradable!
Ni yo tampoco me lo creo, no te jode.
Había una posibilidad ínfima de encontrarme con él aquí y ahora, y la he clavado. Algo me dice que mi padre lo sabía.
—¿Qué tal estás, hermano? —me pregunta.
—Bien… Estoy muy bien —le contesto.
—Ha pasado mucho tiempo…
Se queda mirándome. Imagino que su mente vuela hasta el último momento en el que nos vimos, que no tengo ni idea de cuál puede ser.
A ver, yo sé cuándo fue la última vez que estuvimos juntos, pero no tengo claro si también es la última para él, ya que existe la posibilidad de que, en un futuro aún por llegar, regrese y comparta tiempo con él. Así que me callo y asiento en silencio.
—Cinco años desde que padre nos dejó —me dice.
Yo asiento, pero no digo nada.
Solo escucho y asiento como cuando estaba en la escuela y no tenía ni idea de qué estaba hablando la profe.
—No sé cómo, pero me encontraste aquí. Gracias a ti pude superar el nefasto momento por el que pasaba, hermano. Sin tu apoyo habría desfallecido.
Su voz tiembla. Llora.
Tiro de memoria para situarme. Si hace cinco años, está hablando del año 1486.
Ese año, Yago ya no vivía en Lisboa. Su mujer acababa de morir.
Llegó aquí con su hijo Diego, donde fue recibido por fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena, dos religiosos con formación científica e interés por la navegación.
Sospecho que en esto tuvo mucho que ver mi padre.
De una forma u otra, intervino para que lo acogieran, si no, no se entienden tantos favores a un desconocido.
Así que hace cinco años vine para decirle que nuestro padre había muerto. Bueno, normal. Cuando yo conocí a mi hermano por primera vez dos décadas atrás, mi padre ya tenía sus sesenta y algo. Supongo que en algún momento tuvimos que fingir su muerte.
—¿Te acuerdas de nuestra aventura secreta? —me dice.
Sonríe. En el fondo es como un niño grande.
Como para no hacerlo.
La madre que lo trajo a él y a mi padre, que me liaron para embarcarme y casi muero en el intento.
—De eso hace ya casi veinte años, hermano —le digo.
—Tanto tiempo y estás igual —susurra casi con miedo. Me toca la cara—. Es como si te hubiera visto ayer mismo.
Ya estamos con las sospechas de siempre.
—Uso unos ungüentos para la piel. Se los compro a un vendedor de colonias de Venecia —miento, por supuesto.
—Pues deberías comprar alguno mejor porque también sigues igual de feo —me suelta el muy mamón.
Se ríe a carcajadas.
Él ha cambiado mucho desde la última vez que yo lo vi. Fue en otoño de 1472, muy lejos de aquí, en una isla de las Bahamas a la que llegamos tras una larga y arriesgada aventura en la que mi padre se empeñó en alistarse. Y a mí de rebote, claro está.
Desde entonces ha engordado y tiene más arrugas, como es normal.
La vida no le ha tratado mal, pero se le nota el peso de las preocupaciones y sus múltiples andanzas.
Ha viajado mucho, ha naufragado alguna que otra vez, se ha casado, ha tenido un hijo, ha enviudado y lleva demasiado tiempo luchando por un sueño imposible para cualquiera de esta época, por conseguir algo tan complicado que cualquier otro, después de tantas y repetidas negativas, ya habría olvidado.
Pero él no ha dejado de insistir porque es un cabezón, más terco que una mula y listo como el hambre.
—Me alegro de verte, hermano, de veras.
Sus palabras son sinceras.
—Yo también me alegro de verte, Yago —le digo.
Él se gira, asustado, para comprobar si hay alguien detrás. Cuando se asegura de que estamos solos en el patio, me pasa el brazo por los hombros y, mientras caminamos hacia la calle, me susurra:
—Cristóbal… Recuerda que aquí y ahora mi nombre es Cristóbal. Yago Ribes murió hace mucho tiempo.
Es verdad, seré tonto. Lo había olvidado.
Yo asiento en silencio.
Él sonríe y me vuelve a abrazar.
—Qué ganas tenía de volver a verte, hermano.
En el fondo yo también lo he echado de menos.
Salimos a la calle. Al menos no he tenido problemas con los frailes, ya que parecen conocer a Yago como si fuera de la casa. Si no me fijo en sus ropas, diría que es otro más.
—Llevo viviendo aquí varios meses —me cuenta mientras caminamos por las afueras del monasterio. El día es precioso y el aire es puro de verdad—. Sigo a la espera de que Isabel envíe a su mensajero y me dé buenas nuevas.
—No desistas. No tengo ninguna duda de que lo lograrás.
—Buenos días —nos saluda un fraile al pasar.
—Fray Juan, este es mi buen amigo, Quim Mora.
—Encantado —le digo.
—Fray Juan Pérez —se presenta él.
Seguimos caminando y veo como el monje se aleja.
Será una de las personas más importantes en este juego. Gracias a la influencia de ese hombre mi hermano conseguirá asistir a una importante reunión que cambiará su destino. Tendrá lugar en Santa Fe, una localidad cercana a Granada.
—¿Qué aventuras has venido a correr por estos lares?
—Estoy de paso, hermano. Necesitaba recalar en el monasterio antes de ir a otro lugar.
No le contamos nunca que somos capaces de viajar en el tiempo, ya que es bastante difícil de asimilar en una época en la que algunos conceptos todavía no se han desarrollado del todo y la religión es como una densa niebla que no deja ver más allá de tus pies.
Para él soy un mercader que vive en Barcelona y que, de vez en cuando, como hoy, viaja al sur y se pasa a visitarlo.
—¿Adónde vas? Te acompaño si no es muy lejos.
—Voy a Huelva —le digo. Señalo hacia el río que ya se puede ver a poca distancia.
—Conozco al barquero —me dice—. Te acompaño al otro lado del río y me cuentas qué es de tu vida por el norte.
Llegamos a la orilla del río donde hay un pequeño muelle de madera que parece que se va a caer a pedazos en cuanto lo pisemos. Si no me equivoco, a unos metros de aquí, en mi presente, hay un museo y un muelle con la réplica de las tres carabelas que cruzarán el Atlántico en poco más de un año.
Me gustaría contarle a Yago cosas, pero no debo. Ya hemos influido bastante en su vida. El Universo debió de estremecerse el día que mi padre dejó embarazada a Margarida, su madre, durante uno de sus saltos al pasado.
En fin, que es mejor no hablar más de la cuenta.
Tras llamar al barquero, nos subimos en el bote y navegamos hacia la costa de enfrente. Esta parte del río apenas cambiará en mi tiempo. Ya me entiendes. Todo cambia, está claro, pero la esencia seguirá siendo la misma.
Al llegar a la orilla oeste, me bajo.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte en la ciudad?
—Espero que no demasiado —le digo.
—En el monasterio siempre hallarás cama y comida.
Yo asiento.
—¿Nos veremos antes de que vuelvas a tu casa?
—No lo dudes, hermano.
Entre otras cosas, porque necesito saltar desde el armario secreto. Así que, si todo sale bien, volveré a verlo.
Me abraza y veo como el barquero lo devuelve a la otra orilla. Hay pena en sus ojos. No está pasando por su mejor momento, pero no tardará en cambiar su suerte.
Me coloco bien el zurrón y empiezo a caminar hacia el norte, siguiendo un camino de tierra que se abre entre los humedales y que espero me lleve hasta el puerto.