El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

Monasterio de la Rábida

Siento de nuevo el peso de mi cuerpo. Abro los ojos y todo está oscuro.

Igual de oscuro que cuando me fui. No me muevo, tan solo escucho con atención.

Ni un solo ruido. Noto algo blando y peludo debajo de mí.

Espero no haber aterrizado sobre un pobre animal.

Creo que es una alfombra, suave al tacto, muy agradable.

Me levanto y camino despacio hasta el mueble donde estaban las velas.

Tanteo a ciegas. La oscuridad es absoluta.

Palpo algo que parece una vela, más ancha y más basta de lo normal, pero no las cerillas.

Normal. Si mi padre respeta la guía básica de los viajes en el tiempo no debería haberlas traído a esta ápoca, porque no se inventarán hasta el siglo XI X .

Tras unos minutos, desisto. No tengo ni idea de cómo encenderla a tientas así que decido salir de aquí dentro, que ya empiezo a estar agobiado.

Camino con cuidado para no hacer ruido. No sé qué me voy a encontrar al otro lado del armario.

Abro el falso fondo. Un hilo de luz rompe la negrura y se cuela por debajo de la puerta. Es de día. Ya sabemos algo.

Antes de salir del armario cierro la pared que da paso a la sala secreta. Pongo atención. Parece que no hay nadie al otro lado. Es el momento perfecto para salir.

Abro despacio y saco la cabeza.

La sala está vacía.

Hoy es una habitación normal, bastante sencilla. Hay una cama, un mueble repleto de hojas que hace las veces de mesa y una silla. A los pies de la cama hay varias cajas o arcones que parecen maletas de viaje.

M idea era saltar a mediados de 1491. Si no me he equivocado, diría, por la luz que entra por la ventana, que debe de ser mediodía o por ahí.

La ropa que visto no está mal. Me arreglo un poco la camisa de lino.

Es suave, de color crudo. Tiene el cuello abierto y con cordones.

Encima llevo un jubón de cuero oscuro no demasiado grueso.

Los pantalones también son de lino oscuro; mejor, así no se verán los manchurrones que aparecerán si estoy aquí muchos días seguidos.

Esta vez me cubriré con un sombrero de ala ancha, aunque me he guardado en el zurrón una gorra de fieltro, por si hace frío.

Espero no toparme con una semana de esas con una ola polar o tendré que robarle el abrigo a alguien para no morir congelado, como he hecho otras tantas veces.

Me asomo a la ventana y compruebo que los árboles están verdes y las flores pueblan el campo hasta donde llega la vista. Bien. Es primavera, como yo quería.

Salgo al pasillo.

Observo a un lado y al otro y no hay nadie.

De momento vamos bien. La verdad es que no he pensado qué le voy a decir al primero que me encuentre, si es que me topo con alguien, porque creo que en este monasterio no había muchos monjes.

Espero no llamar demasiado la atención y que me tomen por un mercader perdido.

Sin duda, por la ropa que visto, intuyo que mi padre hace como yo siempre que viajo: disfrazarse de comerciante que está de paso.

Así no levantas sospechas ni por el acento ni por desaparecer de un día para otro y aparecer tiempo después.

Paso por delante de lo que en el futuro será el lavabo. Me asomo a través de la puerta abierta que parece un almacén o algo por el estilo. En esta época, los baños de los monasterios como este se llaman letrinas y son retretes colectivos. No son muy cómodos, ya os lo puedo asegurar.

Tienen asientos de piedra o de madera con agujeros, ubicados siempre sobre una corriente de agua o un pozo de desagüe.

Normalmente hay varios retretes alineados unos junto a otros para poder charlar mientras haces tus cosicas.

Lo peor, nada de papel higiénico de doble capa extra suave, por supuesto.

Tienes para elegir entre musgo, paja o, si tienes suerte y el lugar es de alta cuna, trapos de lino.

Yo, si puedo, prefiero limpiarme con agua.

Eso de pasarme por el trasero musgo y otras cosas del campo no me mola, sobre todo desde que lo hice con unas hojas que no debía y estuve dos semanas sin poder sentarme.

Salgo al patio y veo el banco en el que dentro de unos siglos me sentaré con Lucía.

Es posible que si volviera ahora a mi presente me la encontrara ahí mismo, de frente, y se daría un susto de muerte.

Y una alegría al saber que puedo volver a viajar.

Se quedó con las ganas de visitar un montón de lugares. Incluso hizo una lista.

Oigo unas voces a mi espalda.

Mierda. A ver cómo salimos de esta.

—Perdonadme, buen hombre, ¿quién sois vos y qué hacéis en este lugar? ¿Acaso habéis errado el camino?

La voz es de un hombre de mediana edad.

Su tono es cordial y su acento me suena familiar.

Me giro con la mejor de mis sonrisas, pero al verlo me quedo colapsado. Pasan los segundos y ninguno de los dos dice nada, solo nos miramos.

Yo no respiro, creo que él, tampoco.

Al cabo de un tiempo que no sabría decir, el tipo sonríe.

—¿Quim? ¿Eres tú? —me pregunta atónito.