Capítulo 23
Monasterio de la Rábida
El monje camina por el patio. No es muy grande, pero es agradable.
A pesar del calor que hace fuera, la sombra de los árboles consigue que la temperatura sea perfecta.
El hermano se sienta en uno de los bancos de piedra y nos invita a sentarnos frente a ál.
La vida en ese lugar va a una velocidad distinta a la nuestra.
El librero aquí sería feliz porque él funciona a menos revoluciones que el resto de los mortales.
Yo antes de un salto estoy disparado y este vivir a cámara lenta me está comiendo por dentro.
—¿Cuándo se construyó el monasterio tal y como lo conocemos hoy? —quiero saber. Más que nada para que cuando salte en el tiempo aparezca en el mismo armario del primer piso y no a ocho metros de altura con caída libre.
Yo asiento. Pues nada, a finales del siglo X V que tengo que ir para no arriesgarme. Después de eso, saldré del monasterio y saltaré a mi destino final no muy lejos de aquí, a orillas del río Tinto.
—Hermano Jesús, necesito ir al lavabo —le digo.
—¿No te puedes aguantar un momento? —me dice Lucía.
Yo niego con la cabeza como un niño pequeño que tiene una urgencia que no puede evitar.
—Eres como un niño pequeño —susurra.
—Suba por esa escalera y en el primer piso verá una puerta oscura. Ahí encontrará el lavabo —me dice el fraile.
Le doy las gracias, me levanto y me dispongo a subir.
Antes de eso, vuelvo unos pasos y le doy un beso a Lucía.
Ella levanta una ceja extrañada.
Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción.
Mi padre asiente sin decir nada y me toca en el hombro cuando paso a su lado.
Él es consciente de que nunca sabes cuándo o cómo vas a volver de un salto. Si la cosa se complica, igual pasan días, semanas, meses o años, como le ocurrió a él. Y los sentimientos siguen siendo los mismos, independientemente de la época en la que estés.
Subo al primer piso y encuentro la puerta que me indicó mi padre. La cruzo.
Es una habitación sencilla; parece una sala de estar con algunos libros. Al fondo está el armario.
Lo abro y me adentro en su interior.
Es un lugar tan pequeño que, si cierro la puerta, no podría agacharme dentro.
Busco en el lugar indicado y encuentro un pequeño orificio.
Lo aprieto, pero no sucede nada, es demasiado pequeño.
Agarro una de las perchas metálicas y la estiro.
Meto el extremo del alambre y vuelvo a presionar.
Oigo un chasquido seco. Empujo el falso fondo y cede.
Cierro la puerta del armario antes de desaparecer en la sala secreta de mi padre. Una vez dentro, cierro el fondo del armario. Está oscuro. No hay ventanas. Enciendo la linterna del móvil y aparece de la nada un mueble viejo. Sobre él hay unas velas con cerillas a su lado.
Enciendo un par de ellas al segundo intento.
La luz de las llamas ondulantes se reparte por toda la estancia.
Parece cuadrada, no muy grande, de poco más de tres metros por lado.
En la pared de la izquierda hay ropa colgada de una barra de madera que está sujeta por unas escuadras también de madera.
En la de la derecha, una decena de armas presentadas como si estuvieran expuestas en un museo.
Bajo ellas, otro mueble viejo repleto de cajones.
Abro uno y veo monedas. En otro, billetes viejos.
Todos tienen dinero que podría usar en distintas épocas.
Mi padre se montó aquí un lugar de salto cojonudo.
Con todo lo necesario para viajar a la época que él deseaba, una y otra vez, sin necesidad de viajar cargado.
Ya me lo imagino: venía aquí, pedía ir al lavabo, se perdía en el armario, saltaba al pasado, hacía sus cosas, después volvía, se cambiaba de ropa y bajaba cinco minutos tras haberse largado del presente sin que nadie se enterara de nada.
Qué listo es… Y yo voy a hacer lo mismo.
Elijo la vestimenta que creo que mejor se adapta a la época a la que quiero ir en primer lugar, pero que también podría pasar desapercibida en mi destino final.
Pillo algunas monedas que coloco en dos bolsas distintas, un par de dagas, muy bonitas, he de decir, y un calzado apropiado.
No es tan cómodo como los que yo uso para viajar al pasado, pero servirá.
A mí me los hacen a medida. Con tela nueva y cómoda, pero de aspecto antiguo, al igual que toda la ropa que uso en los saltos. Qué quieres que te diga, oye, si puedo caminar cómodo y sin destrozarme los pies con cada guijarro de la carretera, pues lo aprovecho.
Me guardo dentro de la camisa la copia de papel que hicimos de la lámina de oro, a ver si consigo traducirla.
Cuando estoy listo, apago las velas y me coloco en el centro de la sala.
Seguro que esta distribución no ha cambiado a lo largo de los siglos, porque mi padre también necesitaba un lugar despejado desde el que saltar y sobre el que aterrizar.
Me concentro.
Aquí es muy fácil, la verdad. Solo hay oscuridad y silencio.
Pienso en el año al que quiero ir. El monje ha dicho que a partir del año 1490.
Para no correr riesgos voy a ir un poco después.
A ver si acierto a la primera y llego al año 1491.
Aunque no tendré forma de saberlo hasta que le pregunte a alguien, claro está, porque no hay calendario ni reloj colgado en la pared que me muestre la fecha en cuanto llegue.
Respiro varias veces. Con calma.
El silencio es total.
La sensación de relax aparece.
Siento el típico cosquilleo que llega justo antes de dejar de notar el peso de mi cuerpo, acompañado de una luz que me taladra los ojos cuando aumenta de intensidad.
Cierro los ojos, vuelvo a concentrarme en el año al que quiero viajar y me dejo llevar al destino.
Un segundo después, mi cuerpo ya no pesa.