Capítulo 22
Monasterio de la Rábida
Al final no he tenido más remedio que traerme a Huelva a media familia.
Lucía está supercontenta por salir de la rutina, mi padre también por estar cerca de un viaje al pasado, y yo, como un tonto, preocupado porque tengo que saltar sin que Lucía se entere de nada.
Porque todavía no quiero que sepa que puedo volver a viajar en el tiempo.
Es un tema de seguridad. Quiero mantenerla alejada de peligros innecesarios.
Por suerte, ayer pude dejar cerrado el tema de la alarma. La empresa que me recomendó mi amigo fue a la tienda, les pegó un repaso general a todos los sensores y añadió más de la cuenta, aunque repitió una y otra vez que no hacían falta.
Octavi se pasó y estuvo durante dos horas buscando micrófonos y no solo encontró tres, sino que, además, dio con dos cámaras escondidas de tal manera que jamás las hubiera encontrado si no hubiera sido por los aparatejos que el chaval trajo.
Qué listo que fue el librero al tener en cuenta esa remota sospecha que a mí no se hubiera ocurrido nunca.
Aun así, Octavi me dijo que no podía estar del todo seguro. Cabía la posibilidad de que lo hallado fuera un señuelo y hubiera alguna más oculta y apagada. Si estaba desconectada su instrumento no podía detectarla. Quedamos en que traería otro más potente y que, mientras tanto, me anduviera con ojo.
Como yo soy un culo inquieto y me come por dentro esa incertidumbre, en un momento que estuve a solas en la tienda salté al pasado, fui a unos minutos antes de que saltara la alarma y entraran esos tipos, y coloqué mis propias cámaras para ver exactamente dónde escondían las suyas.
Todavía no he visto la grabación, pero la veré antes de volver a entrar en la cripta.
Hasta que no esté cien por cien seguro, ni mi padre ni yo entraremos allí.
Antes de que pudiera planificar este viaje familiar, Lucía contactó con mi ayudante Víctor, como si fuera la jefa, la mandamás. Y eso no es lo peor; lo peor es que mi ayudante le hizo caso a ella sin consultar conmigo, como si las órdenes hubieran salido de mi boca.
La madre que los trajo a todos.
Ya no tengo ni voz ni voto. Hasta mi padre decidió el itinerario a seguir.
Vamos, que yo me he montado en mi propio avión esta mañana, a la hora que me han dicho y sin poder decir ni pío.
Y al llegar, Víctor nos ha traído hasta el monasterio de la Rábida, mientras Lucía iba delante, charlando con él sobre qué tal le iba a su hijo en la universidad.
¿Qué universidad?
¿Es que Víctor tiene hijos?
Me he sentido completamente inútil.
Inútil, como un sello por triplicado.
Total, que aquí estamos, junto al monasterio, pensando cómo saltar al pasado con ella delante, que no es fácil. Tú dirás que sí, claro, saltas y punto. Luego vuelves al mismo instante y aquí no ha pasado nada.
Sí, vamos…
¿Y la ropa? ¿Y las armas? ¿Y el dinero necesario para moverme sin levantar sospechas? Como salte al año 600 antes de Cristo con lo que llevo puesto me ensartan como a un pincho moruno antes de que pueda decir «hola, buenos días». Y más sabiendo que debo ver a un rey.
Y mi padre está ahí, empanao, paseando, como si en realidad esto fuera una feliz escapada familiar y no una excusa para que yo pueda indagar sobre lo que de verdad nos interesa, que es ir a visitar al señor Argantonio y preguntarle cuatro cosas sin morir en el intento.
Víctor ha aparcado junto a una pequeña plaza. Yo no conozco el lugar, pero mi padre sí, o al menos lo parece, porque camina directo hacia una puerta.
Lucía observa la zona.
Nunca ha estado aquí, así que, al igual que a mí, todo le parece nuevo. No deja de mirar para todos los lados, como siempre que se siente atraída por la magia del lugar. Está disfrutando.
Al llegar a la puerta, mi padre, ni corto ni perezoso, llama.
El sonido del picaporte resuena por lo que parece ser un lugar amplio y vacío. Al fondo, muy lejos, se oye una voz que llega amortiguada por las paredes.
—¿Qué ha dicho? —pregunta mi padre.
—Que ya viene —le dice Lucía.
Yo tampoco lo había entendido, cada día estoy más sordo.
En cuanto el pesado portón de madera plagado de remaches oscurecidos por el tiempo se abre, un hombre con atuendo de fraile franciscano nos observa como si fuéramos tres sospechosos de asesinato en primer grado.
Nos repasa uno a uno.
Primero a mí, serio; después a Lucía, algo más relajado; por último, a mi padre, instante en el que su careto cambia por completo.
—¡Félix! ¡Buen amigo! —exclama para mi sorpresa.
Abre la puerta del todo y sale para abrazar a mi padre. Lucía me interroga con los ojos y yo le respondo sin palabras que no tengo ni idea de quién es ni de qué se conocen, pero, claro, sabiendo las andanzas de mi padre por el mundo y sus interminables épocas, me puedo esperar cualquier cosa.
—Hermano Jesús, qué alegría verte de nuevo.
—¿Cuánto hace ya? —le pregunta el fraile.
—Ni me acuerdo —le responde mi padre.
Me lo creo, con lo despistado que es, estoy seguro de que no tiene ni pajolera idea de cuándo estuvo aquí por última vez.
—Bienvenidos. Por favor, pasad —nos dice.
—Ella es Lucía —dice mi padre—. Él es mi hijo, Quim.
El fraile nos saluda con educación y sonríe. Su cara ha cambiado por completo. Se nota que mi padre es un buen amigo de hace tiempo. No quiero ni pensar cómo se conocieron o cuánto sabe este tipo sobre nosotros y nuestros secretos. De mi padre lo puedo esperar todo.
En cuanto Lucía se lía a hablar con el fraile, cómo no, y empieza a ametrallarle con preguntas sobre la historia del lugar, mi padre se me acerca, serio.
—Atiende con atención —me dice—. En cuanto salgamos al patio central, pide ir al lavabo. Te dirá que subas al primer piso. Subes. A la derecha del lavabo verás una puerta oscura. Ábrela y entra…
—¿Qué me estás contando? —le interrumpo.
—¡Calla, coño! Te estoy diciendo dónde debes ir para saltar sin peligro —me regaña.
—Pero si no llevo ropa ni nada —protesto. Ya debería saberlo, vamos, es de primero de saltos.
—Hazme caso, he saltado decenas de veces desde aquí. Conozco un lugar secreto que te permitirá hacerlo sin correr ningún riesgo.
—¿Por qué lo sabes? —le pregunto, pero, antes de acabar la interrogación, la respuesta viene sola—. Desde aquí saltabas para ir a ver a Yago.
Él asiente.
—Yo debo ir mucho más atrás —le recuerdo.
—No pasa nada. Cámbiate de ropa, coge armas y dinero, y después ve a dónde quieras. Desde mi lugar secreto, tanto la ida como la vuelta serán seguras —me susurra al ver que Lucía se acerca porque nos hemos quedado atrás.
—Venga, va, no dejéis al pobre hombre hablando solo.
Yo asiento y le hago señales de que ya vamos.
Busco a mi padre con la mirada para que acabe de explicarme el lugar exacto desde el que debo saltar.
Se me acerca poco a poco, con disimulo.
—Puerta negra, a la derecha del lavabo. Entras. A la izquierda hay un armario pequeño. El fondo es falso. —Lucía nos hace gestos con las manos. Se acerca—. Hay un resorte en la esquina inferior izquierda. Dentro tienes de todo.
En ese instante, Lucía llega y se cuelga de mi brazo, y me arrastra hasta donde está el fraile. Madre mía, qué fácil era todo cuando viajaba solo y el mayor peligro era aterrizar sobre un cactus o un borracho dormido en el suelo.
Mi padre me mira.
Yo le digo con los labios mudos: ¿Cuándo?
Él asiente. Ha entendido mi pregunta, básica, por supuesto, si hablamos de un salto al pasado.
Yo sé que este convento es de finales del siglo XIV y principios del XV, pero no lo tengo nada claro.
Antes de que pueda responderme llegamos al patio central.
Lucía sigue colgada de mi brazo, no porque le guste, sino porque así no me quedo de cháchara con mi padre.
—Hermano Jesús —dice mi padre de repente—, cuénteles la historia sobre los inicios de este convento.
Dicho esto, mi padre me guiña un ojo.