El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Tienda de Quim

Salgo del bar y veo humo saliendo de mi tienda. Mi padre está en la puerta, mirando a través del escaparate. Algunos turistas curiosean desde la plaza del Rey, cámaras en mano. Una pareja de los mossos que andaba por la zona se acerca al escuchar la estridente alarma.

—¿Qué ha pasado? —pregunta la mujer policía.

—No lo sabemos —dice mi padre—. Estábamos comiendo y hemos escuchado la alarma. Al llegar aquí hemos visto que se ha activado el generador de niebla.

—Eso es porque ha entrado alguien —le digo.

Me acerco a la puerta y el policía me agarra del brazo.

Me lo quedo mirando.

—Puede que estén todavía dentro —me avisa. Tiene mucha razón—. Vamos a esperar a que se disipe el humo y llegue una patrulla de apoyo.

Un hombre mayor se acerca a la pareja de policía.

—He visto a dos tipos que han salido corriendo de la tienda en cuanto ha empezado a salir el humo. Llevaban unas capuchas negras —les dice. Es el señor Anselmo, vecino de la calle de al lado. Lo conocemos de toda la vida—. Se han ido hacia la Plaça Nova.

—¿Está seguro de eso, señor Anselmo? —le pregunta Lucía, que también lo conoce.

—La vista es de lo poco bueno que me queda —dice convencido antes de seguir su camino. Al pasar por mi lado se detiene y me mira muy serio—. El barrio ya no es el que era, querido Quim.

Yo asiento. Cuánta razón tiene.

En cuanto el humo se desvanece, entramos a la tienda acompañados de los dos policías. Otros dos que han llegado vigilan en la calle. Lucía me sigue de cerca, algo temerosa por si le sale alguien de entre las sombras.

Hay varios cajones abiertos y algunas cosas tiradas por el suelo. Les ha dado tiempo a rebuscar, pero no el suficiente. Estoy seguro de que no esperaban que se disparara el humo.

Bajo al sótano y veo que todo está en su sitio. La esquina del muro que hace de entrada secreta a la cripta está intacta y no hay indicios de que la hayan forzado.

—No han tocado nada de abajo —le digo a la policía antes de que bajen las escaleras. Prefiero que no husmeen demasiado por ahí.

—Menos mal que tiene un buen sistema de seguridad. Si no fuera por eso… —dice el policía.

Yo asiento sin decir nada.

Intento que no se me note demasiado el enorme cabreo que llevo ahora mismo.

El tipo que instaló la alarma y que me cobró un pastón dijo que era de las mejores.

¡Y un huevo! Menuda mierda de sistema tengo si han podido entrar como Pedro por su casa.

Ahora mismo voy a llamar a un amigo que trabaja en el Museo Picasso para que me pase el contacto de su compañía de seguridad.

Esto no puede volver a ocurrir.

No puedo estar preocupado por si entran a robar en mi tienda cada vez que me largo de viaje. O, peor aún, que encuentren mi cripta y se lleven lo que tengo oculto en ella. Me da algo, vamos.

—¿Quiere presentar una denuncia? —pregunta el policía.

—La verdad es que no hay alma viviente a la que poder denunciar —se adelanta a decir el relojero, observando la puerta de la tienda—.

No hay nada roto que reclamar al seguro, ni tan solo un triste rasguño de que hayan forzado la cerradura.

Debo decir que es impresionante que todavía haya gente que trabaje de una forma tan fina.

Sin duda, los que han entrado son profesionales.

—Si hubieran sido ladrones vulgares hubieran roto el cristal de la puerta a pedradas —añade el librero.

La pareja de policías asiente varias veces. Un segundo después, se despiden de nosotros para seguir patrullando.

—Lo que yo te diga, amigo Quim. El que ha abierto esa puerta, que es bastante segura, es un profesional —me susurra el relojero antes de darse media vuelta para volver al bar.

—¿Dónde vas? —pregunta el librero.

—Dónde voy a ir, pues a comer. Aquí no tenemos nada más que hacer que ver pasar el tiempo y, a mi edad, ese es un deporte que no me puedo permitir.

El librero se gira y se nos acerca.

Mi padre y yo lo miramos. Lucía también.

—Ha sido la tipa de esta mañana, estoy seguro —nos dice.

Yo asiento. Si el librero, un tipo que ha formado parte del mejor trío de ladrones que este país ha visto, por no decir de este continente, lo dice, me lo creo sin dudarlo.

—No han esperado ni a la noche —indica mi padre.

—Y eso es lo que me extraña —añade el librero—. Cualquier profesional hubiera entrado de madrugada, cuando las calles están desiertas.

—Igual no sabían que estábamos comiendo ahí —opina Lucía sin demasiado convencimiento.

—Lo sabían, eso es lo que no me cuadra —vuelve a decir el librero. Se queda unos segundos pensativo, tiene la mirada perdida en el interior de la tienda—. Recuerdo una vez en la que hice algo parecido.

Lucía abre los ojos y se lo queda mirando.

Niega con la cabeza.

—Don Emilio, no me diga esas cosas —le regaña.

Ella sabe que no ha sido trigo limpio porque la gente mayor del barrio habla y porque yo le he contado algunos trabajillos que hizo junto al relojero y a mi abuelo Jordi, que en paz descanse. Pero nunca lo ha oído de su boca.

—¿A qué te refieres con algo parecido? —quiere saber mi padre, mientras cierra la puerta de la tienda, conecta de nuevo la alarma y baja la persiana que da a la calle, que antes no estaba cerrada.

—Entré en un local en la peor hora y en el peor momento, pero fue porque necesitaba poner un micrófono esa misma mañana sin excusas —nos susurra, como si el dueño estuviera cerca y todavía pudiera presentar una denuncia—.

No fue para robar nada, el plan era saber dónde tenía escondido lo que en realidad nos interesaba.

—¿Y lo lograste? —pregunta mi padre, expectante.

Lucía niega con la cabeza.

Me mira a mí y suspira.

—Te espero en el bar —me dice antes de marcharse.

—Por supuesto —responde el librero con una sonrisa, recordando viejos tiempos—.

El blanco era un alto mando de la Brigada Político-Social.

Entré en la sede que tenían en Via Laietana por aquel entonces y le coloqué un micro en su despacho.

Sabíamos que tenía un Picasso y un Miró que había expoliado, pero no dónde los tenía guardados.

—¿Se lo robasteis? —pregunta mi padre.

Solo le faltan las palomitas. Disfruta como un niño escuchando las andanzas que su amigo hizo junto a su padre y el relojero.

—Por favor, Félix, ¿tú que crees? —sonríe el librero. Suspira y asiente—. Tu padre fue el que entró en su casa y se llevó esos dos cuadros y siete más que no sabíamos que tenía.

Menudo par de viejales recordando tiempos mejores.

A decir verdad, daría lo que fuera por ver a mi abuelo en acción junto a estos dos. Igual, algún día, vuelvo para espiarlos y admirar cómo trabajaban.

—Tendremos que comprobar si hay micros —les digo.

—Y cámaras —añade el librero—. Antes eran micrófonos, ahora se colocan cámaras en cualquier rincón. Si te han colocado varias, pueden ver lo que haces y lo que dices desde su casa mientras se están tomando una cerveza.

Por mi mente pasa la posibilidad de que alguien me vea abriendo la puerta secreta de la cripta. Se me hiela la sangre solo de pensarlo.

—Volvamos a comer —les digo. Me acerco a mi padre y le susurro por lo bajini—. Ni se te ocurra entrar en la cripta hasta que no limpiemos la tienda a conciencia.

Él asiente. Serio.

Seguro que ya lo había pensado. O no.

No me fío mucho, así que, dicho queda, por si acaso.

—Le diré a Octavi que se pase y se asegure de que no han colocado nada —me dice el librero.

Es una gran idea.

Octavi es el pupilo del relojero y sabe de cosas electrónicas y digitales más que ninguno en el barrio. Es un crack que ya me ha ayudado otras veces. Y muy de fiar, claro está. Es el que lleva la relojería ahora que don Alfonso se ha jubilado.

Al vernos entrar, mi tía Rosa nos interroga con la mirada.

Ha estado todo el rato asomada a la puerta, atenta a lo que sucedía.

Si los ladrones hubieran pasado corriendo por delante de ella, ahora estarían estampados contra la pared del museo y tendrían que sacarlos rascando con una espátula.

Menuda es la Rosa cuando se meten con la familia.

—Alguien ha entrado, pero no falta nada —le digo, aunque Lucía y el relojero ya la habrán puesto al día, por eso no me interroga con más preguntas.

Me siento en la mesa y me doy cuenta de que el relojero ya ha acabado su plato. Me mira.

—El reloj corre imparable, Quimet —se limita a decir.

Pues también es verdad.

—Tendremos que retrasar nuestro viaje —suelta mi padre de repente. Lucía nos mira con los ojos abiertos, como si le hubieran dado una descarga eléctrica.

—¿De qué viaje habláis? —pregunta.

Me mira esperando información.

Espera. Tuerce el gesto.

Noto que empieza a hacer más calor de lo normal.

—No es que lo extrañe, pero hay que admitir que pocas cosas te hacen sentir tan vivo como el tono de una pregunta como esa —me susurra el relojero.

La madre que lo trajo. Menudo elemento está hecho.

—Habíamos hablado de la posibilidad de ir a Huelva a mirar una venta que un tipo quiere hacer —le cuenta mi padre, saliendo bien parado del aprieto en el que me ha metido.

Lucía no ha apartado sus ojos de los míos.

Mi tía nos trae la comida.

—¿Cuándo teníais pensado ir? —pregunta Lucía de nuevo.

El relojero, sentado a mi lado, se acerca con disimulo.

—Ese tono que solo ellas saben impregnar a sus preguntas indica que da igual la respuesta que ofrezcas, porque la partida ya está más perdida que un novio sin calderilla en la verbena de La Paloma —susurra de nuevo.

Pero qué pedazo de cabrito está hecho.

Casi no puedo aguantarme la risa a pesar del momento.

Lucía me contempla extrañada.

—Rosa de mi vida, ponme un chupito de orujo para despertarme, que ya se me ha pasado la hora sexta y estoy algo descolocado por la falta de reposo —le dice el relojero.

—No habíamos hablado de nada todavía —le digo a Lucía. Es la verdad. Todo está en el aire—. Tengo que cuadrar algunos temas antes de poder hacer ese viaje.

—Había pensado que podíamos irnos el domingo. Así no hay que cerrar la tienda —dice mi padre.

Parece que no se entera de que Lucía está medio mosca porque no le había dicho nada. A veces le falta un poco de tacto, aunque en el fondo es normal, lleva solo y sin tener que rendir cuentas a nadie demasiados años.

—Da igual que cerremos mañana —le digo.

—Yo mañana estoy libre —informa Lucía por si no lo sabíamos—. Y el domingo y el lunes también.

Sonríe traviesa

El relojero también.

Mi tía Rosa que no se pierde una, también.

Se acerca y le deja el orujo al relojero.

—Con este tesoro te ha tocado la lotería, niño —le pone la mano a Lucía en el hombro, se agacha y le da un beso—. Así que no la cagues con ella o te daré mamporros hasta que te jubiles.

En cuanto acaba la frase, se pierde en la cocina de nuevo.

Intuyo por el rabillo del ojo que Lucía no deja de mirarme.

Se anuncia entre los dos tiempo inestable, asoman a tus ojos las tormentas.

—Por mí no hay problema —les digo sin tener más opción. Si tengo que elegir entre susto o muerte, elijo susto.—. Si cierro unos temas a tiempo, podemos irnos mañana a primera hora. ¿Qué os parece?

El relojero vuelve a estirar la comisura de sus labios. Sabe que antes de perder mi rey he tirado las fichas. Él no suele sonreír abiertamente, pero conociéndolo, sé que ese gesto quiere decir que se está partiendo el culo a mi costa.

—¡Genial! —exclama Lucía, contenta por salir del barrio y emprender un viaje que la va a llevar a un lugar en el que, como buena historiadora que es, se va a encontrar en su salsa.

—Pero antes hay que dejar listo lo de la tienda —digo mirando a mi padre—. Llamaré al de la alarma para que la revise. No quiero sorpresas mientras estamos fuera.

—Y no te olvides de decirle a Octavi que se pase para hacer un barrido de esos que hace él —apunta el librero, recordando nuestra conversación—. Ya te digo yo que esos te han dejado un regalito o dos.

—No le deis mucho trabajo a mi chaval que luego se me estresa y, cuando se pone nervioso, le tiembla el pulso y los relojes que repara se retrasan más que la Renfe —nos suelta el relojero apurando el orujo.

Apenas escucho esas últimas palabras.

Mi mente se desliza entre las sombras del sótano que da a mi cripta. Casi puedo ver una pequeña cámara escondida, apuntando a la esquina secreta que da acceso a un lugar al que solo ha entrado mi padre además de mí. Una zona que, por nada del mundo, nadie más debe conocer.

Ni siquiera Lucía.