El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Bar de Rosa

Desde mi lugar preferido puedo ver la puerta sin tener que girarme, además de todo el bar.

Siempre que no hay nadie, me siento aquí.

Me quedo atontado mirando a la gente. Observo sus movimientos, sus gestos, e intento imaginar las conversaciones y las vidas que llevan cada uno de ellos.

Soy como un psicólogo de pacotilla que se inventa la vida de los demás mientras toma un café.

Como si no tuviera bastante con lo mío, vamos.

No he dejado de darle vueltas al lugar al que voy a ir con mi padre.

Tengo muchas ganas. La verdad es que hacía mucho tiempo que preparé un viaje a Huelva, pero al final no pude ir.

Me lie con una cosa y con otra y, más tarde, con la búsqueda de mi padre, así que dejé el tema de lado.

Y, mira por dónde, ahora este tema me ha encontrado a mí.

Eso debe de ser una señal del Universo o alguna historia de esas raras que nunca voy a lograr comprender.

Estaba convencido de que en el sur hubo una cultura que se desarrolló en la franja costera, cuando el nivel del mar estaba más alejado de lo que está hoy.

Por eso, decía él, aún no se habían hallado restos ni pruebas, porque la zona quedó sumergida tras la subida del mar y ahora los restos duermen a muchos metros bajo el agua.

Mientras lo escuchaba pensaba en cuánta razón tenía.

Si él supiera… Yo lo he visto con mis propios ojos en otros lugares.

Durante uno de mis viajes caminé por una lengua de tierra que unía la isla de Malta con el continente italiano.

En otro, estuve con una gente maravillosa que vivía en la costa del mar Negro, un lugar que actualmente también está bajo el agua, al igual que todo vestigio de aquel fantástico pueblo.

Aquel tipo habló de la cultura tartésica y del tal Argantonio. También expuso la idea de que anterior a ellos quizás hubo otra civilización, posiblemente más avanzada, que pudo ser de la que habló Platón.

En aquel instante supe que tarde o temprano tendría que ir a meter mis narices por allí, vamos. Más claro, el agua.

—¿Quieres otro café, alma de cántaro?

Mi tía me saca de mis pensamientos.

La miro y tardo unos segundos en reaccionar.

—Espabila, atontao , que siempre estás en las nubes.

Antes de que pueda decirle algo, ya me ha dejado otro café sobre la barra y se aleja sin que pueda decir ni pío.

Bueno, ya que lo ha preparado me lo bebo.

¿Por dónde iba? Ah, sí… Pues eso, que tras unos días investigando y preparando el viaje para saltar al pasado desde allí, pasó lo de siempre, me lie con otras cosas más urgentes y al final lo dejé pendiente.

La puerta del bar se abre y entra toda la troupe .

El relojero, serio, bastón en mano.

El librero, detrás, le aguanta la puerta para que pase.

Mi padre asoma la cabeza y, por último, Lucía, que me mira sonriente, aunque en su cara veo un destello de preocupación que intenta disimular. La conozco tanto que a veces hasta me da miedo.

—¡Ya estamos todos! —se oye decir a mi tía desde la cocina. En el fondo está contenta de tenernos allí, sobre todo, a su hermano del alma. Pero lo demuestra a su manera.

Ya la conocemos.

—Quimet —me saluda el relojero antes de ir a su mesa.

—Quim, me alegra verte —dice el librero.

—Hijo, tenemos que hablar. Te esperamos en la mesa.

Mi padre tan críptico como siempre.

Es tan enigmático que nunca sabes si te va a contar que se ha acabado la leche o que un meteorito está a punto de desintegrar el planeta.

—Buenas tardes al más guapo del barrio —me saluda Lucía. Me da un beso cariñoso y un abrazo de esos que te recarga las pilas para el resto del día.

Se sienta en el taburete de al lado y me mira con esos ojos azules de los que ya no me puedo separar.

Porque una casa sin ti es una oficina, un teléfono ardiendo en la cabina, una palmera en el museo de cera.

—¿Ha pasado algo? —le pregunto.

—Hace un rato ha entrado en la tienda una mujer —me dice. Veo en sus ojos cómo recuerda el momento y un atisbo de inquietud—. Decía que venía a buscar algo que su amigo Pablo le dejó anoche.

Antes de acabar la última palabra, un escalofrío me estremece. Es mi sentido arácnido, avisándome.

—Ha sido una situación extraña —repite antes de ir hacia la mesa donde está el resto y arrastrarme con ella.

Mi tía se acerca cuando ya estamos todos sentados.

Hemos juntado dos mesas, algo que no le gusta. Eso de que la gente le mueva las cosas de sitio la pone muy nerviosa, incluso aunque seamos de la familia.

No dice nada, pero notamos la tensión.

Yo sonrío. Me gusta ponerla nerviosa. Eso le da vidilla.

—A ver, almas perdidas… ¿Qué os pongo de comer? Ayer todo el mundo comió paella y me sobró ternera guisada con patatas, así que tengo para todos, si queréis.

—El guiso, como el buen cocido, está más sabroso el día después de cocinarlo, eso es un hecho por todos conocido, así que yo quiero uno, si es posible —indica el relojero.

Ella lo mira. Cierra un ojo más que el otro.

—Yo también, Rosa. Seguro que está buenísimo —dice Lucía.

Mi tía le sonríe.

—Lo mismo para mí —dice mi padre.

—Otro más —añade el librero.

—Marchando ternera para todos. Así me gusta, que no me compliquéis la vida —suelta antes de darse la vuelta.

Yo no he pedido nada, pero me conformo con la ternera.

Un segundo después, a través de una de las ventanas abiertas del bar nos llega el sonido agudo y estridente de una alarma.

Me fijo en mi padre y veo que tiene los ojos como platos. Antes de que yo pueda reaccionar, se pone de pie y sale corriendo.

—¿Qué le pasa ahora a este? —pregunta mi tía.

—Es la alarma de la tienda —susurro todavía sin entender muy bien lo que sucede.

Mi padre ya está en la calle.

Yo no. Me ha pillado fuera de juego, es la primera vez que la escucho sonar desde que la colocaron hace años.

—Creo que acaban de entrar a robar —digo antes de seguir la estela de mi padre.