Capítulo 19
Plaza del Rey
El sol cae de lleno en las estrechas calles del barrio Gótico de la Ciudad Condal, bañándolo todo con una luz dorada y antigua.
No es temporada de turistas; aun así, decenas de personas deambulan por la parte vieja, atraídos, quizá sin saberlo, por los susurros de las piedras.
Admiran los muros centenarios de la catedral, los adoquines gastados que parecen recordar cada paso y las piedras milenarias que los romanos alzaron.
Si uno se detiene y escucha con el corazón, aún puede oír relatos antiguos, secretos que la piedra te cuenta y que la memoria de la ciudad ya ha olvidado.
Junto al muro de la capilla de Santa Àgata, en la plaza del Rey, cuatro personas permanecen inmóviles.
No hablan, no miran, no fotografían nada.
Solo esperan, con la espalda apoyada en una pared donde aún se distingue el trazo casi borrado de una galera, un dibujo que, siglos atrás, un niño llamado Bernat trazó antes de dejar la ciudad y emprender una gran aventura.
Ellos no lo saben, pero la amistad que aquel chaval tuvo con Quim sigue siendo tan fuerte como la huella de esa piedra, que se niega a desaparecer.
—¿Esa es la tienda? —pregunta Nadia.
—Esa misma —confirma uno de sus hombres.
Todos visten con una ropa parecida a la que llevaban durante al asalto a la comisaria, pero sin los pasamontañas. Pantalones negros y camisetas oscuras.
Hace una hora que un avión privado de alquiler les ha dejado en Barcelona. Sin perder tiempo, se han montado en un taxi y se han presentado ante la tienda donde creen que hizo una parada el huidizo ayudante del difunto anticuario de Triana. A partir de aquí, su teléfono ya no se ha encendido.
—Vamos —ordena Nadia—. Marko, tú entras conmigo. El resto, esperáis fuera.
Se acerca a la puerta y estira. Está abierta a pesar de que el horario marca que debería estar cerrado.
Al entrar ve a un hombre detrás del mostrador.
Es Félix. Está hablando con una mujer joven y con otro hombre algo más mayor.
Son Lucía y don Emilio. Nadia espera. Observa a su alrededor, pero no ve nada especial.
Todo lo que una tienda de antigüedades normal y aburrida puede ofrecer está expuesto en sus vitrinas.
—¿En qué os puedo ayudar? —dice Félix.
Lucía y don Emilio se han quedado hablando junto al mostrador. A Nadia no le parecen clientes, sino amigos asiduos de los que se pasan a charlar cuando no hay nada mejor que hacer.
El hombre mayor la mira sin demasiado disimulo.
No le gusta esa mirada.
—Tenemos un amigo común que nos ha dicho que ha dejado algo para nosotros —le dice Nadia sin rodeos. Ve por el rabillo del ojo que el hombre mayor está con el teléfono en la mano, trasteando con dificultad, como si no supiera muy bien cómo funciona.
—¿Algo para vosotros? —pregunta Félix. La mira durante unos segundos, después mira a su acompañante, que espera en la puerta como si fuera un vigilante jurado—. Nadie nos ha dejado nada. ¿Cuándo dices que lo ha hecho?
—Ayer por la noche —informa.
La cara de Félix apenas cambia, pero ese «apenas» es suficiente para que Nadia preste atención. Ha sido entrenada por los mejores y se ha visto envuelta en decenas de situaciones extrañas, pero algo en su interior le dice que aquí y ahora está pasando algo que no sabe explicar.
La puerta de la tienda se abre y entra otro hombre mayor. Lleva un bastón y camina con lentitud. A Nadia le parece un aristócrata que se ha equivocado de época y de barrio.
—Buenas tardes a todos los presentes. No diré «a todas» también; sería un atentado contra la lengua, y prefiero evitar una acusación de subversión gramatical —suelta de carrerilla.
Mira a sus amigos.
A Nadia, un cuarto de segundo de más.
Ella vuelve a sentir que algo no cuadra en aquel local.
—Alfonso —saluda el encargado del local—. ¿Qué haces tú por aquí? —le pregunta.
—Al ver que ya ha pasado la sagrada hora de la comida y que no había rastro de nadie dispuesto a acompañarme para catar el menú de mi Rosa, me he dicho: ve a buscarlos que seguro andan de palique y cuando quieran sentarse ya no quedará de las viandas ni el olor.
Lucía sonríe.
Nadia no nota a nadie nervioso.
Al contrario.
Si en aquel lugar escondieran algo lo sabría al instante, pero no parece ser así. De todas formas, hay un halo oscuro en el ambiente que no logra descifrar.
—Perdona por la interrupción… ¿Dices que dejaron algo para vosotros? —le pregunta el vendedor. La mira un segundo sin pestañear—. Creo que te confundes de tienda. No aceptamos encargos de ese tipo de nadie. Lo siento.
Nadia vuelve a repasar el local.
—Nuestro amigo se llama Pablo —dice en voz un poco más alta de lo normal—. ¿Seguro que no estuvo aquí ayer por la noche?
Tras soltar la pregunta, percibe que la mujer joven abre los ojos mucho más de lo normal. Intenta disimular, pero ya es tarde. Nadia la ha calado.
Félix percibe en sus ojos un atisbo de luz.
Nadia los observa. Ve a Lucía colorada.
Alfonso y Emilio están serios, en guardia.
El librero la ha calado en cuanto ha entrado. Es perro viejo y sabio y por eso ha avisado a su amigo Alfonso, como si el anciano relojero pudiera hacer algo contra aquellos asesinos profesionales y experimentados.
Tras unos segundos de tensión invisible, la mujer camina hasta la puerta de la entrada. Le hace una señal al tipo que la acompaña y la abre.
—Seguro que tienes razón —dice mirando a Félix con una sonrisa que no gusta a ninguno de los presentes—. Debo haberme equivocado de anticuario.
Los cuatro amigos observan como se alejan caminando hacia la plaza. Allí se les unen otros dos tipos que, sin duda, tienen toda la pinta de ser cualquier cosa menos monaguillos.
—Volverá —susurra don Alfonso—. Puedes apostar lo que quieras a que esa tiparraca y sus secuaces volverán por este local más temprano que tarde.