El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Plaza del Ángel, Madrid

Tras el asalto a la comisaría de Triana, el equipo de Nadia se subió en un coche y no paró hasta llegar a Madrid.

Tiene a dos personas vigilando el laboratorio donde la comisaria dijo que habían enviado la daga.

Esa misma noche intentarán hacerse con ella.

Su prioridad en este instante es encontrar al ayudante del anticuario.

Él debe de saber todo acerca del medallón que otorga la inmortalidad.

A ella no le importa en absoluto, pero a su cliente sí.

Necesita saber si ese objeto tiene fecha de caducidad, si cabe la posibilidad de que un mal uso lo dañe o, peor aún, que haga que su efecto sea el contrario y acabe con su vida en un instante.

Su comprador no quiere riesgos ante un objeto tan desconocido como increíble.

El cliente paga y ella obedece.

La mercenaria carece de patria y de raíces, tanto como de escrúpulos.

No le importan las banderas ni las fronteras.

Nunca se pregunta qué quiere conseguir el que la contrata.

Su empatía hacia el resto de los seres humanos es comparable a la atención que presta a las hormigas cuando camina por la calle.

En el fondo no es culpa suya.

Nadia tenía ocho años cuando ocurrió la masacre de Srebrenica, donde las fuerzas serbobosnias al mando de Ratko Mladić asesinaron en julio de 1995 a más de ocho mil hombres y niños musulmanes, masacre que la ONU calificaría de genocidio posteriormente.

Toda la familia de Nadia murió ante sus ojos.

Ella se salvó tras hacerse la muerta y permanecer más de veinticuatro horas rodeada de los cadáveres de sus hermanos y de sus padres.

Después vagó sola por las calles de una ciudad en ruinas durante las noches.

A veces alguien le daba comida, pero siempre se apartó de la gente.

La soledad se convirtió en su mejor amiga hasta que seis meses después un soldado de la Fuerza de Implementación la encontró medio muerta de frío, durmiendo entre los escombros de una casa.

Un psicólogo de Naciones Unidas que la trató durante el año siguiente escribió en unas líneas un resumen de decenas de sesiones: «Para poder superar su dolor, Nadia ha aprendido a desconectarse de su parte emocional.

Las experiencias traumáticas y el estrés que ha sufrido han hecho de la indiferencia su mecanismo de defensa.

Carece completamente de empatía. Es posible que con el tiempo y un tratamiento adecuado pueda mejorar».

La vida para Nadia no mejoró tras ser acogida por familias que intentaron proporcionarle un entorno normal. Durante los seis meses que estuvo sola, rodeada de muerte y sufrimiento algo se desconectó en su cabeza y nunca más se volvió a conectar.

Su último padre de acogida, un militar serbio retirado, entendió su condición y supo que la única vida posible para ella sería en el ejército, donde podría volcar toda su rabia contenida sin ser juzgada por ello.

Y acertó. Nadia se alistó en cuanto tuvo edad.

Al cabo de un año entró en las fuerzas especiales.

Luchó en varios países y en guerras que no le importaban, pero que llenaban de alguna forma ese vacío intenso que sentía lejos del frente.

Cuando ya no tuvo nada más que aprender, y gracias a los contactos de años de impoluta carrera, se vendió al mejor postor, convirtiéndose en una de las mercenarias más reclamadas del mundo.

—¿Ya tienes localizado al ayudante? —pregunta Nadia, sentada en una silla junto a dos de los componentes de su equipo.

—El móvil del sujeto se activó dos veces: la primera, en un área de servicio de la A-92 a las doce y media del mediodía. La segunda, a las once y cuarenta y cinco de la noche, en Barcelona.

La actual oficina de mando del grupo está en Madrid. En cuanto acabe lo que tiene entre manos, la vaciarán y se moverán a otro lugar distinto sin dejar rastro alguno de su presencia.

—Solo ha llamado a un teléfono dos veces. Pertenece a Quim Mora. Según la base de datos, vive en el número 15 de la calle del Veguer, en Barcelona. Hay una tienda de antigüedades a su nombre en la misma dirección llamada L’antiquari.

—¿Cómo? —pregunta Nadia al no entender el nombre.

—«El anticuario» en catalán.

El joven que da esa información no deja de teclear mientras Nadia escucha.

Es rápido y bueno en lo suyo. Ella solo trabaja con los mejores porque sus clientes pertenecen a una élite muy reducida que así lo requiere.

Hombres y mujeres con fortunas tan inmensas que, si quisieran, podrían fundar sus propios países. O derrocar otros.

Uno de ellos es su cliente actual. Un hombre con una fortuna privada que crece cada día gracias a su privilegiada posición al frente de uno de los países más influyentes del mundo.

Sin embargo, a ese hombre le falta lo mismo que a todos los demás: tiempo. Ese bien invisible que no se puede comprar.

El tiempo siempre termina agotándose.

Tarde o temprano.

A menos, claro está, que seas inmortal.

—No creo que sea casualidad que el ayudante huya directo a otro vendedor de reliquias —dice Nadia pensativa—. Ese tal Quim debe de tener algo especial para que se haya pegado esa paliza conduciendo sin parar.

Ella sabe que, sin duda, habrá muchos anticuarios profesionales en los mil kilómetros que ha recorrido, por lo que ese en concreto debe de tener algo en particular.

Quizá solo ha seguido las órdenes de su jefe, lo que lo hace más especial todavía, sabiendo de quién vienen las órdenes.

—Averigua todo lo que puedas de ese Quim Mora y pásamelo en cuanto lo tengas. Nos vamos a Barcelona.