El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

Tienda de Quim

Durante las últimas dos horas, mi padre y yo hemos estado buscando información sobre Argantonio.

Hemos intentado averiguar dónde vivió, cómo murió, sus ancestros, sus descendientes y cualquier información que nos pudiera ser válida, pero, para nuestra sorpresa, apenas hay hilos de los que tirar.

La historia no se ha portado bien con este hombre y no tiene demasiado que contar del supuesto rey, por no decir nada de nada.

Tampoco de los otros nombres de las tablillas.

El que no es un mito, fue un semidiós o tan solo un recuerdo lejano más propio del mundo de los cuentos que del real.

—Esto es un laberinto sin salida —pienso en voz alta.

Mi padre asiente. Lo noto cansado.

—A ver… ¿Qué tenemos hasta ahora? —se pregunta a sí mismo para poner en orden su cabeza.

Lo conozco muy bien y sé que anda algo perdido—.

Argantonio, rey de Tartessos, una cultura próspera del suroeste de la Península Ibérica, probablemente nacida a orillas del Mediterráneo entre lo que hoy va desde Huelva hasta Málaga, aunque hay restos que llegan hasta Extremadura.

Yo asiento. Eso lo tenemos más o menos claro.

—Reinó sobre el año 600 antes de Cristo —añado redondeando, sin mucho convencimiento—. La principal referencia proviene de Heródoto.

—Así es —confirma mi padre—. Según el historiador griego, fue un rey justo y hospitalario.

Lo presenta casi como un monarca ideal, un símbolo de la riqueza y la nobleza de Tartessos, un pueblo con buenas relaciones comerciales con fenicios.

Los griegos también visitaban la zona, pero no se quedaron.

Mejor dicho, no los dejaron. Por eso eligieron plantar sus asentamientos más hacia el norte.

—Tartessos desaparece de las fuentes en pocas décadas, así como su rey. Una hipótesis sugiere que, tras la conquista de las principales ciudades fenicias por los babilonios, estas decayeron, así como el comercio y sus rutas hacia occidente. Quizás esta fue la causa.

—Tartessos ya estaba bien asentada mucho antes de que llegaran los fenicios.

Rebusca entre unas hojas y saca un papel escrito a mano. Me lo pasa.

—Mira lo que dijo Estrabón de ellos.

Me pasa su móvil y empiezo a leer en voz alta:

—«Tienen fama de ser los más cultos de los íberos; poseen una gramática y tienen escritos de antigua memoria, poemas y leyes en verso, que ellos datan de seis mil años atrás.

Los demás íberos tienen también su gramática; mas ésta ya no es uniforme, porque tampoco hablan todos la misma lengua». Estrabón II I , 1,6.

—No eran salvajes ni pobres —añade mi padre con convencimiento.

—Lo único que está claro es que desaparecieron.

—O se fusionaron con otras culturas posteriores del interior de la Península. Hay restos tartesios que llegan a Extremadura. Quizás hasta más al norte.

—La opción que más me gusta a mí es que hubo una catástrofe natural con grandes inundaciones que borró del mapa a esta civilización de la noche a la mañana.

Mi padre niega con la cabeza.

No está muy convencido de esa teoría.

—No te olvides de que el tema de la Gran Inundación está en boca de casi todas las civilizaciones del mundo —le digo.

—Las fechas no cuadran. La Gran Inundación de la que tú me hablas ocurrió tras la última glaciación, hace aproximadamente once o doce milenios, y aquí hablamos del siglo VI antes de Cristo, más o menos.

En eso tiene razón.

—Pudo haber sido un tsunami. Ha habido varios por esa zona. Hay estudios geológicos que hablan de un evento ocurrido entre el segundo y tercer milenio antes de Cristo, con olas que llegaron varios kilómetros tierra adentro en el litoral andaluz.

—Siguen sin cuadrar las fechas —dice mi padre de nuevo.

Yo lo pienso un instante.

Vuelve a tener razón.

—Estamos discutiendo sobre algo que puedo ir a comprobar en persona —le digo al final, cansado de tantas divagaciones. Él sonríe—. Así que, para sacarnos todas las dudas de una vez por todas, iré a buscar a ese tal Argantonio y veremos si es el mismo tipo y si sabe algo de la daga.

—Pregúntale también por esto —me dice, señalando a una de las dos láminas que ha dejado aparte. Son las de oro.

—¿Por qué?

—Creo que es escritura tartésica —me suelta.

—¿En serio?

La cojo y la miro con detenimiento.

No entiendo ni papa.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunto.

—He buscado en Internet. No hay apenas restos de su escritura, pero mira, hay algunas letras, bueno, símbolos más bien, que me parecen iguales.

—Bueno, ya podría ser, ya. Si hablamos de que Toni Arango era Argantonio, tiene bastante sentido —le digo sin pensarlo. Cualquiera que nos oiga nos encierra en una habitación acolchada de por vida.

—Tendría mucho sentido, así es —añade pensativo.

—Pues nada, en cuanto dé con él, le pido que me traduzca la tablilla también.

Espero que no cobre por horas.

—Querrás decir en cuanto lo veamos —remarca mi padre sonriendo.

Ya sabía yo que este momento iba a llegar.

—Lo siento, pero es mejor que esta vez no vengas conmigo. Hay demasiado riesgo y no quiero que te suceda nada.

Mi padre me mira serio, con esa mezcla de orgullo y preocupación que siempre lleva en los ojos.

—Nadie quiere sufrir tu pérdida de nuevo —le digo.

Parece un adolescente enfadado al que acaban de castigar sin videojuegos ni redes sociales, pero con un dolor más profundo que yo sí entiendo. Me duele verlo así, pero no puedo arriesgarme más.

—Yo creo que es preferible que te quedes aquí y le des una vuelta a todo para asegurarnos —le digo a ver si eso lo convence, aunque no lo creo.

Él niega con la cabeza.

Entiendo que viajar al pasado de nuevo le llena de vida.

Soy consciente de que perdió su don porque yo obtuve el mío, ya que no puede haber dos Señores del Tiempo a la vez. Pero he sentido demasiado pánico y noches de insomnio interminables cada vez que lo he llevado conmigo. Si algo le pasara, no me lo perdonaría jamás.

En este viaje no sé qué me voy a encontrar.

No tengo ni idea.

Por eso prefiero ir solo.

Él lo haría por mí. Y eso, aunque me duela, me da fuerza.

—Iremos juntos a un viaje en el que no haya peligro ni sorpresas, te lo prometo. Cuando quieras ir a ver a tus viejos amigos o pasear por ciudades ya desaparecidas, vamos juntos. Siempre que no haya guerras ni sorpresas a la vuelta de cada esquina.

—Está bien —dice por lo bajini, mientras se va a una esquina y se sienta en una de las sillas. Hojea sus apuntes sin prestarles atención.

Ya se le pasará.

Es mi padre, pero a veces tengo que hacer yo de adulto. Y todo por su propio bien. Lo entiendo. Para él, viajar al pasado era su vida, su pasión. Y desprenderse de eso debe de ser más complicado que hacer dieta trabajando en un bar de tapas.

Al cabo de un rato, cuando ya se le ha pasado el cabreo inicial, se acerca de nuevo hasta la mesa en la que estoy.

—Hay dos lugares posibles donde te aconsejo saltar.

—¿Cuáles son? —le pregunto con interés.

La verdad es que me fío muchísimo más de su opinión que de la mía, porque siempre la cago en la elección y aterrizo donde menos debo.

—Cabezo de San Pedro, en Huelva capital —me dice todavía serio, aunque algo más comunicativo—.

Es una colina natural dentro del casco urbano, una de las elevaciones más antiguamente habitadas de la zona.

En ella se han hallado restos tartésicos y fenicios, un buen lugar para un palacio, ya que tiene buen control visual sobre el estuario.

Porque digo yo que Argantonio debió tener alguno.

—Lo más normal es que así fuera. Y el otro lugar que me recomiendas, ¿cuál es?

—Aquí no creo que tuviera su palacio, pero casi seguro que hubo un templo o algo por el estilo. Es en el entorno de La Rábida, en Palos de la Frontera.

Yo lo miro extrañado.

—¿En la zona del actual monasterio? —le pregunto.

—Así es. Un terreno elevado con acceso a mar abierto.

Tiene conexión directa por agua y tierra con lo que sería la Huelva tartésica.

Y es un lugar con una fuerte carga simbólica y mística, así que estoy seguro de que antes del monasterio que hay actualmente, tuvo que haber un templo.

Creo que también es un punto importante desde el que empezar a buscar.

—Ahí estuvo Colón antes de partir hacia el Nuevo Mundo.

Sonríe. Asiente.

Yo también me río sin darme cuenta.

A nuestra mente llegan los buenos recuerdos de las aventuras con el Almirante. Ese fue el último viaje que hicimos juntos.

—Quizá sea porque ese lugar está relacionado con Colón, pero me convence más. Saltaré y empezaré a buscar desde ese punto. ¿Fecha? —le pregunto.

—Yo empezaría en pleno reinado. Prueba en el 600 antes de Cristo, una fecha intermedia —me sugiere.

Me parece bien.

—Pues no se hable más. Me pongo en marcha ya.

—Intenta averiguar todo lo que puedas sobre ese colgante del que habló el chaval —me dice de repente—. He oído historias sobre algo parecido, cuentos, fábulas lejanas difíciles de creer. Pero vale la pena investigarlo.

Yo asiento.

—Deja que te acompañe al menos en el presente — dice. Me mira sin pretensiones, con los ojos anegados de melancolía y tristeza—. Te esperaré en el convento hasta que vuelvas. Estaré ahí por si te pasa algo. Ya sabes lo patoso que eres con tus saltos.

Sonríe sin maldad. Yo también.

La verdad es que me vendrá bien tenerlo al lado. Sin duda, tiene más experiencia que yo en esta labor que tenemos la gran suerte de poder hacer.

—Está bien. Pero te quedarás en el presente, sin excusas.

Él asiente.

Está contento.

—¿Cuándo nos vamos? —quiere saber.

—Déjame que hable con Víctor . Si no hay inconveniente, saldremos mañana por la mañana —le confirmo.

Sonríe de nuevo.

Salir de la rutina también le vendrá bien.

—Voy a decirle a tu tía que nos iremos de viaje un par de días. —Mira su reloj y ve que ya es casi mediodía—. Mejor se lo digo cuando vaya a comer. Ahora voy a abrir la tienda que ya es hora. ¿Te espero para comer juntos o has quedado con Lucía?

—Ahora la llamaré a ver qué va a hacer, pero, aunque coma con ella, seguro que nos vemos en el bar de la tieta.

Salimos de la cripta y subimos a la tienda.

Mientras él abre para quedarse encargado del negocio, yo me voy a tomar otro café.

Tengo que planificar mentalmente mi próximo viaje, algo que siempre hago antes de saltar.

No es fácil poner sobre la mesa todo lo que te puedes encontrar en cada momento de la historia al que viajo, debe de ser por eso que siempre me encuentro con cosas inesperadas, a veces tan variopintas que muchas han estado a punto de llevarme al otro barrio más de una y de dos veces.