Capítulo 16
Museo Arqueológico
Sevilla
El inspector Ramírez aguardaba con paciencia junto a la puerta del Museo Arqueológico de Sevilla, refugiado en una franja que lo resguardaba de la fina lluvia que seguía cayendo desde primera hora de la mañana. Nadie sabía de aquel encuentro. Ni siquiera su jefa.
Tras el asalto de esa mañana a la comisaría, Morales le aconsejó desaparecer con la daga hasta nuevo aviso. Le ordenó averiguar todo lo posible sobre ella sin levantar sospechas. Ambos sabían que había demasiado en juego, incluso su vida.
Después de colgar, Ramírez no tuvo otra opción que contarle al profesor García lo sucedido. Necesitaba advertirle. Si los asaltantes habían ido a por la daga, cabía la posibilidad de que dieran con él también. Le habló sin rodeos y le reveló que había gente dispuesta a matar por aquel objeto.
El catedrático lo escuchó en silencio. No hizo ningún gesto ni dijo una palabra más.
Solo asintió con una calma inquietante. El estrés era algo que nunca había conocido…
ni estaba dispuesto a conocer. Tan solo le comentó que, si la daga estaba vinculada con la pieza azul de la que habían hablado en su despacho, y ambas compartían la misma antigüedad, era de esperar que alguien quisiera enterrarlo todo.
No mostró miedo, sino determinación. Propuso realizar un estudio paralelo al oficial antes de enviar la pieza al laboratorio central de Madrid, donde, según dijo con ironía, pero con total seriedad, los análisis cuyos resultados eran incómodos solían extraviarse de la manera más oportuna.
Su plan era sencillo y discreto. Propuso examinar la daga en los laboratorios del museo, su segundo hogar cuando no impartía clases en la universidad. Nadie sabría a qué objeto pertenecían las muestras ya que, entre miles de piezas almacenadas, bastaría con camuflarla bajo otra referencia.
A la hora convenida, el profesor sale en su busca.
—Buenas tardes, inspector —saluda sonriente—. Pase.
—Profesor… —responde Ramírez.
Dejan atrás la sala por la que decenas de niños corren, algo típico durante las visitas escolares, y se adentran por una puerta que requiere de un código especial de acceso.
Al entrar, la temperatura cae en picado.
Las luces blancas se encienden solas, bañando la sala con una claridad aséptica.
Todo está tan limpio y despejado que al policía le parece más un quirófano que un laboratorio.
—Veamos que tenemos aquí.
El profesor García se coloca una bata blanca que le va un poco larga, pero algo estrecha.
Ramírez saca la daga y la deja sobre la mesa.
El profesor la desenvuelve con cuidado, quitando lentamente el trapo en el que estaba oculto el cuchillo de hoja azul.
—No debe quedar ninguna marca ni rasguño en el objeto. Recuerde, nadie debe saber que la hemos estudiado.
Las palabras del Ramírez serían preocupantes para cualquier persona normal, pero no para el profesor García. Ese hombre tiene una calma natural que lo ha acompañado durante toda su vida. Quizá es por eso por lo que nunca se enferma.
—Hombre, algo tendré que sacarle para averiguar qué tipo de material es y la antigüedad que tiene, digo yo. A ver si se piensa que pasando la lengua por el mango ya puedo saber su procedencia, como si estuviera catando un vino.
Ramírez mira al científico que tiene delante.
No puede reprimir una leve sonrisa. Aquel hombre de pelo cano que no deja de acomodarse las gafas y de tocarse la barba le cae bien. Observa con una lupa la hoja azulada del cuchillo.
—Veamos… ¿Por dónde empezamos?
—No sabía que además de doctor en Historia era usted un experto en arqueometalurgia.
—Soy una mente inquieta —contesta sin más.
Coloca la daga sobre un cojín magnético y enciende una linterna de fibra óptica. Se acerca con cuidado, mostrando respeto. Observa el brillo, si hay corrosión y los grabados del mango.
—Sin duda alguna creo que este material y aquel del que le hablé en mi despacho son del mismo tipo —susurra el profesor. Se le nota entusiasmado, aunque calmado.
Realiza algunas fotografías con macro sin dejar de tomar notas. Recoge muestras del polvo adherido con bastoncillos de teflón ante la atenta mirada de Ramírez, que no deja de ojear su teléfono por si hay más noticias de los asaltantes.
—La superficie es fría al tacto, incluso después de llevar un rato bajo la lámpara. Parece conducir el calor de forma distinta —informa.
Tras unos veinte minutos de estudio, que al inspector se le han hecho eternos, el profesor lleva la daga hasta otro aparato.
—¿Para qué sirve esto?
—Es un espectrómetro de fluorescencia de rayos X —contesta el profesor, como si esa información revelara algo.
Coloca el sensor a pocos milímetros de la hoja. El equipo emite un leve zumbido, proyectando un haz invisible para ellos. A los pocos segundos aparece en la pantalla una lista de elementos.
—Veamos…
El profesor se ajusta las gafas y lee.
—Hierro, cero por ciento. Cobre, cero por ciento. Titanio, cero por ciento también.
El inspector se acerca y lee el mensaje que aparece bajo los números.
—Elementos fuera del rango de calibrado. ¿Qué quiere decir eso? —pregunta.
—Significa que el aparato no reconoce lo que está leyendo.
Ambos se quedan en silencio unos segundos.
—Eso quiere decir que los resultados del primer análisis que hicimos son correctos —indica el policía—. Los que decían que el material no tenía procedencia terrestre conocida.
El profesor se sienta en una silla.
Asiente en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras baraja varias posibilidades en su cabeza.
—Así es —confirma con lentitud—. A primera vista podemos decir que este material no es de por aquí cerca.
—¿Cuál es la siguiente prueba? —pregunta Ramírez.
—Debo extraer una muestra de la hoja. No se preocupe, será la mitad del tamaño de un grano de sal, nadie se dará cuenta de que le falta ese pedacito de nada.
—¿Y qué hará con ella?
—Yo nada. La enviaremos al laboratorio con el que trabajamos en Barcelona para hacerle un microanálisis.
Podremos ver su estructura atómica y medir los espectros magnéticos emitidos por los electrones —explica el profesor sin mirar a su invitado.
Si lo hubiera mirado a los ojos se hubiera dado cuenta de que este no entendía una palabra de lo que decía—.
Esta prueba tardará entre una y dos semanas.
—¿Está seguro de que nadie sabrá que la muestra pertenece a esta daga? —pregunta para asegurarse.
El profesor se acerca a la pared del fondo.
En este instante el inspector se percata de que no es solo una pared, sino un enorme mueble blanco que, sin duda, está hecho a medida.
Lo observa y ve que debe de tener como mil cajones de distintas anchuras y alturas.
El profesor busca uno en concreto. Lo abre. Saca una caja pequeña y se la muestra.
—Esto es una efigie encontrada cerca de Doñana —informa el profesor sin abrir la caja. Es transparente y se puede ver un pequeño busto azulado que parece estar fabricado con idéntico material que la daga—. Apunte esta referencia en un papel.
Tras dictarle una serie de letras y números, guarda la caja donde estaba.
—Cualquiera que rastree nuestra muestra acabará aquí buscando ese busto —sonríe el profesor de forma traviesa. Se vuelve a poner las gafas y se sienta de nuevo—. Si ese objeto desaparece algún día, como por arte de magia, es que esta daga es incluso más importante de lo que creemos.
—¿Qué me dice del mango?
—Que es muy bonito —responde García, mientras extrae la minúscula muestra de la hoja y la coloca en una bolsita.
—¿Podemos averiguar algo sobre él? Parece estar hecho de hueso —añade el Ramírez.
—Sin duda es hueso —confirma García observándolo con calma—. Enviaré una esquirla a un amigo que trabaja en un laboratorio de Oxford. Nadie se enterará si se lo pido como un favor personal. Con una datación por radiocarbono podremos saber su antigüedad con un margen de error de cuarenta años.
—¿Cuánto tiempo tardarán los resultados de esa prueba?
—Si junto a la esquirla le enviamos una botella de Johnnie Walker, en menos de tres semanas los tenemos.
—Eso es mucho tiempo.
—Esas pruebas necesitan de un proceso largo y complejo. Aquí y en cualquier parte del mundo.
Dicho esto, el profesor se levanta de nuevo, se acerca al mueble y abre otro de los cajones. En su interior hay una bolsa repleta de pequeños huesos humanos encontrados no muy lejos de allí.
—¡Apunte! —le grita y a continuación le canta otra referencia distinta para poner en la petición.
En cuanto las muestras están listas, el policía envuelve de nuevo la daga en su trapo y se la guarda en la chaqueta. García lo mira en silencio. Su cara quiere decir algo, pero no abre la boca.
—¿Qué le pasa, profesor? —quiere saber Ramírez.
—No creo que sea buena idea llevar encima ese objeto tan sumamente valioso —opina con razón.
A Ramírez tampoco le hace ninguna gracia.
—Lo podemos esconder aquí —propone García.
—¿Dónde?
García se levanta y camina hacia una de las puertas. Le hace señales para que lo acompañe. Teclea un código de seguridad y la abre. Entran en otra sala mucho más pequeña. Al fondo les aguarda una enorme puerta blindada, parecida a la de un banco.
—Ahí dentro guardamos lo más valioso del museo cuando no está expuesto —informa el catedrático—. Si quiere, la podemos esconder entre otros objetos. Nadie va a entrar aquí.
Ramírez se lo queda mirando unos segundos.
—No se ofenda, profesor, pero si a usted le pasara algo, ni siquiera yo podría recuperar la daga —le dice con todo el tacto del que es capaz.
Tras unos segundos pensativo, García asiente.
—Tiene razón. Venga —le dice antes de salir de la sala y cerrar la puerta tras ellos.
Se acerca hasta el mueble blanco de los mil cajones y abre uno de ellos. Ramírez se asoma y ve unas piedras grises. García saca la bandeja con las piedras, mete la mano en el hueco que queda y saca un paquete de cigarrillos que tienen más años que las propias piedras.
El inspector lo mira. Sonríe.
—Aquí guardaba el tabaco cuando fumaba. Sigue ahí para convencerme de que soy más fuerte que el vicio. Si metemos la daga aquí dentro estará a salvo y usted podrá recuperarla, aunque yo pase a mejor vida —le dice sonriendo.
El policía asiente y esconde la daga junto al tabaco. García coloca la caja con las piedras, que encaja a la perfección, y cierra el cajón y señala la etiqueta pegada en él. En ella puede ver el número 70.
—Mi año de nacimiento —susurra Ramírez.
Al cabo de unos minutos los dos hombres se despiden.
El profesor se queda en su laboratorio para acabar de preparar el envío, mientras el inspector sale a un pasillo abarrotado de antigüedades que ya se encuentra en la zona pública, donde decenas de personas admiran la colección del Tesoro del Carambolo, una serie de piezas de oro de la cultura tartésica.