El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Tienda de Quim

Al salir a la calle el sol me saluda con más fuerza de lo acostumbrado para esta época.

Hoy va a ser un día de esos de los que tengo que subir a cambiarme de ropa para no sudar a chorros.

Antes de girar a la izquierda para ir a mi tienda, me llega el aroma matutino del café de mi tía Rosa.

Tardo dos segundos en decidirme si girar para un lado o para otro.

Muy a mi pesar, decido ir a la tienda. He quedado con mi padre a las diez en punto para seguir investigando las tablillas que Pablo nos dejó ayer noche antes de salir pitando de la ciudad.

Lucía no quería perderse este momento, pero tenía temas agendados durante toda la mañana. Se ha levantado antes y ya debe de estar trabajando en el museo. Estoy seguro de que antes de comer está en la tienda con mil preguntas sobre todo lo que hayamos averiguado.

La persiana de la tienda está abierta. Sin duda, el ansias de mi padre no me ha podido esperar. Habrá bajado más pronto para estudiar las láminas él solo.

Empujo la puerta, pero está cerrada. Me asomo al cristal y no lo veo. Debe de estar abajo, en el sótano. O incluso más abajo, en mi cripta secreta, donde se guardan las cosas importantes de verdad.

Tecleo mi código y la puerta se abre.

Vuelvo a cerrar con llave y me aseguro de que el cartel de «cerrado» queda bien visible. Algo me dice que hoy abriremos más tarde de lo normal.

Bajo al sótano y camino hasta la puerta oculta que da acceso a mi cripta. A mi santuario especial. Pulso sobre el ladrillo correspondiente y pivota para dejar a la vista un teclado.

Tecleo los diez dígitos de mi clave.

Luz verde.

Aparece un sensor de huella dactilar.

Coloco el dedo.

Otra luz verde acompañada de un leve chasquido.

La esquina entera se abre y me invita a entrar.

Al asomarme, veo luz. Ahí está el impaciente de mi padre, que no ha podido esperarme. En cuando bajo las escaleras llego a la cripta. Es una sala grande e iluminada a la perfección. Me costó una pasta dejarla como está, pero cada euro invertido vale la pena.

Mi padre está arrodillado en medio de la estancia, rodeado de papeles y las tablillas puestas en fila.

Me mira. Sonríe.

—Buenos días por la mañana.

—Anda que me has esperado —protesto.

—No podía dormir, Quim. Estuve toda la noche dando vueltas sin parar hasta las cuatro. Cuando ya no pude más, bajé para empezar a ordenar cosas.

—No, si ya lo sabía yo —mascullo a la vez que niego con la cabeza. Debe de llevar allí un montón de horas. Tendría que haberlo sospechado. Parezco un novato.

—Míralo por el lado bueno —me dice.

Yo me lo quedo mirando, esperando algo más de información. Solo me he tomado un café y mi paciencia es similar a la de un búfalo en época de celo.

—Puedes explicarte cuando quieras —le digo mientras me acerco a la cafetera que tengo en una esquina. Tengo otra arriba, en la tienda, pero esta de aquí me evita tener que subir cada vez que me apetece una café, algo que ocurre a menudo.

Lleno el cestillo de café y lo encajo en la máquina. Acciono el botón y espero a que caiga el oro negro humeante.

Mi padre me mira con ojos de cachorro abandonado.

—¿Quieres uno? —le pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—Vale. Un corto, por favor y gracias —suelta de carrerilla. Yo sonrío. En el fondo siempre me hace sonreír.

En estos momentos me doy cuenta de cuánto lo eché de menos durante los ocho años en los que estuvo desaparecido y lo dimos por muerto. Por suerte, lo encontré perdido en el pasado, anclado en una época de la que no podía volver.

—He averiguado algo que te va a flipar pepinillos —me dice nervioso.

—A ver, cuenta…

Le entrego su café y se lo bebe de un sorbo.

Antes de que me dé cuenta, me devuelve el vaso vacío.

Lo dejo en el mueble y saboreo el mío como es debido.

—Creo que, menos estas de aquí —dice separando dos tablillas del resto—, el resto de las láminas hablan de la misma persona.

Yo lo miro.

Bebo. Observo todo lo que hay esparcido por el suelo de mi cripta. Bebo de nuevo.

—A ver, Feliciano…

Mi tía siempre le llama así cuando se enfada con él. A mi padre no le gusta, por eso lo uso cuando lo que está diciendo es una soberana tontería y tengo que regañarle.

Me mira con rabia contenida.

—Sabes tan bien como yo que entre esto de aquí —señalo con el pie a la cuneiforme—, y esta otra de aquí —ahora señalo a una escrita en latín—, hay muchos siglos de diferencia y miles de kilómetros distancia.

Él asiente. No dice nada, solo espera.

—A ver, dime quién es porque, vamos, ni de Jesucristo se ha hablado tanto y durante tanto tiempo.

Sonríe sin decir nada.

Me acabo el café, pero no es suficiente cafeína como para estar despierto y seguirle el juego. Me hago otro.

—Mira este texto de aquí —indica.

Me pasa unos guantes que me pongo antes de coger una lámina de plata grabada con una letra pulida y clara. El escriba tenía una muy buena caligrafía y el artesano que la grabó era un maestro con mucha experiencia, de eso no hay duda.

—¿Qué idioma es este? Me suenan alunas cosas, pero no lo reconozco.

—Fenicio.

—Ayer me quedó claro que sabías leerlo —le digo.

—Sí, aprendí hace años. Estuve viajando con ellos cuando eran una potencia comercial en el Mediterráneo. Un pueblo fantástico del que aprendí mucho.

En sus ojos hay nostalgia verdadera.

—¿Qué pone aquí? —quiero saber.

Él se acerca a la lámina y la coge. Sus guantes blancos tienen tonos marrones de haber manipulado tantos artículos durante las horas que lleva aquí metido.

Pone el dedo encima de la primera línea y lee.

—«En Tartessos reinó Argantonio, rey inmortal entre los hombres. Sus lunas eran como los mares que nunca se acaban. Su voz, un viento tan antiguo como la tierra misma».

Yo lo miro extrañado.

No sé a dónde quiere llegar.

—Me suena ese nombre —le digo.

La verdad es que no demasiado, solo de algunos documentales que me pongo antes de quedarme frito en la siesta.

—Dicen que reinó ochenta años y vivió ciento veinte. Rico y longevo. Lo tenía todo el tipo —me informa mi padre.

—¿Lo conociste? —quiero saber.

—No. No llegué a las costas ibéricas con los fenicios.

Me quedé en Cartago. Siempre lo fui dejando como algo pendiente y al final, ya ves —susurra, apenado por no poder volver a vivir esos increíbles momentos—.

Argantonio reinó en la zona que hoy ocupa el sur de la Península.

Algunos historiadores creen que su figura fue real, pero que se engrandeció con el tiempo hasta adquirir tintes míticos.

—¿Qué tiene de especial ese poema?

—Que se repite una y otra vez, en diferentes épocas, en distintas civilizaciones y culturas. Lo único que cambia es el idioma, el nombre del lugar y el del rey, del monarca, del dios o de la figura que sea en cada instante de la historia.

Mi padre camina con cuidado entre todo lo que hay esparcido por el suelo. Se acerca a la mesa que tengo donde suelo reparar y estudiar mis objetos más preciados y la veo repleta de papeles. Se coloca junto al primero y me hace señales para que me acerque.

—¿En todas las tablillas pone eso una y otra vez? —pregunto extrañado.

—En todas, menos en dos. De esas dos —señala a las que antes ha separado, las que son más finas y de oro—, ya hablaremos después. Mira esta sumeria de bronce —me dice.

La observo, la leo.

El mismo poema con otro nombre.

—Ahora, esta griega; está grabada en una lámina de plomo.

Un poema similar, con otras palabras y con el nombre de otro monarca.

—Mira esta. Es preciosa.

Es otra lámina de cobre escrita en hebreo. Brilla como si fuera nueva. La leo con calma y compruebo que, realmente, vuelve a mostrar el mismo texto, con pequeñas variaciones.

—Aquí tienes otra de cobre de la India. Una de bronce en latín del imperio romano. Estas están grabadas en castellano antiguo, ayer no las vimos. También hay en árabe…

Mis ojos ven lo que ven y no tengo más remedio que darle la razón al cabezón de mi padre.

A pesar de que sea algo increíble, nosotros hemos vivido situaciones que lo son mucho más, así que ambos tenemos la mente muy abierta.

A veces, incluso demasiado, tanto que rozamos la locura de la insensatez más absoluta con asiduidad.

Lo que tengo ante mí es real.

Al menos lo parece, a falta de las pruebas pertinentes de antigüedad y esas cosas que tan poco nos gustan.

—Está bien. Ya veo por dónde vas. Pero esto no quiere decir que haya sido escrito por la misma persona.

—No, claro está. Yo no he dicho eso en ningún momento.

Sonríe mientras recoge las tablillas y las apila.

Qué rabia me da cuando sabe algo que yo no sé. Y mira que a él le gusta estirar el chicle del suspense, cosa que yo odio. Y menos a estas horas, cuando mi cerebro todavía no se ha despertado del todo para tantas adivinanzas.

Cuando está satisfecho, vuelve a señalar a los escritos que hay sobre la mesa. Entonces se acerca de nuevo al papiro fenicio.

Me mira.

—Como has visto, el texto es muy similar en todas, pero cambia el nombre del personaje. En esta es Argantonio —señala.

—Del que ya hemos hablado —le digo, para que acelere.

—Que significa «el hombre de plata» o «el hombre plateado». Se dice que lo llamaban así por la cantidad de plata que había en el sur por aquella época…

Yo lo miro sin entender muy bien a qué quiere jugar.

Coloca todas las tablillas en fila sobre la mesa.

—Lee el nombre de la persona en todas —me indica.

Joder. Me da mucho palo, pero tengo claro que no tengo otra opción. No vamos a salir de aquí hasta que acabemos con esto cómo y cuándo él quiera.

—En la tablilla sumeria hablan de… Dumu-Šepû.

—«Hijo del brillo» o «hijo del metal» —añade mi padre. Lo pienso un segundo y asiento. Tiene razón.

—En la griega, de Argyrántēs…

—Que en griego viene a significar «hombre de plata».

Lo pienso de nuevo y veo que también es correcto.

—En la hebrea habla de Ish Kesef…

—¿Traducción literal? —pregunta. No hace falta que le conteste, ya lo hace él solito—: «Hombre de plata».

Esto ya empieza a ponerme nervioso y él lo sabe.

—En la de la India se habla de Rajat-Ananta… «El ser eterno y plateado» —traduzco antes de que lo haga él.

—Yo diría más bien «el plateado eterno», pero me vale.

—En latín hablan de Argentarius.

—Más claro el agua —añade sonriendo.

—En la escrita en castellano antiguo hablan de don Argenio. Vamos, más de lo mismo —susurro.

—Y en las árabes nombran a Ibn al-Fidda —dice mi padre para acabar. Me mira. Yo asiento. Otra vez hablan del dichoso señor de plata.

Las traducciones básicas entre todos los nombres tienen el mismo significado. El de un hombre relacionado con la plata, o con el color plata o con un brillo como el de la plata.

—A pesar de las culturas y el paso de los milenios, todas hablan de la misma persona.

O del mismo ser —resume mi padre, convencido como pocas veces lo he visto—.

El mismo hombre con el mismo significado en su nombre a pesar de las variaciones culturales y la época —repite levantando las manos.

Está completamente seguro de lo que dice.

—No sé —respondo sin más—. Puede ser.

Mi padre señala a la última tablilla que se ha guardado.

—Esta es la más moderna. Grabada en español de hoy en día. Léela —me ordena.

Me acerco y veo que es el mismo poema, pero el nombre cambia. Me fijo en él y me quedo helado.

—Aquí esa persona se llama Toni Arango —susurro. Pienso unos segundos, pero no le encuentro el sentido—. ¿No creerás que ese tipo del que hablan todas las tablillas a lo largo de milenios es el anticuario que mataron ayer en Triana?

—Creo que así es —sugiere mi padre sin dudarlo.

—Vamos a ver, alma de cántaro… Si todas las tablillas hablan del mismo individuo quiere decir que era inmortal. O un mito.

Mi padre me mira y se encoge de hombros.

—¿Y qué tiene de extraño? Nosotros viajamos en el tiempo. Podríamos ser dioses para muchos. Inmortales para otros.

—¿Quieres decir que era como nosotros? —le digo mientras divago conmigo mismo.

No responde.

—¿Por qué murió ayer mismo durante un robo? —pregunto, por decir algo. Cuando se pone así de cabezón es muy difícil sacarlo del camino—. Nosotros hubiéramos saltado a otro tiempo si la cosa estaba tan mal.

—No creo que fuera como nosotros —me dice.

No entiendo nada entonces.

—Creo que era inmortal.

Ah, bueno, pues ahora me queda todo mucho más claro, dónde va a parar. Niego con la cabeza.

—Entonces… ¿por qué murió?

—Lo he pensado mucho y creo que, posiblemente, la daga azul que dijo Pablo que le clavaron era de un material especial, capaz de quitarle la vida —me suelta como si estuviéramos hablando de la kriptonita de Superman—.

Ya lo oíste. Le pegaron dos tiros en el pecho, escupió las balas y se levantó como si nada.

Pero le clavaron un cuchillito en la espalda, en un lugar no mortal, y la palmó como si le hubieran seccionado una arteria principal.

Levanto las manos con la intención de debatir esa absurda idea, pero no puedo decir nada.

No sé por qué toda esa historia me suena factible.

Faltan muchos cabos por atar, cierto, pero he visto cosas más increíbles que he creído con menos pruebas de las que hay sobre la mesa. Aun así, no voy a ceder tan pronto.

—El nombre del anticuario asesinado no tiene ninguna relación con el significado de los otros más antiguos —le digo después de pensarlo unos segundos—. Ni hombre plateado ni brillante ni nada de eso.

Él me mira, con esos ojos de nuevo. Con la mirada del que tiene la solución al dilema, pero que juega contigo desde el principio de la partida.

Se acerca a la lámina, coge una hoja y el lápiz que hay sobre la mesa y copia el mismo nombre:

Toni Arango.

Después empieza a hacer líneas cruzadas desde cada una de las letras del nombre, hasta que veo que, con las mismas letras, se forma otro nombre distinto. Uno del que ya hemos hablado.

Me mira con cariño y con orgullo a partes iguales.

—Toni Arango es un anagrama de Argantonio, hijo mío.