El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Universidad de Sevilla

El sol de la mañana cae oblicuo sobre los naranjos del patio central de la Universidad de Sevilla.

El aire huele a petricor y a azahar, y por un momento la ciudad parece ajena a los problemas que asolan al resto del mundo.

A las ocho en punto, el inspector Ramírez cruza el pasillo principal del edificio y se detiene ante una puerta de madera con una pequeña placa dorada que reza: «Dr. Alfredo García.

Departamento de Arqueología y Prehistoria».

Llama dos veces con los nudillos.

—Adelante —responde una voz grave y educada.

El despacho es amplio, pero el desorden lo vuelve pequeño.

Libros apilados, vitrinas llenas de fragmentos de cerámica y piezas metálicas cubiertas por etiquetas amarillentas.

En el centro de la sala hay un hombre sentado tras una mesa tan repleta de trastos que sería imposible adivinar su color.

Aparenta tener unos sesenta años, delgado, con barba blanca y gafas redondas.

Mira curioso al tipo que acaba de entrar.

En su mano todavía mantiene una lupa, bajo esta, una tablilla de barro rojo.

—Inspector Ramírez, ¿verdad? —dice el profesor.

—El mismo. —Ramírez muestra su placa y la vuelve a guardar—. Gracias por recibirme tan temprano.

García deja la lupa sobre la mesa y sonríe con amabilidad.

—Los arqueólogos somos madrugadores por naturaleza. El pasado no espera. Y si pasamos de los sesenta ya ni le digo.

Ramírez sostiene una pequeña caja negra, la quiere colocar sobre la mesa, pero no encuentra dónde.

El profesor se levanta y retira una pila de documentos, que deja sobre una estantería, encajándolos en el único hueco libre como un experto jugador de Tetris.

El inspector deposita la caja con cuidado.

—Esto es lo que necesito que vea, profesor.

García abre la caja con curiosidad, aparta el papel de burbujas y, al descubrir la daga, se queda inmóvil. Durante unos segundos solo se escucha el zumbido del viejo fluorescente que debe de llevar ahí desde principios de los ochenta.

—Dios mío… —susurra finalmente el profesor. Acerca el rostro con cuidado—. ¿Dónde ha encontrado esto?

—En la escena de un homicidio. Pertenecía a un anticuario. El señor Arango, igual lo conoce…

El profesor lo mira.

—Perdone, él era anticuario, usted arqueólogo y los dos de Sevilla. Quizás he supuesto mal.

—¿Era? —pregunta, atónito.

El inspector traga saliva.

—Lo asesinaron ayer en su tienda —confirma.

—Dios mío —susurra el profesor sin darse cuenta—. Pobre hombre. Sí, lo conozco. Lo conocía —rectifica—. Un hombre un poco especial pero buena persona y un gran conocedor de nuestra historia. No me lo puedo creer. ¿Y dice que lo asesinaron?

El inspector asiente.

—Con esta misma daga —confirma.

El profesor García vuelve a fijarse en ella como si la noticia no fuera fresca y ya la hubiera asimilado por completo. Pasa los dedos a un centímetro del metal, sin tocarlo.

—No la toque, por favor —advierte el inspector.

—Tranquilo, inspector. No soy tan imprudente.

El profesor lo mira y medio sonríe, aunque su expresión es más de fascinación que de humor.

—Este color… no es pátina, ni oxidación. Es algo distinto.

—Los análisis preliminares que le hemos realizado no identifican la aleación —explica Ramírez—. Ni siquiera contiene metales reconocibles.

—¿Ninguno?

—Nada de nada. Según el informe preliminar, no tiene procedencia terrestre conocida.

El arqueólogo se recuesta lentamente en su silla, cruzando las manos sobre el pecho.

—¿Se da cuenta de lo que está diciendo? —pregunta en voz baja—.

Este tono azulado… he visto algo parecido en un fragmento de una reliquia tartésica hallada en la desembocadura del Guadalquivir hace más de veinte años.

Una pieza que, según los análisis que le hicieron hasta en tres ocasiones, tenía una antigüedad imposible.

Ramírez lo observa.

—Nunca he oído hablar de una pieza así —contesta.

—Y no creo que nunca lo haga —añade el profesor al instante—. ¿Quién va a ser el loco que exponga algo así sin perder su trabajo?

El profesor se levanta y se acerca a una vitrina.

La abre, aparta los objetos que guarda en su interior y presiona el panel del fondo.

Al instante, este gira sobre sí mismo y deja al descubierto un estrecho compartimento oculto.

De su interior saca una carpeta oscura. Se acerca al inspector y se la enseña.

Contiene algunas fotografías antiguas. En una de ellas, aparece una hoja metálica con el mismo brillo azul que la daga.

—Esto fue catalogado como anomalía geológica por tres laboratorios distintos —continúa explicando el profesor García—. Si su daga está hecha del mismo material… puede que estemos ante un objeto anterior a toda civilización conocida.

El inspector frunce el ceño.

—¿Se refiere anterior a los fenicios?

El profesor niega con la cabeza.

—Me refiero anterior a la humanidad tal y como la conocemos nosotros, inspector. Y eso, créame, lo cambia absolutamente todo.

El inspector observa al arqueólogo. Ha vuelto a coger su lupa para repasar de nuevo cada centímetro de la daga.

No dice nada. Ambos están en silencio durante un largo rato.

Donde uno ve un arma, el otro una reliquia imposible.

Donde uno ve un callejón sin salida, el otro una puerta abierta a un mundo repleto de posibilidades todavía por descubrir.

Ninguno de los dos sabe aún que esa daga azul no ha terminado de contar su historia.

Un sonido agudo saca al inspector de sus pensamientos.

Alguien lo está llamando.

Mira la pantalla de su móvil y ve que es su jefa.