Capítulo 13
Comisaría de Triana
La comisaria Morales llega, como cada día suele hacer, a las ocho menos veinte de la mañana. Es mujer de costumbres y cumple siempre con sus rutinas. Después de llevar a su hija al colegio toma un café en el bar de enfrente de la comisaría, y lee el diario hasta que llega la hora indicada.
Deja su bolso colgado tras la puerta de su despacho cuando algo llama su atención.
Un sonido que ha escuchado cientos de veces, pero nunca entre aquellas paredes.
Al oír el segundo y el tercer disparo reacciona.
Con el cuarto, los cristales de la ventana estallan en miles de fragmentos cortantes que hieren a un agente que se asoma a curiosear qué está ocurriendo.
Al instante, tres figuras encapuchadas y vestidas de negro irrumpen en la sala principal. A esa hora todavía no han llegado todos los agentes de servicio, un dato que, con seguridad, conocen los asaltantes.
Uno de los policías presentes saca su arma y dispara, hiriendo a uno de los intrusos en el brazo. Un cuarto encapuchado aparece entonces y dispara al agente en la cabeza. El policía muere en el acto. Morales ve su cabeza en el suelo con los ojos aún abiertos.
El intercambio de disparos es interminable. Tres agentes apostados en distintos puntos responden sin cesar. La comisaria también dispara desde el pasillo, parapetada tras una esquina.
Un minuto y medio después, los policías se quedan sin munición y se rinden. No hay otra opción contra unas armas automáticas que parecen disponer de un suministro inagotable de balas.
Los encapuchados les colocan de rodillas y atan sus manos con bridas.
La primera en hablar es la comisaria. Su voz no tiembla a pesar de lo vivido. No es su primer tiroteo ni su primera batalla con fuego cruzado.
—¿Qué queréis? —pregunta.
Uno de los asaltantes se acerca a ella, se quita la capucha sin temor a ser reconocido y la mira a los ojos. Ella ve la oscuridad en esa mirada, la sombra de quien no teme a la muerte y no tiene problema en dársela a quien se cruce en su camino, si así lo exige su misión.
—¿Dónde está la daga? —pregunta.
La comisaria reconoce a la mujer por las grabaciones de la cámara de la tienda de antigüedades. Es la misma que mató al anticuario el día anterior. Es la asesina de Toni Arango.
—No te lo voy a repetir —dice en voz alta, para que todos los agentes la oigan—. En un minuto nos iremos de aquí. Si es con la daga, vivís. Si no, morís. Decide.
La comisaria mira a los agentes y ve pánico en sus ojos. Por la situación que están viviendo y porque saben que esa mujer no se deja intimidar ni siquiera cuando su propia vida forma parte de la moneda de cambio.
Respira hondo y comprende que no solo su vida está en juego, sino también la de los otros tres agentes, cuyas esposas e hijos conoce personalmente.
—No la tenemos nosotros —contesta antes de que la paciencia de la asesina llegue a su fin—. La enviamos ayer por la tarde al laboratorio central de Madrid.
—¿Por qué? —pregunta mientras apunta a la comisaria a la cabeza.
—Nuestro laboratorio no supo identificar el material con el que está fabricada el arma —responde la comisaria. Esa parte es verdad—. Desde Madrid la reclamaron para hacer más análisis. Estaban muy interesados —miente ahora, pero la explicación suena verosímil.
La mujer da unos pasos y presiona la culata del arma contra la frente de la comisaria, que mantiene los ojos abiertos, aunque espera lo peor.
En ese instante piensa en su hija, la imagina llorando desconsolada sobre un ataúd cerrado.
Piensa que la vida no es justa y que cada uno juega con las cartas que le reparte el destino.
A algunos les toca una buena mano. Ella ha hecho lo que ha podido con las que le tocaron. No se arrepiente de nada.
La asesina queda a un palmo de sus ojos. La comisaria la observa agachada, frente a ella; contempla esos ojos que sin duda son de un demonio reencarnado en una morena de rasgos bonitos, piel suave y edad indescifrable.
—Si me has engañado, volveré a por ti —le susurra.
Antes de que nadie reaccione, los cuatro asaltantes desaparecen con la misma rapidez con la que han llegado.
La profesionalidad del equipo está fuera de duda.
La comisaria conoce bien a grupos de asalto, cuerpos especiales y misiones secretas, y sabe reconocer a uno de élite cuando lo tiene delante.
Los agentes respiran aliviados.
La comisaria grita, liberando la rabia contenida, y los asusta de nuevo. Su grito nace de la impotencia y la tensión acumulada durante esos minutos.
Tras unos segundos para recomponerse, saca el teléfono y marca el número de su viejo amigo, el inspector Ramírez.
Él tiene la daga en su poder y debe saber que su vida está en un grave peligro. Tiene que avisarle sin falta.
Cualquiera que esté cerca de ese cuchillo corre el riesgo de acabar muerto.