El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Tienda de Quim

La Navidad ha llegado antes de tiempo. Mi padre y yo parecemos niños pequeños, nerviosos, deseando desenvolver su regalo.

Lucía no está tan ansiosa como nosotros, pero tarda muy poco en contagiarse.

Y es que no es para menos. Una caja cerrada con una gran historia detrás.

Triste, es cierto, pero con un montonazo de posibilidades en su interior.

—¿A qué esperamos para abrirla? —dice Lucía.

—¡Adelante! —contesta el ansias de mi padre.

Quita el precinto de la caja.

Al abrirla, se queda unos segundos observando el interior. Dentro hay otra caja más, esta es de plástico, de las que se usan para guardar equipos fotográficos o de grabación. Eso quiere decir que lo que hay dentro es valioso.

Mi padre la abre.

En su interior aparecen, rodeadas de espuma negra que las protege, varias tablillas de distintos materiales. La primera parece ser de arcilla y de un par de centímetros de grosor.

Las va sacando y las observa bajo la luz de la tienda.

Emite sombras mágicas, casi hipnóticas.

Tanto Lucía como yo la miramos con atención.

Creo que los tres sabemos lo que es.

—Es una tablilla sumeria… —susurra la historiadora, como si el efecto de su voz pudiera resquebrajar el viejo barro.

Mi padre me la pasa y coge otra. La observa con sumo cuidado, porque ya tiene claro que todas deben de ser extremadamente valiosas.

Yo estudio la tablilla. La huelo. Es un olor que reconozco al instante. Es el aroma de la humedad, la sabiduría y de vidas pasadas, mezclado con el bálsamo de una buena aventura que tan solo el tiempo es capaz de aportar.

—Mola mazo, ¿verdad? —dice mi padre.

Se levanta y va hasta el mostrador.

Abre uno de los cajones y coge tres pares de guantes. Nos da un par a cada uno. Se pone los suyos y entonces manipula la lámina.

Lucía va cogiendo las que le pasa mi padre. Las mira con respeto y admiración. Las coloca una sobre otra en silencio, para no despertar al pasado.

—¿Qué lengua es esta? —pregunta al cabo de un rato, cuando solo quedan un par de láminas por sacar.

—Escritura alfabética consonántica —dice mi padre.

—No sé leerlo —le confieso.

—Yo tampoco —añade Lucía con asombro—. Según tengo entendido, fue una de las primeras de la historia. La base del alfabeto griego, latino y hebreo, entre otros —añade, susurrándole a la lámina, como si ella no supiera la importancia de su existencia.

—Correcto —dice mi padre antes de sacar otra. Después me mira—. Aunque no sepas hablar fenicio, si sabes hablar hebreo antiguo o arameo podrías llegar a comunicarte con la persona que las grabó, al menos en lo más básico, ya que algunas palabras y conceptos son bastante similares entre ellos.

Lucía me mira y entorna los ojos.

Sabe que hablo esas dos lenguas porque se lo dije. Su mirada está repleta de envidia de la buena, si es que existe alguna clase de envidia buena.

Mi padre saca otra tablilla, esta vez de plata.

Lucía suspira al contemplar esa belleza.

—Es la primera vez que tengo una así en mis manos —le cuenta a la lámina.

Yo ya he visto ese tipo de tablillas con esa misma escritura. Incluso he estado observando y admirando mientras las grababan los maestros artesanos. Es acadia, posiblemente hecha en Babilonia.

—Creo que es de Babilonia —anuncia mi padre. Está claro que él también las ha visto muy de cerca—. Se grababan en plata porque debían durar eternamente. Debe de ser un tratado entre reinos, como poco. Esto tiene un valor incalculable.

—Esta no sé en qué idioma está escrita —dice mi padre, mirando la lámina que acaba de sacar. Parece que es de oro. Muy fina, tanto que se podría enrollar.

—¿Es de oro? —dice Lucía, asombrada.

—Creo que sí —confirma mi padre—. Juraría que está escrito en fenicio, pero parece tener algo de cuneiforme. Hay unas pocas palabras que creo entender, pero ni idea con el resto.

Me pasa la lámina y la observo.

Lucía también la admira.

Bajo la luz brilla como un pequeño sol.

—Ni idea —digo yo.

—Yo tampoco la entiendo —añade Lucía—. Bueno, la verdad es que no entiendo ninguna de ellas.

—Esto lo ha tallado un maestro artesano —les digo.

No tengo ninguna duda.

—Creo que ya hemos comprobado que lo que hay en esta caja es mucho más valioso de lo que esperábamos —les digo, en esos breves instantes en los que el académico gana al comerciante—. Por lo que veo hay más en latín, hebreo y algo que no distingo muy bien.

— Efectiviwonder —dice mi padre mostrándomelas.

—Opino que debemos guardarlas bajo llave, en un lugar seguro y estudiarlas con calma. Aquí hay mucha chicha y ya es muy tarde. No creo que sea buena idea estudiar este material aquí y ahora.

Señalo hacia nuestro alrededor.

Ellos miran hacia los lados y se dan cuenta de que ya pasa de la media noche; las calles están vacías, la oscuridad reina en ellas y las luces encendidas de la tienda son como un faro para las malas polillas nocturnas.

—Cualquiera que se asome al cristal puede ver lo que estamos haciendo —indica Lucía de forma acertada—. Creo que tienes razón, mejor dejarlo para mañana.

—Es muy posible que los que han matado a ese pobre anticuario vayan tras esta caja —le digo a mi padre, que sigue a lo suyo, como si el mundo no fuera con él—. Lo mejor es estudiar todo esto mañana abajo, donde nadie nos pueda ver.

Al cabo de unos segundos parece reaccionar.

—Sí, está bien. Me parece una buena idea. Además, es tarde y tengo la cabeza demasiado nublada como para poder saborear todas estas maravillas como se merecen. Quiero poder disfrutarlas al cien por cien.

Dejamos la caja en el sótano, dentro de mi caja fuerte. Cuando estoy cerrando la puerta, mi padre se acerca y me susurra sin que Lucía lo escuche.

—¿No sería mejor dejarla en la cripta secreta?

Yo asiento.

—Pero Lucía no sabe que esa cripta existe, y así debe seguir siendo. Si los ladrones de mentes recuperaran su poder y lograran entrar en su mente, se enterarían de su existencia.

Me aseguro de que Lucía no nos escuche.

—Entiendo… —contesta mi padre.

—Ahí abajo hay cosas que no deben caer en malas manos. Ella no puede conocer la existencia de la cripta. Eso es solo cosa nuestra y de nadie más.

Mi padre me mira y asiente.

— Okey makey . Mañana haremos copias digitales para trabajar con ellas y bajaremos las originales a la cripta —acaba por responder.

Diez minutos más tarde, salimos de la tienda.

Una vez cerrada la puerta, conectada la alarma y bajada la persiana exterior, caminamos los cinco pasos que nos separan del portal de nuestra casa. Antes de entrar observo la calle. Miro el edificio y veo que el pequeño inmueble se encuentra completamente a oscuras.

—¿Qué estás pensando? —pregunta Lucía.

—Nada… Siempre he pensado que este edificio es como el del 13 Rue del Percebe. Toda la familia y los amigos juntos, viviendo aventuras y pasando la vida.

—Qué filosófico que estás a estas horas, hijo —se mofa mi padre. Mira hacia el final de la calle y noto que piensa en algo parecido.

El bar de mi tía está a un par de metros, después viene la tienda de mi tío Mario, la librería de don Emilio y la relojería de don Alfonso. Y cada uno de nosotros vive en el primer piso que está justo encima de su local. Menos mi padre y mi abuela que viven en el segundo.

—Lo que yo os diga… Los Mora somos como una historieta del Tebeo —les digo sonriendo, mientras entramos en la portería y damos por finalizada esa extraña jornada.

—A ver… Un poquito extraños y un pelín particulares sí que sois —nos dice Lucía.

Mi padre asiente sonriendo.

Sabe que tiene razón.

En la calle, la brisa fresca de la noche se desliza libre y se adueña del barrio Gótico ahora que ya no queda nadie para sentirla.

Los gatos maúllan y se escabullen entre las sombras que recorren las piedras antiguas, sombras que habitan este lugar desde hace siglos.

Mucho antes de que los romanos levantaran sus templos.

Mucho antes incluso de que fenicios y griegos soñaran con llegar a esta parte del Mediterráneo.

En aquellos tiempos en los que el hombre era más consciente de su lugar en el planeta, conocedor de los secretos ancestrales que lo unían a la Madre Tierra.