Capítulo 11
Comisaría de Triana
En la comisaría de Triana reina un silencio inusual. Los agentes de la brigada científica del turno de día se han marchado hace un rato, pero el despacho del inspector Ramírez aún conserva ese olor metálico y tibio del papel recién impreso.
Sobre su mesa, dentro de una urna de metacrilato, descansa la daga azul que el forense ha extraído esa misma mañana de la espalda del señor Arango.
Hasta el momento, nadie ha sido capaz de describir con precisión el color del metal. Unos dicen que es azul cobalto, otros hablan de tonos zafiro o acero templado. Todos coinciden en que parece viva, como si absorbiera la luz en lugar de reflejarla.
Ramírez la observa desde la distancia. Debería haberse marchado a casa hace más de tres horas, pero sigue sentado en su vieja silla de cuero, con los brazos cruzados y la mirada fija en ese objeto que lo tiene hipnotizado.
Una anomalía imposible que, tras cada prueba, arroja más preguntas que respuestas.
Las pruebas iniciales que acaba de recibir no dejan lugar a dudas. El metal no es de ninguna aleación conocida. Incluso el laboratorio de la Policía Científica de Sevilla ha devuelto un informe que solo puede calificarse de desconcertante.
Ramírez coge su móvil y marca un número.
—Dime —contesta la comisaria Morales.
Es su jefa, pero mucho antes de eso fue su amiga. Hoy se había marchado a casa a una hora decente.
—Te leo el análisis del laboratorio de la daga: «Composición no identificable. Ausencia de elementos metálicos reconocibles. Alta conductividad térmica. Sin procedencia terrestre conocida».
—Es una jodida broma —responde ella.
—Ojalá lo fuera. He hablado con ellos y no tienen ni idea de qué tipo de material es.
—¿Han enviado una muestra a Madrid?
—Sí. Dicen que harán un análisis de alta precisión. Les he metido prisa, pero no creo que tengamos resultados antes de un par de días. Ya sabes cómo va esto…
Morales asiente en silencio al otro lado.
Ramírez enciende un cigarro y da una calada. Expulsa el humo con calma, casi con resignación. Está cansado, la cabeza le zumba, pero no quiere irse a casa todavía.
—Te he dicho mil veces que no fumes en el despacho.
—No estoy fumando —miente.
A través del cristal de la urna, la daga emite un leve resplandor azulado, casi imperceptible, que tiñe los papeles de los informes con un tono frío y espectral.
—Hay un nombre —dice Ramírez mientras revisa las notas del laboratorio—. Un tal doctor Alfredo García, profesor del Museo Arqueológico de Sevilla. Según el informe del Ministerio, es uno de los pocos expertos en metalurgia protohistórica de la Península.
—Pues ya tienes destino —responde Morales—. Mañana a primera hora te presentas en su despacho. Quiero saber qué demonios es esto antes de que nos lo quiten los de Patrimonio.
—Mañana te cuento —se despide Ramírez entre toses.
—Que no fumes en…
El inspector cuelga antes de que la comisaria termine la frase. Guarda la daga en una bolsa y después en una pequeña caja negra. Solo entonces apaga la luz y sale del despacho, dejando tras de sí ese brillo azul que parece seguir respirando en la oscuridad.