El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Tienda de Quim

Dejamos que Pablo solloce el tiempo necesario.

Ya hemos visto que tan solo es un joven que ha vivido una mala experiencia.

Mi padre y yo estamos más acostumbrados a estas situaciones, hemos pasado por momentos tensos, incluso de guerras, muertes y catástrofes donde te encuentras con gente que no debería haber estado ahí.

Como a todos, le tocará superar el momento y seguir para adelante.

Porque así es la vida, por mucho que nos pese.

Lucía lo convence para que entremos en la tienda.

—¿Qué le pasó a Toni? —le pregunto en cuanto se sienta y bebe algo de agua.

Lucía le acerca un trozo de papel de cocina que uso para limpiar los mostradores. El chaval se seca las lágrimas y se suena los mocos. Yo estoy empezando a impacientarme un poco. Creo que mi padre también.

—¿Quién mató a Toni? —quiere saber mi padre.

—Tenía una cita. Normalmente él no recibe a nadie que no sea importante, pero ese día lo iba a hacer. Era una mujer…

El chaval se queda mirando al fondo, recordando.

Mis piernas empiezan a moverse nerviosas.

Lucía me hace señales con las manos para que me calme.

—¿Qué pasó después? —pregunto con voz suave. Lucía me mira y asiente, como dándome el visto bueno.

—Esa mujer disparó a Sancho.

—¿Quién es Sancho? —quiere saber mi padre.

—El guardia de seguridad. No lo mató, o eso creo, porque siempre lleva el chaleco antibalas. Después disparó a Toni. Dos tiros. En el pecho.

Comienza a hiperventilar. Lucía se sienta a su lado e intenta calmarlo.

—Toni se levantó —dice mirándonos a los ojos.

—¿Llevaba chaleco también? —pregunto.

El chaval niega con la cabeza.

—Cayó al suelo. Muerto. Vi su camisa agujereada y llena de sangre.

En su pecho había dos agujeros… De repente, el colgante que siempre llevaba puesto comenzó a brillar.

Una luz azul. Una locura. Después, vi salir las balas de su cuerpo y caer al suelo.

El chasquido metálico que hicieron al caer todavía resuena en mi cabeza.

Después, las heridas se cerraron como por arte de magia y fue como si no hubiera pasado nada.

Entonces… Toni se levantó y le disparó a ella.

Mi padre y yo nos miramos.

No es que no lo creamos, es que es flipante.

—¿Quieres decir que Toni siguió vivo después de que esa mujer le metiera dos balas en el pecho?

La pregunta de mi padre es inverosímil para cualquier situación normal, pero no para una en la que están dos individuos que han viajado por el tiempo a su antojo.

El chaval lo confirma con la cabeza.

—Y no solo eso, sino que la mujer no se extrañó en absoluto. Después de que Toni le disparara, ella sacó un cuchillo. Era viejo. Muy viejo.

—Descríbelo, por favor —dice mi padre, olisqueando a reliquia de la buena.

—Era un puñal. Mango de hueso, hoja de un metal azulado, brillante, algo que no había visto nunca —se limita a decir el chaval.

Veo que la cara de mi padre cambia.

Esto, o le ha sonado muy extraño, o muy familiar.

—¿Qué pasó después? —pregunta Lucía.

Su voz es más comprensiva que la nuestra.

Le da otra botella de agua.

—Toni me llevó a una sala secreta.

Mi padre me mira. En su cara se dibuja una media sonrisa, mínima, pero visible si lo conoces bien.

—Lo que tenía allí guardado era impresionante. Cuadros, muebles, papiros, libros… Luego me llevó a otra sala más oculta todavía. Allí murió. Antes de eso me dijo que me fuera de allí.

El chaval comienza a sollozar de nuevo.

En mi mente ya me he hecho una imagen de esa sala secreta junto a otra más secreta todavía. Seguro que mi padre también tiene una fotografía clara del lugar.

—¿Y eso es todo? —pregunto.

El chaval me mira como diciendo «qué más quieres que te cuente, mi amigo murió delante de mis narices». Lucía también me mira raro así que cambio la pregunta y la entonación.

—Me refiero a que si Toni no te dijo algo más.

El joven se queda pensativo, rememorando un instante que no quería recordar.

—Antes de morir se sacó el medallón y me lo entregó.

Siempre lo llevaba con él. Nunca se lo había quitado.

Me lo entregó… pero lo perdí en la explosión.

Toni quedó atrapado bajo las piedras… Muerto…

Aquella loca entró de repente… Yo salí huyendo y no me di cuenta de que lo había perdido hasta que paré a llamarte casi una hora después.

—¿Cómo es ese colgante? —quiere saber mi padre.

El chaval bebe agua.

Respira un par de segundos.

El recuerdo de la imagen de su jefe aplastado por las piedras le está afectando, como es normal.

—Redondo. Así de ancho —dice a la vez que señala al culo de la botella pequeña de agua de la que bebe—.

Plano y oscuro. Tiene una piedra en el centro en forma de ojo.

De un color azulado como el metal de la daga.

Recuerdo que cambiaba de color dependiendo de la luz del día… Extraño, pero muy bonito.

Mi padre tiene la mente perdida en algún lugar muy lejos de allí. Está buscando entre miles de recuerdos. Seguro que ha oído hablar de él.

El chaval se pone en pie como si despertara de un sueño.

Está serio.

—Aquí acaba mi labor. No quiero estar aquí más tiempo. Yo me voy. Gracias por el dinero y la ropa.

Sin más, camina hacia la puerta sin esperarnos.

Lucía pilla otra botella de agua y se la ofrece antes de que salga. El chaval le da las gracias y se marcha.

Los tres nos quedamos mirando desde dentro.

Las luces de la furgoneta se encienden y se larga por donde ha venido.

En cuanto la calle queda de nuevo bajo el abrazo de la oscuridad, mi padre y yo miramos a la caja y, sin decir nada, nos agachamos para abrirla ante la sorpresa de Lucía, que nos observa de pie, con los brazos cruzados y sin dejar de negar con la cabeza.