Capítulo 9
Tienda de Quim
Estoy esperando frente a la tienda. Mi padre acaba de bajar.
Hace cinco minutos que el tal Pablo me ha llamado diciendo que estaba a punto de llegar.
La calle está oscura. Las cuatro farolas que hay están a punto de jubilarse y no dan para mucho más.
No hay nadie paseando por el barrio ni haciendo fotos a las paredes milenarias que nos rodean.
No es época de turistas todavía. Por suerte no hace frío, debe de ser porque las primaveras de hoy son los veranos de ayer, como decía mi difunto abuelo.
La puerta de mi portal se abre y sale Lucía.
Me mira. Ya ha cenado y seguro que ha decidido bajar para vigilarme.
Sonríe. Con esa sonrisa que me dice sin palabras «te voy a pillar con las manos en la masa».
Esperemos que no. No le gusta nada que trapichee con cosas robadas y, para serte sincero, hace mucho que no lo hago.
Por ella, claro está, porque a mí me gusta el riesgo más que a un niño un chupachups.
Pero le prometí que dejaría los artículos de dudosa procedencia.
Eso sí, en los sótanos de mi tío Mario, del librero y del relojero se vende cualquier cosa que pueda dar dinero sin importar de dónde venga.
Estos tres tienen menos escrúpulos que un político en plena campaña.
—¿No ha llegado todavía? —pregunta Lucía. Lleva una chaquetilla fina y se abraza a sí misma, nerviosa.
—Si tienes frío ve para casa, luego te cuento —le digo.
«Que te crees tú que se va a perder esto», me dice mi padre con la mirada.
—Que te crees tú que voy a perderme esto —me suelta ella. Se abraza de nuevo para entrar en calor.
Mi padre sonríe. En el fondo está disfrutando.
En ese instante, nos llega el sonido del motor de un vehículo.
Está cerca. Para llegar hasta aquí tiene que pasar por varias calles peatonales en las que los coches solo pueden circular por la noche si tienen permiso para carga o descarga.
Yo lo tengo, porque a la tienda llegan muchas cajas enormes que se tienen que dejar en la misma puerta.
Las oscuras paredes de la Baixada de la Llibreteria se iluminan de repente y las sombras comienzan a bailar. Es un pasaje estrecho. En cuanto la furgoneta llega a nuestra calle tiene que maniobrar para poder girar.
Tras dos maniobras algo torpes, el vehículo nos encara y las luces nos ciegan.
Avanza poco a poco. El conductor puede ver que somos tres personas esperando en medio de la noche.
Si yo fuera ese tipo también estaría un pelín nervioso.
Y más sabiendo que es posible que hayan asesinado a mi jefe por lo que llevo en la furgo.
Tarda en avanzar.
Se toma su tiempo.
Cuando llega a nuestra altura le hago señales para que me siga hasta la esquina y le indico que entre en la plaza del Rey. Aquí podrá maniobrar sin problemas para descargar y volver a salir por la misma calle que ha venido.
En cuanto la furgoneta pasa junto a mí veo a través de la ventanilla que el conductor me observa.
Es un chaval joven. No tendrá más de treinta, si llega. Tiene el pelo moreno y despeinado. Se nota que hoy no ha tenido su mejor día.
Maniobra para dejar el portón trasero a un par de metros de la entrada.
Después apaga el motor y la oscuridad nos abraza de nuevo.
Mejor. Tanta luz llamará la atención de los vecinos, que no son otros que el relojero, el librero, mi tío Mario y, por supuesto, la encargada de Radio Patio: mi tía Rosa, que increíblemente no está asomada al balcón dando alaridos.
Miro para arriba y no la veo.
—Puedes estar tranquilo. A estas horas tu tía ya se ha tomado la pastillita de dormir y se ha metido en el sobre —me susurra mi padre con precaución, para que las ondas sonoras no lleguen a los oídos de la Rosa y la despierten.
Tú te reirás, pero siendo un chaval, más de un zapatillazo me he llevado estando aquí mismo y ella en su balcón. Tiene el título mundial de lanzamiento de zapatilla con efectos imposibles.
La puerta del conductor se abre y el joven baja.
Ahora puedo ver que su aspecto es bastante peor de lo que suponía. Está sudado y huele a rancio. Hay algunos matices de colonia cara que todavía sobreviven entre restos aromáticos de hamburguesa barata y café.
—Siento las horas, pero no quería cargar con esto ni un minuto más de lo necesario —me dice manteniendo la distancia. Su acento es del sur, pero con dejes del norte. Diría que ha vivido siempre en el sur, pero que alguno de sus padres, o incluso los dos, son vascos.
—Yo soy Quim —le digo sin acercarme. Es como un cachorrillo abandonado que necesita confianza—. Ella es Lucía, mi pareja. Él es Félix, mi padre.
—Conocí a Toni hace muchos años —dice mi padre.
El chaval nos mira, pero ya no nos juzga.
Camina hacia la parte trasera de la furgoneta y abre el portón doble. Un par de luces se encienden e iluminan una caja de cartón que bien podría ser de Amazon y contener un ordenador portátil.
El chaval nos mira.
Me entrega una libreta que llevaba en la mano.
—Solo ha dejado esto escrito —me dice—. Entregar a Quim Mora, de Barcelona. Y un teléfono. Nada más. Ni una sola explicación.
Mi padre y yo nos miramos.
¿A Quim Mora? Qué raro suena eso.
Yo apenas lo conocía, pero mi padre, al parecer, sí.
—¿Quieres comer algo? —le dice Lucía.
El chaval niega con la cabeza.
—Quiero marcharme de aquí lo antes posible. No quiero saber nada de esto. La loca que mató a mi jefe me vio la cara, sabe que la vi. Estoy seguro de que acabará matándome.
Está nervioso y cada vez va a más.
—¿Qué hay en esa caja? —quiere saber mi padre.
Huele las reliquias y el dinero como un tiburón huele la sangre en el agua.
—No tengo ni idea —contesta con los dientes apretados, parece que tiene frío—. Hasta aquí llega mi aventura —susurra.
—¿Cómo te podemos ayudar? —pregunta Lucía, mucho más atenta con él que nosotros—. ¿Necesitas dinero? ¿Ropa? ¿Comida?
Él la mira unos segundos.
Los ojos azules de Lucía son capaces de desmontar el corazón más cerrado. Lo sé por experiencia propia.
—Un poco de dinero y una muda de ropa no me iría mal. Tengo que poner gasolina y no quiero usar mis tarjetas.
Lucía me mira y me dice sin palabras que a qué estoy esperando para darle lo que necesita. Veo por el rabillo del ojo como mi padre sonríe. Qué mamonazo es.
Entro en la tienda.
Me acerco hasta el mostrador y abro la caja.
Cincuenta, cien, ciento veinte. No hay más.
Voy hasta un armario que hay al fondo donde guardo algo de ropa. A veces tengo más chaquetas, camisetas y pantalones aquí que en mi casa, porque siempre dejo la ropa y nunca me acuerdo de llevármela.
Pillo uno de cada.
Yo diría que tenemos más o menos la misma talla.
—Toma… Algo de ropa y ciento veinte euros. No tengo más en la caja, lo siento.
—Es suficiente para llegar a casa de mis abuelos.
—¿Hacia dónde vas? —pregunta Lucía.
—Al norte —contesta él sin más información.
Lo sabía. Sus abuelos son vascos. Si es que tengo un oído entrenado que lo flipas gracias al efecto Pausa . Con tantos viajes y experiencias he aprendido a notar detalles que otros ni perciben y eso mola mucho, es verdad.
—¿Qué más nos puedes contar de tu jefe?
La pregunta de mi padre llega hasta el chaval como una bofetada de aire caliente. Suspira. Se apoya en la furgoneta y comienza a llorar.