Capítulo 8
Tienda de Quim
En cuanto cuelgo me acerco a la puerta del bar y le hago señales a Lucía para indicarle que voy a la tienda.
Ella me lanza un beso desde la barra y sigue a lo suyo.
Mi tía está a su lado. Me mira de reojo, como siempre, estudiándome.
Sabe que hay algo que no le cuento porque es medio bruja. Pero lo hago por su bien.
Entro en mi tienda y cierro la puerta para que nadie me moleste.
Desde que mi padre volvió se ha encargado de atender a los clientes.
A él le gusta socializar tanto como a mí perderme en el sótano y no hablar con nadie.
Con este nuevo rol estamos todos más contentos que unas castañuelas, o algo parecido diría él.
Lo primero que hago es buscar en Internet cualquier información referente al asesinato. Tras un rato indagando no encuentro nada.
Quizás es demasiado pronto.
El timbre de la puerta de la entrada suena alto y claro.
—¿Quim?
Es mi padre.
—¡Ya voy!
—¿Quim? —repite, mirando a través del cristal.
Le abro para que entre.
—¿Por qué no me contestas? —me suelta.
—¿Por qué no vas al médico a que te mire los oídos?
—Porque estoy más sano que una rosa fresca.
—Sanísimo, vamos. Estás más sordo que una tapia.
En estos últimos meses ha estado resfriado cada dos por tres. Si no se ha puesto más de diez vacunas no se ha puesto ninguna.
—¿Quién te ha llamado? —quiere saber el cotilla.
—Un tipo. No lo conozco. Me ha dicho que debía verme para entregarme algo que su jefe quiere que tenga. Un jefe al que, por cierto, han asesinado hoy mismo.
—¿Qué? Pobre hombre.
Yo me encojo de hombros.
—Dame más datos, hijo mío.
Yo lo miro sin entender a qué se refiere.
—Tronco, que me des toda la información de golpe. ¿Qué tiene que entregarte? ¿Quién era su jefe? ¿Cómo ha muerto? ¿Quién es ese tipo? ¿Desde dónde te llama?
Me mira como esperando todas las respuestas de golpe.
—¿Nombre? Pablo. ¿Lugar? Ni idea. Llegará en unas diez horas y va en furgoneta, así que puedes hacer los cálculos tú mismo si quieres.
Mi padre niega con la cabeza.
La verdad es que tiene paciencia conmigo.
—Una loca ha asesinado a un hombre llamado Toni Arango. Era un anticuario de Sevilla.
Mi padre abre los ojos como si le hubiera puesto un supositorio tamaño familiar sin previo aviso. No dice nada. ni respira. Está cada vez más serio.
—¿Lo conocías? —presumo que sí.
Él asiente. Su mente está lejos de allí, tanto que sería imposible llegar en transporte público o en vehículo propio.
—¿Cuándo lo conociste? —quiero saber.
—Hace muchos años.
—Ahora el críptico eres tú.
—¿A que jode?
Yo niego, pero a la vez sonrío.
—Lo conozco de toda la vida. Era un gran amigo de tu abuelo Jordi. Incluso vino a la inauguración de esta tienda, cuando la abrí.
—De eso hace mucho ya…
—El año de las Olimpiadas, hijo. Tú eras un renacuajo así de alto —me señala un mostrador—. Toni era un buen hombre. Y un gran profesional.
—Eso lo sé —le informo—. Yo lo conocí en un par de ferias de Sevilla. Era muy reconocido en el mundillo. Pero nunca me dijo que era amigo tuyo o del yayo.
—¿Qué te dice tu sexto sentido? —me pregunta.
Él sabe a qué se refiere, porque él también lo tenía cuando podía viajar en el tiempo.
—Me dice que hay gato encerrado. Es una sensación muy potente. La he sentido antes de descolgar el teléfono.
—¿Crees que los ladrones de mentes tienen algo que ver?
Esa pregunta ya me la he hecho yo.
—Si ellos también hubieran recuperado su poder, posiblemente ya estaríamos muertos —reflexiono en voz alta—. Si no en esta vida, se habrían cargado a nuestros abuelos para que no naciéramos.
—Ya… Al no poder viajar al pasado no tienen forma posible de encargarle a nadie de otras épocas que nos liquide. Yo tampoco creo que lo hayan recuperado.
—De todas formas, vale la pena vigilarlos —le digo.
—Se lo diré al dúo Sacapuntas. Con lo aburridos que andan estoy seguro de que les encantará la idea.
—¿Vendrás esta noche a ver qué trae ese tal Pablo?
Qué pregunta más tonta. Con lo cotilla que es va a estar aquí el primero, vamos, como si lo conociera de toda la vida.
—¡Qué pregunta más tonta! —me suelta.
Yo sonrío.
—¿Y qué hay de Lucía? —me pregunta.
—Todavía no sabe que he recuperado mi don.
—A eso me refiero —recalca mi padre.
—Me da miedo decírselo. No quiero que le ocurra nada.
Mi padre me mira. Al haber pasado por lo mismo que yo, no necesitamos explicaciones. Lo entendemos a la perfección sin necesidad de muchas palabras.
—Cuando sea el momento de contárselo, lo sabrás, hijo. No te preocupes. Lo sabrás —repite con su mano en mi hombro.
En ese instante la puerta de la tienda se abre.
Es Lucía, que entra sonriente, como siempre.
—Buenasssssss —nos saluda.
Se acerca y me planta un beso.
Cada vez que se topa conmigo me besa. Algunos dicen que es muy pesada con esto, a mí me encanta. Mi vida estaba vacía de besos hasta que llegó ella, y tardará años en llenarse.
Sabes mejor que yo que hasta los huesos solo calan los besos que no has dado.
—¿Qué estáis tramando ya? —pregunta medio en broma.
Es lista como nadie y sabe que algo me inquieta, pero no quiere preguntar directamente. Se lo noto.
—Nada. Solo que esta noche vendrá un tipo a traernos algo de material de una tienda que ha cerrado en el sur.
En el fondo no le estoy mintiendo.
Quizá pienses que no decir toda la verdad es mentir, es posible, pero, mira, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Ella me mira.
Después mira a mi padre.
—Vosotros dos seríais unos pésimos jugadores de póker.
Dicho esto, da media vuelta y se marcha.
Antes de salir por la puerta se gira y me vuelve a mirar. Una mirada de esas que hablan sin necesidad de palabras. Pero ella, además, la acompaña siempre de frases que ponen el punto final a las conversaciones.
—Me pasaré esta noche a ver qué cosas interesantes trae ese nuevo cliente.
Cierra la puerta y camina los cinco pasos que separan mi tienda del Museo de Historia de Barcelona, donde trabaja desde hace años.
—A Lucía no la puedes engañar —susurra mi padre, como si ella tuviera el oído de Superwoman y pudiera escucharlo a través de las paredes.
—Lo sé —susurro yo también, por si acaso.
Tengo claro que debo sentarme con ella y contarle la verdad.
He de decirle que puedo volver a viajar al pasado de nuevo.
Que lo que me sucedió fue temporal. Que solo perdí mi don por unos meses, pero que volvió.
No se va a enfadar porque se lo haya ocultado, bueno quizás durante diez segundos, pero luego se va a poner loca de contenta.
Que yo pueda viajar quiere decir que ella se puede venir conmigo a la época del pasado que prefiera.
Y, como historiadora que es, tiene miles de lugares para elegir.