El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Antigüedades Arango

Ha pasado poco más de una hora desde que Nadia y su socio huyeran por la puerta trasera de la tienda del señor Arango. Fue el tiempo que necesitó la policía para acordonar la zona, avisar a emergencias y que se presentaran en el lugar tanto el médico forense como el juez de instrucción.

La sala sigue impregnada de ese silencio tenso que deja la muerte.

Todavía huele a humo de la explosión que reventó la entrada y parte del muro.

Pedazos chamuscados de roca siembran el suelo.

Los agentes de la científica terminan de fotografiar cada centímetro del escenario antes de permitir el acceso al forense.

Cuando este se acerca al cuerpo, el cadáver ya es completamente accesible. Se agacha con calma, coloca su maletín a un lado y empieza a tomar notas: rigidez, temperatura corporal, ausencia de respuesta pupilar. Calcula que el hombre lleva muerto más o menos una hora.

El puñal sigue incrustado en su espalda.

—¿Crees que murió por eso? —pregunta el inspector jefe, con las manos en los bolsillos y una arruga de preocupación entre las cejas.

—No lo creo —responde el forense sin apartar la vista del cuerpo—, pero no lo podemos descartar. Las heridas de la cara y los brazos son claramente post mortem . Probablemente provocadas por la caída o por el derrumbe de la puerta.

—O sea, que ya estaba muerto cuando entraron. Quizá lo atacaron antes y llegó aquí herido —deduce el inspector.

—Es muy posible —masculla el forense, levantándose con esfuerzo—. Preparadlo para trasladarlo al Instituto Forense. Con suerte, mañana por la mañana tendré algunos resultados de la autopsia y podremos aclarar algo más.

En ese momento, varios agentes irrumpen por la misma puerta trasera por la que habían escapado Nadia y Pablo.

—¿Alguna novedad del ayudante? —pregunta el inspector al mando.

—Nada, señor. El sótano al que lleva esta puerta está vacío. Ni rastro.

El inspector resopla, mirando alrededor con frustración.

—Esto no tiene ningún sentido. Hay piezas aquí que valen una fortuna. ¿Por qué dejarlo todo atrás?

—A veces lo más pequeño es lo más valioso y fácil de vender —comenta uno de los policías, el más joven, sin levantar la vista del suelo.

Colocan la camilla junto al cadáver. El forense, antes de permitir que lo muevan, extrae con cuidado la daga de la espalda del difunto. La introduce en una bolsa de pruebas y la sella. Entonces ocurre algo que nadie esperaba.

Antes de que los sanitarios puedan levantar el cuerpo, este emite un sonido gutural, seco, como un suspiro que no llega a salir.

La piel empieza a cambiar de color, tornándose grisácea, luego morada y más tarde negra.

Los músculos se tensan y los huesos parecen querer sobresalir bajo la piel.

En cuestión de segundos, el cuerpo se vuelve oscuro, quebradizo, hasta que se deshace por completo en una nube espesa de polvo y cenizas.