Capítulo 6
Carrer del Veguer
Decido salir a la calle para poder hablar con tranquilidad. El relojero y el librero se han enzarzado en sus típicas conversaciones a las que, además, se ha unido mi padre. Miro la pantalla. La nuca me vuelve a avisar con ese típico escalofrío de que algo está a punto de suceder.
—¿Diga?
—¿Eres Quim?
—Sí, dime.
Camino unos pasos hasta apoyarme en la pared del museo. Percibo el calor del sol calentándome la cara y eso me tranquiliza.
—Hola… Me llamo Pablo. No nos conocemos, pero necesito… verte.
La voz es de un hombre joven, suena nerviosa, entrecortada. No dice nada más, solo espera.
—¿Qué quieres de mí? —pregunto.
—Mi jefe me ha dejado un encargo antes de morir.
De nuevo, silencio.
—Cuéntame algo más porque no soy adivino —bromeo para intentar que se calme. Le cuesta respirar.
—No hay mucho más. Solo me dijo que te llamara a ti y te entregara lo que llevo en la furgoneta.
—¿De qué se trata? —quiero saber.
—No tengo ni idea. Bastante suerte tengo de seguir vivo.
Sigo percibiendo su dificultad al respirar.
Se sorbe los mocos. Parece que está llorando.
—A mí jefe lo han… asesinado, sus últimas palabras fueron para decirme que debía entregarte algo. No sé más.
Su voz parece más joven que la mía.
—Está bien, tranquilo. Dime cómo puedo ayudarte.
Silencio.
Su respiración se empieza a calmar.
—Estoy de camino, pero llegaré esta noche, tarde. No quiero pararme a dormir en ningún hotel, quiero ir directo hasta dónde estés y quitarme esto de encima.
—¿A qué hora llegarás? —quiero saber.
—Según el navegador, me quedan unas diez horas hasta la dirección que mi jefe dejó apuntada: calle del Veguer número 15 de Barcelona. ¿Es correcto?
—Sí. Esa es la dirección de mi tienda.
Miro la hora en el móvil.
—Llegarás aquí sobre las diez de la noche —calculo.
—Es muy tarde, lo sé, pero debo entregarte esto cuanto antes. Por favor —suplica con ansia en su voz. Vuelve a respirar de forma agitada. Demasiado. Si no le está dando un chungo, se lo dará en breve—. ¡Por favor! Necesito verte hoy sin falta.
—No te preocupes —le digo para calmarlo—. Puedo esperarte sin ningún problema. ¿Quién era tu jefe?
—Toni Arango. El dueño de una tienda de antigüedades de Triana, en Sevilla.
—Lo conozco —le digo—. Nos hemos visto varias veces en diferentes ferias de antigüedades.
—Pues ha muerto. Se lo ha cargado una loca que lo ha matado delante de mis narices.
De nuevo, un escalofrío recorre hasta la última de mis neuronas.
—Voy con una furgoneta grande. ¿Se puede aparcar por ahí?
Buena pregunta.
—En teoría, no, porque es una calle peatonal, pero tengo permiso para carga y descarga. No tendrás ningún problema.
—Gracias. Nos vemos después.
Mi sentido arácnido, que jamás se equivoca, me empuja a no dejar pasar este asunto. Por supuesto, le voy a hacer caso, tal y como he hecho siempre. Aunque con ello haya puesto mi vida en peligro más veces de las que me gustaría recordar.