Capítulo 5
Bar de Rosa
El olor a sofrito de paella me invade en cuando abro la puerta del bar.
Sin mirar el calendario sé que es jueves, porque los jueves es el día que mi tía pone paella en el menú, como es habitual en Barcelona.
Este aroma me transporta a casa, me recuerda a la familia.
Ojalá pudiera llevarme una botellita repleta de esta esencia para olerla cuando estoy lejos de aquí, a siglos de distancia.
Lo necesito más veces de las que puedo recordar.
Me siento en mi taburete de siempre.
Mi tía prepara un café y me mira igual que un inspector de Hacienda analizando una declaración sospechosa, estudiando cada detalle. En cuanto el café está listo, me lo trae, con los ojos entornados.
—Buenos días, bella durmiente —me suelta mi tía Rosa como si nada, pero sé que esas cuatro palabras cuentan lo mismo que dos folios completos.
—Buenos días, tieta.
—¿Dónde te metiste ayer? Anda, sácate esa gorra que aquí no llega el sol. Tienes mejor horario que un ministro. Menos mal que está tu padre para ocuparse del negocio.
Ahí está el resto del mensaje.
—Yo también me alegro de verte.
—¿Cuánto hace que no te pasas por la tienda?
—Estoy liado con otras cosas, pero me voy pasando de vez en cuando. Mi padre sabe valerse por sí solo, que ya es mayorcito. No necesita que esté encima de él.
Si mi tía supiera la verdad sobre mi padre, su querido hermano Félix , le daría un patatús.
—Eso ya lo sé, qué te piensas tú —me recrimina. Hoy está peleona, seguro que se han retrasado en alguna entrega. No quiero ni pensar la que le va a caer al transportista—. Ha estado en esa tienda más años de los que estarás tú jamás.
La puerta se abre y entra alguien.
Es don Alfonso, el relojero .
— Buenos días a ti también —le saluda con el mismo tono. Hoy tiene de sobras para todos. Debe de haberse retrasado el pedido completo de toda la semana, por lo menos—. Otro con horario de ministro.
—No me pongas al nivel de un ministro, Rosa, por caridad. Esa gente no sabe distinguir un libro de un ladrillo. Yo, al menos, sé usar una servilleta sin manual de instrucciones.
El relojero pasa de largo y se sienta en su mesa de siempre.
—¿Qué desea el señor marqués? —le dice mi tía.
El relojero la mira. Deja su bastón apoyado en la mesa.
Me mira a mí y sonríe.
—Veo, querida Rosa, que hoy tu espíritu anda algo más agitado de lo habitual.
No temas, no pretendo someterte a ningún sobresalto intelectual.
Me conformo con algo sencillo y terapéutico como un té, por favor.
Y sin prisas que la clientela hoy no me necesita —responde con una ceja levantada y algo de risa socarrona asomando bajo el bigote.
—Pero cómo vas a tener prisa, si vives mejor que quieres.
—Estoy jubilado y, como todo hijo del Gobierno, me tomo la vida con la misma calma con la que ellos tramitan cualquier solicitud sea urgente o no.
—Lo que debes hacer es irte de viaje —le digo al relojero desde mi taburete—. Los del Imserso tienen un montón de excursiones.
—¿Subirme a un autocar de jubilados? —me dice, alisándose la chaqueta con ese aire de dignidad ofendida—.
Prefiero jugar a la ruleta rusa. Esos ataúdes metálicos son una trampa mortal.
A más de uno habrán despeñado por un barranco para ahorrarse de golpe medio centenar de pensiones.
No, gracias. Estoy más seguro con tu tía.
Una carcajada se me escapa, mientras mi tía me mira desde la cocina. A mí este hombre me hace sonreír y a mi tía la pone de los nervios.
Hace un par de meses el relojero decidió dejar a Octavi, su encargado, al frente de la relojería. Apenas se pasa por allí a no ser que venga algún cliente especial y quiera saludarlo o charlar con él. Pero ya no trabaja con sus manos.
La puerta se abre de nuevo.
—Buenos días a todos los presentes.
—Ya estamos todos —dice mi tía desde la cocina.
Es don Emilio, el librero del barrio. Uña y carne con el relojero. Amigos de toda una vida llena de aventuras inconfesables que, si salieran a la luz, darían para más de un libro.
—Quimet, ¿qué tal estás? —me saluda poniendo una mano sobre mi hombro—. Te veo bien. Y me alegro por ello.
Sin decir nada más, se aleja para sentarse al lado de su amigo. Antes de llegar se apoya en la barra y mira a mi tía.
—Rosita mía, qué bien te veo hoy.
—Lo que me faltaba para completar la mañana —le responde mi tía sin mirarlo—. ¿Qué le pongo al señor?
—Un carajillo, para no perder la costumbre. Necesito el empuje vitamínico para poder llegar al final del día. Alfonso, ¿qué tal la mañana? —le pregunta al relojero en cuanto se sienta junto a él.
—Tranquila, como debe ser.
—No hay nada como estar jubilado.
—Lo mismo deberías hacer tú, que tienes más años que el hilo negro. Búscate un encargado decente que te sustituya y descansa, que ya te toca —le dice muy serio.
—Ese es el problema, amigo mío, que no encuentro ninguno a la altura —le responde como si el peso del mundo recayera sobre sus ancianas espaldas.
—Venga, Emilio, no me fastidies, que solo se trata de vender libros.
Título, precio y adiós muy buenas —le responde el relojero.
Mi tía los observa desde la cocina, con curiosidad, a través de la pequeña ventana que da al bar—.
Nadie te va a pedir que recites de memoria el contenido de cada uno de esos rasposos y empolvados volúmenes que llenan tu tienda.
—Ahí te equivocas, viejo amigo. Cada persona requiere un libro distinto, dependiendo del día, del momento, de su estado y de sus necesidades. No solo es vender y cobrar, es mucho más que eso.
El relojero lo mira y asiente.
—Lo que tú digas, Emilio. Cuando te mueras de un infarto por inhalación masiva de ácaros centenarios, te quemamos dentro de la librería, por el bien de la comunidad y de la Ciudad Condal y punto pelota.
Mi tía se acerca a la mesa y les deja las bebidas.
—Cuando muramos podrías dejar nuestras cenizas sobre esa estantería, Rosa mía, para poder estar junto a vosotros el resto de nuestros días.
Mi tía, que ya se marchaba a la cocina, se detiene, se gira y lo mira. El librero sonríe. No sabe que hoy está pisando arenas movedizas repletas de alacranes mortales.
—Solo me faltaba eso, sentir vuestra presencia en mi cogote el resto de mi vida. Dejadme vuestras cenizas que ya verás lo rápido llegan a la playa de la Barceloneta.
Se me escapa la risa sin poder evitarlo.
Mi tía se para a mi altura y me mira.
—Y tú, sienta ya la cabeza, majo, que parece que no te has enterado de que ya has llegado a los cuarenta.
—¿Cuarenta ya, Quimet? —me dice el librero—. Cómo pasa el tiempo. Aún me acuerdo de cuando corrías por aquí siendo un renacuajo, mientras tu abuelo todavía estaba con nosotros.
—Un brindis por el gran Jordi —dice el relojero, levantando su té. Yo lo imito—. Cuánto lo echamos de menos.
Sé que lo dicen en serio, con el alma. Eran muy buenos amigos, un trío de fantasía que podría llenar otro libro, sin duda. Lo que lograron hacer estos tres fue digno de las mejores novelas negras de principio de siglo.
—Tieta, me pones otro café, si us plau.
La puerta del bar se abre de nuevo y entra la persona que estaba esperando. Su sonrisa ilumina toda la estancia y hace brillar cada rincón. Soy consciente de que algún día desaparecerá esta magia, pero la estoy disfrutando cada minuto.
—Buenos días a todos —saluda una voz dulce. Se acerca y me da un beso suave en los labios. Es Lucía . Mi tía nos mira desde la distancia y sonríe. A ella nunca le pone mala cara. Aunque no son familia la quiere como a una hija—. Buenos días, Rosa. Qué delantal tan bonito llevas hoy.
Mi tía acaba de preparar mi café, se acerca y nos mira.
—Así se dan los buenos días, preciosa.
Deja sobre la barra mi café y un cortado para Lucía sin que tenga que pedirlo.
—¿Qué tal te ha ido por Madrid? —me pregunta después de sentarse en el taburete más cercano a mí—. Te he echado de menos.
Esta mañana se ha ido y ni me he enterado. He estado fuera un par de días y por la noche cuando llegué ya estaba dormida.
—Ha ido muy bien. El anticuario al que visité tenía algunas reliquias bastante decentes. Creo que haré negocios con él.
—¿Y esta gorra de la NASA ? No te la había visto nunca. Me gusta.
Juega con la gorra y se la pone. Unos mechones desparramados enmarcan esa cara que tanto me gusta.
—Tú sí que sabes lucirla, no como este, que parece uno de esos niuyorkinos que cantan raro —se oye decir a mi tía desde la cocina. Nos está mirando por la ventana.
—¿Qué planes tienes para hoy? —quiere saber Lucía.
—Iré a la tienda en un rato.
La verdad es que no lo sé. Con mi padre al frente de la tienda ya no me preocupo mucho del negocio. A él le gusta más, por eso fue él quien la montó. Yo la heredé, pero en el fondo es su pasión. Yo prefiero hacer otras cosas más interesantes.
—¿No tienes ningún mercadillo que inspeccionar?
—Ahora mismo ninguno —le digo. No miento.
No tengo mucho que hacer, la verdad.
Había pensado incluso en darme un pequeño capricho y viajar al pasado para pasar unos días de vacaciones con amigos que, gracias a mi don, he ido dejando a lo largo de la historia, del tiempo y del mundo.
Quizá podría ir a ver a la señora Joana. Es una antepasada mía que a finales del siglo XI V montó la posada que se convirtió en este bar que hoy regenta mi tía.
O podría ir a ver a mi admirado Leonardo. Él me conoce y sabe mi secreto, por eso me siento tan a gusto con su compañía. Hay tanto que ver que al final no sé qué elegir.
El otro día salté para ver de nuevo al difunto Robe en un concierto que Extremoduro dio en la sala Zeleste.
Año 1992. Fue uno de los pocos a los que no pude ir en su día, así que me hice un regalo.
Conciertazo del copón. Me tomé varias medianas a doscientas pesetas cada una, imagínate, poco más de un euro de los de hoy.
Así acabé de torrado. Lo último que recuerdo es estar en el Ceferino, un bareto del Poble Nou al que solíamos ir cuando éramos jóvenes, cantando a viva voz hasta que me echaron por pesado.
En fin… No sabes lo bien que sientan esas escapadas.
Aunque a los conciertos a los que ya fui de joven no puedo volver.
La culpa la tiene uno de los efectos que sufro cuando viajo.
En este caso, es el efecto Imán . Es peligroso e incluso podría morir de un derrame cerebral.
He de confesarte que ya ha estado a punto de ocurrirme más de una vez, demasiado riesgo que no vale la pena.
Lucía conoce mi don, al igual que el relojero y el librero, pero lo último que saben es que lo perdí en mi última aventura, si es que se puede llamar así. Lo que desconocen, porque así lo quiero yo, es que lo recuperé de nuevo. Mi padre sí lo sabe, pero tiene prohibido decir nada.
De momento lo prefiero así.
Desde el instante en que supieron de mi secreto estuvieron a punto de morir varias veces. Y si les pasara una desgracia por mi culpa, no me lo perdonaría jamás.
La puerta del bar se abre de nuevo y mi padre entra.
—El que faltaba para la baraja —dice mi tía de fondo.
—Qué bien huele. ¿Qué tenemos hoy para comer?
—¡Comida! Qué va a haber.
—Sea lo que sea huele rico, rico, y con fundamento.
Lucía y yo sonreímos.
Mi padre también. Nos lanza un beso desde la distancia y se sienta junto al dúo Sacapuntas, mote que mi tía les puso hace ya mucho tiempo.
—Alfonso, Emilio… Os veo muy bien.
Mi tía Rosa le sirve un café con leche a mi padre.
En ese instante suena mi teléfono.
Lo miro, pero no reconozco el número.
Antes de descolgar, un escalofrío me recorre la espalda y mi sentido arácnido se activa al instante.
Lucía me observa, extrañada.
Mira mi brazo y ve los pelos erizados.
—Vaya, esa piel de gallina te atacaba cuando todavía tenías tu… Bueno, ya sabes —me susurra.
Yo no digo nada y pongo cara de póker.
Creo que estoy empezando a sudar.
Ella no me quita la vista de encima.
Bebo de mi café, aunque ya solo hay posos.
—Cógelo. ¿A qué esperas? Seguro que es alguien que ha encontrado un tesoro entre los trastos viejos del abuelo y quiere que se lo tases —me dice con una media sonrisa que revela más de lo que quiere disimular.