Capítulo 4
Su jefe le había dejado claro que debía huir hacia Barcelona y que, solo cuando estuviera lejos y a salvo, buscara en la guantera. Allí encontraría una explicación.
Esa palabra, «explicación», retumba en su cabeza. Sabe que está a escasos centímetros, a menos de un metro de sus manos. Debería seguir en ruta, pero la curiosidad le quema por dentro. No puede esperar. Necesita una respuesta ya.
Hace poco más de una hora que ha dejado a su jefe muerto en aquella sala desconocida y fabulosa, llena de objetos antiguos.
Escapó por los pelos, justo antes de que entrara la loca asesina.
La recuerda con una claridad insoportable que tardará mucho en desaparecer.
Los ojos fríos, la calma de quien mata sin dudar.
Una asesina profesional, no le cabe duda.
Y como le ha visto la cara, sabe que él también está en peligro.
La furgoneta en la que viaja ni siquiera es suya. Se la encontró al salir por la puerta trasera, tal y como le dijo su jefe. Al final de las escaleras salió a un garaje.
El vehículo estaba allí, esperándole.
Una Mercedes Benz blanca, nueva, con las llaves puestas. En la parte trasera solo hay una caja cerrada, sin etiquetas visibles. No sabe qué contiene porque no tuvo tiempo ni valor de abrirla.
Junto a las llaves había un mando a distancia. En cuanto pulsó el botón una persiana metálica se alzó, dejando entrar una luz cegadora acompañada de una brisa de vida. Sin pensarlo, salió de allí a toda velocidad, sin mirar atrás.
Ahora, sentado al volante, trata de convencerse de que todo tiene una explicación racional.
Pero si lo piensa dos segundos de más, lo que ha visto, se dice a sí mismo, no puede ser real.
Su mente repite el mismo mantra una y otra vez: «ha sido el estrés, solo eso, estrés y miedo que provocan visiones absurdas».
Pero el temblor en sus manos no cesa.
Abre la guantera.
Dentro, una libreta de tapas rojas.
La abre con torpeza, las páginas tiemblan entre sus dedos. En la primera hoja ve la letra inconfundible de su jefe. Hay una frase: «Entrega el medallón y la caja a…». Debajo, un nombre y un número de teléfono. Nada más.
Pablo se queda mirando los garabatos un momento.
Intenta leerlos, pero las imágenes de su jefe muerto aparecen en su mente contra su voluntad junto con un vacío que no le deja respirar.
El corazón se le dispara cuando recuerda a la asesina, fría e implacable.
No tiene fuerzas para pensar ni para trazar un plan fantástico que le salve la vida.
No es un espía ni ha elegido ser el protagonista de esa misión imposible.
Actúa por un instinto perturbado por el miedo.
Coge el móvil, marca el número y espera.