Capítulo 2
Pablo observa a su jefe, petrificado, con el miedo aferrado a la garganta. No dice nada. No puede. No entiende lo que está viendo, pero la mujer no ha cambiado ni un solo gesto de su rostro. Que ese hombre se levantara del suelo, con dos balas atravesándole los pulmones, no parece sorprenderle.
Es más, ya lo esperaba.
—¡No tienes ni idea de a quién te enfrentas! —brama Arango mientras recoge su arma del suelo, dispuesto a vaciar el cargador sobre ella.
Dispara sin apuntar. Le da igual dónde impacten las balas, con tal de que atraviesen el cuerpo de aquella asesina.
Pero Nadia no recibe ni una sola. Las quince impactan en el cristal del escaparate tras ella, como mordidas en una superficie helada.
La mujer camina despacio hacia el mostrador. Sus pasos son lentos, seguros, como si el tiempo no existiera. Saca un trapo viejo del bolso y lo despliega sobre el cristal.
Toni se queda inmóvil a un par de metros.
Pablo, por instinto, lo agarra del brazo e intenta arrastrarlo hacia el despacho. Mira fugazmente a la mujer. Bajo el trapo amarillento asoma un cuchillo antiguo que brilla bajo las modernas luces de la tienda.
El joven anticuario reconoce al instante lo que tiene delante, incluso en medio del caos. Una daga. Mango de hueso. Hoja de metal azul. Antigua. Muy antigua.
El señor Arango abre los ojos sin poder creerlo.
—¿La reconoces? —pregunta Nadia, alzando la daga.
Camina hacia ellos sin apartar la mirada.
El anticuario se ha quedado paralizado. Pablo tira de su brazo y lo arrastra hacia la trastienda, pero el alarido de su jefe lo sorprende.
Al girarse ve el puñal clavado en su espalda.
Los ojos del señor Arango reflejan un dolor espantoso, inhumano, nada que ver con el leve suspiro que emitió al recibir los dos balazos anteriores.
Pablo ve a Nadia a varios metros de distancia, con el brazo extendido, como el cartel publicitario de una lanzadora de cuchillos en plena exhibición. Sonríe. Una sonrisa macabra disfrazada de dentadura perfecta.
Pablo consigue llevar a su jefe hasta el despacho. Cierra la puerta con llave. Sabe que esa está blindada y es su única esperanza.
—Tenemos que entrar en la cámara —logra decir su jefe entre toses y esputos de sangre.
—¿De qué cámara hablas?
—Llévame hasta la librería —ordena señalando una de las paredes repletas de libros.
Pablo obedece. Toni, con dolor, pulsa sobre una cenefa decorativa de la estantería superior. Un clic resuena alto y claro. La pared se abre hacia dentro y un haz de luz asoma al fondo.
—Vamos, ayúdame —dice.
Pablo está aterrado. Más que nunca en su vida.
Ayuda a su jefe a entrar. Toni acciona una palanca y la librería vuelve a cerrarse.
—Deja que descanse un segundo —susurra.
Toca su daga, pero no la saca.
—¿Dónde estamos, jefe?
—Dentro de mi cámara acorazada —responde con esfuerzo tras toser.
—¿Desde cuándo tienes una cámara acorazada?
—No tendrías que haberte enterado jamás —replica su jefe—. Pero ahora todo ha cambiado. Voy a morir y tú debes formar parte de esto.
—No vas a morir. Llamaré a una ambulancia.
—Primero tengo que explicarte algo importante. Ayúdame a llegar hasta aquel sofá del fondo.
Pablo lo lleva hasta un diván de terciopelo rojo. Lo tumba con cuidado. Toni se desmaya. La camisa manchada de sangre tiene dos agujeros.
Sacando fuerzas de flaqueza busca un botiquín para limpiar las heridas del pecho. Pero no hay heridas. Su pecho está en perfecto estado.
Pablo no entiende nada.
El puñal sigue clavado en su espalda. Está tentado de quitarlo, pero no se atreve. La hoja azulada brilla con cada reflejo. La guarda es del mismo material. El mango está labrado en hueso con una maestría que no había visto nunca. El pomo, pequeño, redondo, de ese mismo metal azul.
Acomoda a su jefe dormido.
Nervioso, camina por la sala. Es mucho más grande de lo que parecía al entrar.
Gracias a las enseñanzas de Toni, reconoce casi todos los objetos expuestos en aquel lugar secreto.
Una mesa de despacho francesa del siglo XV .
Papiros, rollos de cobre, manuscritos polvorientos.
Mostradores con reliquias de culturas extintas, cada una de un valor astronómico.
Un ruido aterrador se escucha al otro lado, seguido de un temblor. Alguien ha volado la puerta blindada del despacho. Si descubren la entrada oculta están muertos. Pablo corre hacia su jefe. Justo entonces, él abre los ojos.
—¿Por qué tienes todo esto escondido? —pregunta Pablo. Al instante, lamenta no haberle preguntado cómo se siente. «Son los nervios», se responde.
—Esto es mi vida —responde entre toses. Tiene sangre en la comisura de los labios. Está más grave de lo que parecía.
—Ayúdame… tenemos que entrar en la cámara principal.
—¿Otra más? ¿Otra cámara más?
—Al fondo.
Caminan hasta donde la luz se atenúa. Pasan junto a mostradores que Pablo apenas reconoce. Esa colección privada es la mejor del mundo. Y está bajo llave, oculta. Secreta.
Un sensor activa una luz solitaria. Al final de la sala, un enorme cuadro aparece entre las sombras. Pablo lo reconoce.
Es La Última Cena.
Más pequeño que el original, pero idéntico. Dos metros de alto por cuatro de ancho y con la inconfundible firma de Leonardo en la parte inferior.
—Señor Arango…
—Escucha, no queda tiempo. Estira del marco. Detrás hay otra puerta.
Pablo obedece. El marco dorado gira sobre bisagras ocultas. Aparece un portón metálico. Toni teclea un código. Una luz tenue ilumina un círculo. Pone su dedo. Una gota de sangre brota de la yema. Un chasquido. La cerradura se desbloquea.
—Entra —logra decir entre más toses, justo cuando la puerta oculta tras la librería empieza a abrirse—. Ya están aquí.
Nada más entrar, las luces se encienden. Se sientan junto a una pequeña mesa. El aire es seco y frío. Pablo coge dos botellas de agua que hay en una pequeña nevera. Le pasa una a su jefe y bebe de la otra.
—Creo que ha llegado la hora de contarte algo —susurra con dolor su jefe, con los codos en la mesa. Da pequeños sorbos para no toser de nuevo—. Esa mujer es una asesina profesional. Viene a por algo que poseo. Algo único en el mundo.
—Todo lo que hemos dejado atrás es único en el mundo, jefe. Ese cuadro tiene un valor incalculable.
—Es solo un cuadro. Esa mujer busca algo millones de veces más importante. Algo que solo unos pocos hemos visto. Todo lo que hay en esa sala es importante porque amamos la Historia… —otra tos, otro sorbo de agua—. Pero ella viene a por otra cosa.
—No entiendo qué puede ser más importante…
Toni le pone una mano en el hombro.
—No me queda tiempo y tengo mucho que contarte. Tanto que no podré hacerlo. Siento que esto acabe así, amigo mío.
—Todo va a salir bien, Toni.
—Vete. Baja por esas escaleras del fondo. Sube a la furgoneta que encontrarás y conduce sin mirar atrás. Cuando estés lejos y a salvo, mira en la guantera, en una libreta roja.
—No te puedo dejar aquí, así…
Su jefe saca de debajo de su camisa el medallón que lleva colgado. Es redondo, brilla bajo las luces de forma intensa. Parece ser de plata.
—Toma. Ponte esto y ocúltalo. Quiero que vayas a Barcelona. La libreta te dirá dónde exactamente —susurra. Lo mira con cariño casi paternal, algo que no había hecho nunca desde que entró a trabajar allí—. No pierdas el medallón. No dejes que nadie te lo quite.
Toni Arango cierra los ojos al acabar la frase.
Pablo intenta despertarlo sin éxito.
Su jefe y viejo amigo ha muerto.
Escucha golpes en la puerta acorazada. Debe huir. Una loca asesina ha matado a su jefe y ahora viene a por él. Y tiene muy claro que no puede detenerla.
Corre hacia el fondo de la estancia. Salta por encima de unas cajas, pero al aterrizar se resbala y cae rodando por el suelo.
En ese instante, la puerta blindada revienta por los aires, enviando trozos de pared que aterrizan junto a las cajas con las que Pablo acaba de tropezarse. Una enorme cae a un palmo de sus ojos.
Tose con ganas.
Hay mucho polvo en el ambiente. Le pican los ojos y la garganta. El aire huele a quemado y a noche de verbena de San Juan.
Aturdido, el joven se levanta y sale corriendo hacia la única puerta que ve. La abre y se pierde en la negrura.
Entre las piedras, todavía humeantes, descansa el medallón que el señor Arango le acaba de entregar a su encargado. Una joya que Pablo ha perdido sin darse cuenta mientras rodaba por los suelos.